sábado, 5 de septiembre de 2015

Protestar en España




Escribe: Javier Tébar


El fenómeno de la protesta en la sociedad española, el carácter multifacético que ha expresado durante los últimos años ha venido suscitando un debate público que está lejos de zanjarse. En el informe de Amnistía Internacional España: El derecho a protestar, amenazado, publicado el pasado año 2014, se advertía que en un contexto de crecientes movilizaciones sociales, de manifestaciones públicas donde el fenómeno de la violencia no era central, en nuestro país se operaban cambios que restringían el derecho a la libertad de expresión y reunión pacífica. Un año después estamos hablando de la entrada en vigor de la llamada “Ley mordaza”, pero también estamos hablando de más cosas. De cómo se concibe el ejercicio del conflicto social, un ejemplo son los más de 300 sindicalistas, hombres y mujeres, que viniendo siendo juzgados y condenados por hechos relacionados con la huelga general del 14 de noviembre de 2012. Pero también de cómo se entiende el proceso político y el propio valor de la democracia.

            La emergencia reciente del fenómeno de la protesta, sin duda, ha contribuido a que desde diferentes puntos de vista y distintas disciplinas el análisis de la acción colectiva se cotice al alza en el mundo editorial español; también entre los estudios historiográficos. De manera que han aparecido una serie de publicaciones que abordan la cuestión desde el punto de vista histórico y que examinan continuidades y cambios en torno a la protesta. Sin agotar todos los títulos, señalo algunos de los editados más recientemente. Con escasa diferencia de fechas en su aparición, han sido publicados la síntesis histórica de Juan Sisinio Pérez Garzón, Contra el poder. Conflictos y movimientos sociales en la Historia de España (Comares, 2015, 334 pp., 24€) y un estudio de síntesis pero de distinto signo, inscrito en el campo de la historia actual, como es el de Pedro Oliver y Jesús-Carlos Urda, Protesta democrática y democracia antiprotesta (Pamiela, 2015, 154 pp., 14€). Por último, aunque apareció publicado con anterioridad, cabe mencionar el libro de Rafael Cruz, Protestar en España, 1900-2013. (Madrid: Alianza Editorial, 2015, 352 pp. 20,90 €). Avanzo al lector que lo que me propongo aquí es una breve reseña de esta última obra, que tiene también un carácter de síntesis y alta divulgación.

            Rafael Cruz, historiador y profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, lleva décadas dedicándose a investigar la historia de la acción, las identidades y la violencia colectivas en Europa durante el siglo XX. En esta ocasión nos ofrece una obra solvente y sugerente sobre el fenómeno histórico de la protesta social en España a lo largo de más de un siglo, entre 1900 y 2013. En su capítulo inicial, “La política de la protesta”, se expone la perspectiva teórica y las herramientas conceptuales del trabajo. El autor explicita el propósito de definir “algunas de las características de la protesta en España, su evolución y las circunstancias que la hicieron posible” (p. 16). De entrada, como reconoce el propio Cruz, un referente para su estudio es la obra hoy clásica de Manuel Pérez Ledesma Estabilidad y conflicto social. España, de los íberos al 14-D (Nerea, 1990); en particular los son sus capítulos del 6 al 9, que constituyeron entonces una apuesta decidida por la incorporación de los movimientos sociales a la historia del conflicto. Por otro lado, y como ha venido siendo habitual en sus anteriores investigaciones, Cruz lleva a cabo una relectura personal de un fondo teórico y metodológico que se nutre de los enfoques de la sociología del conflicto y de la política contenciosa, propios del ya desaparecido Charles Tilly. De ahí la definición de la protesta ofrecida por el propio autor: “es un tipo específico de actuación realizada para influir en la distribución existente de poder”. A la hora de clasificarla, este tipo de actuación, si bien se diferencia de la electoral o administrativa, pertenece a una familia común: la política, con su lógica y orden propios.

            La protesta puede tener una naturaleza “colectiva o individual, pública u oculta, pero siempre conflictiva: procede del conflicto y a la vez lo genera, al afectar a la posición de otros grupos y personas”. En el caso de la protesta colectiva su dinámica corresponde “a la interacción entre desafiantes y oponentes, con la frecuente intervención de los medios de comunicación y, sobre todo, de los gobiernos, al facilitar, encauzar o reprimir la protesta (…) Su propósito no es otro que transformar una relación social cualquiera en un conflicto social y reclamar su solución” (p. 16). Es la creación de incertidumbre respecto del alcance de su propia actuación lo propiciado por la gente movilizada. Así las cosas, la protesta es concebida como una forma más y distintiva de la participación política, integrante de los procesos políticos.

            Pero la protesta constituiría también un conjunto de símbolos, conformados de la combinación de esquemas interpretativos de la realidad social y modelos morales de comportamiento. Por ejemplo, la indignación como construcción simbólica requiere de la identificación como conflictivas de determinadas situaciones, la definición de sus protagonistas y de la elección de soluciones para resolverlas que pasan por ofrecer una alternativa. Mediante estos símbolos las personas construyen y expresan significados con los que pensar y actuar en el mundo. Por último, la acción de protestar se caracteriza por su trayectoria histórica, paralela a los cambios sociales de los últimos siglos.

            En cuanto a la activación de la protesta, la privación relativa de individuos o grupos o bien sus interpretaciones respecto de una situación conflictiva son condiciones necesarias pero no suficientes para protestar. Se requieren recursos para su realización, así como la existencia de oportunidades políticas y, por último y no por ello menos importante, una cultura de la protesta. Estos tres últimos elementos, las relaciones entre ellos en una perspectiva temporal larga, son centrales en el estudio que nos presenta Cruz. A partir de este esquema teórico, el autor ofrece un análisis de la acción colectiva que opta por tomar como hilo conductor “las actuaciones y los recursos empleados para llevarla a cabo” (p. 18).

            En cuanto a su estructura, el estudio se nos presenta como un tríptico, que adopta un orden cronológico para su exposición. La primera parte aborda el período que va de 1900 a 1939, con el título suficientemente expresivo de: “Al vaivén de los regímenes políticos”. Esta es una etapa de casi cuatro décadas de convulsa historia política, en la que se pasó de una monarquía parlamentaria a una dictadura, de una dictadura a una democracia republicana y de ésta, de nuevo y mediando una guerra civil de tres años, a una dictadura. Una segunda parte del libro está centrada en “La protesta en tiempos difíciles”, es decir, durante la larga dictadura del general Franco, que van de 1939 a 1977. Y, finalmente, en una tercera y última parte se analiza e interpreta la protesta a partir de la política del movimiento social, la forma de protesta estrella de su repertorio moderno, ya en un régimen democrático, entre 1978 y 2013. El estudio finaliza con un capítulo conclusivo, dedicado a ofrecer un balance de “Más de cien años de protesta” (pp. 305-320).

            Como punto de partida, Rafael Cruz utiliza un recurso que le permite establecer una comparación del conflicto en el pasado y en el presente. Uno puede ver en ello una forma adecuada de plantear “el presente en clave histórica”. El libro arranca con la descripción periodística de dos momentos de la protesta, uno situado a principios de siglo XX y otro ya en el presente siglo, en 2013. Ambos ilustrarían las variaciones y transformaciones que se han producido en la forma de protestar a lo largo de más de una centuria en España. Entre ambos casos escogidos dista un elemento central: el carácter violento o no de la protesta, ya sea en su acción o como resultado de la reacción de las fuerzas de orden público. A partir de este contraste, el autor sitúa, de entrada, el argumento principal que atraviesa el libro por completo, de principio a fin. Se trata de la transición a principios y a lo largo de todo el siglo XX desde un repertorio comunitario de protesta a uno definido como repertorio cosmopolita. Ambos mantuvieron un inicial convivencia a lo largo de las primeras tres décadas del novecientos, de modo que no hubo sustitución sin transición. A estos repertorios de protesta se suman las experiencias de rebeliones e insurrecciones y ciclos de protesta, es decir, “de parábolas de la protesta con innovaciones en su desarrollo”. Así como el registro de episodios de resistencia cotidiana, individual o semiindividual, de carácter anónimo o conocido, oculto o elíptico. Avanzo dos primeras conclusiones generales sobre esta evolución: primero, la mayor parte de la protesta desde 1900 en España ha ocurrido sin violencia y, segundo, la intervención policial –o la amenaza de su uso- fue la principal generadora de violencia en la protesta.

            Las vicisitudes por la que atravesó en el caso español una cultura de la protesta centrada en el repertorio cosmopolita son analizadas en detalle por Rafael Cruz. En un primer momento, la intolerancia que caracterizó a los gobiernos de la Restauración impidió que arraigara esa cultura. Sería ya durante los años treinta cuando, a pesar de las restricciones a la presentación de las demandas en la calle por parte de los gobiernos republicanos, tuvo lugar una importante experiencia de aprendizaje de aquel tipo de cultura del conflicto social. Sin embargo, este tránsito de un repertorio de la protesta a otro se vio interrumpido por la rebelión militar, el inicio de la guerra y la posterior dictadura del general Franco. No fue hasta bien entrados los años setenta, con el inicio de un ciclo de protesta entre 1974-1976 –relacionado con la propia crisis de la dictadura- cuando el repertorio cosmopolita adquiriría el carácter de única cultura de la protesta disponible en España. Entonces la centralidad la adquirió el movimiento social que –una vez precisado que no toda protesta constituye un movimiento social- es definido por el autor como “una campaña de protesta integrada por distintas actuaciones y por mensajes de respetabilidad, unidad, respaldo y compromiso” (p. 19), en la línea de lo formulado por Tilly. Con la institucionalización de la monarquía parlamentaria y a pesar del llamado “desencanto” con la política o la amenaza del 23-F de 1981, el repertorio cosmopolita “se hizo tan grande que esparció el movimiento social por los confines de todos los conflictos”, multiplicándose durante los años ochenta y llegando a su época de esplendor (p. 309, en su capítulo 12 de carácter conclusivo).

            Más allá del caso español, Cruz sostiene que el Derecho a reclamar derechos de ciudadanía dependió, en todo lugar y en toda época, del tipo de régimen político, del carácter de los Estados y de las capacidades de los gobiernos. En este sentido, la trayectoria de la protesta en España no constituyó ninguna anomalía respecto a los principales rasgos que adoptó en otros países, más allá de aspectos particulares propios de cada región. La protesta surgió del aprovechamiento de oportunidades políticas y de culturas de la protesta disponibles en las redes sociales de comunicación existentes. Los protagonistas de la protesta no habrían sido las clases sociales, el pueblo, las masas, el público, la gente, los desheredados o los miserables -“términos todos ellos resultado de la pura imaginación e invención ideológica sobre las divisiones y protagonistas sociales”, sostiene Cruz-, sino que sus protagonistas, en el enfoque explícitamente adoptado por el autor, habrían sido lo que denomina “agrupaciones versátiles de individuos integrados en diversas redes sociales de comunicación”, es decir, gremios, universidades, casas del pueblo, ateneos, barrios, oficinas, talleres, fábricas, sindicatos, partidos políticos, etc. “La existencia de estas redes cambiantes posibilitó la protesta al permitir la creación de definiciones compartidas de lo que ocurría y la provisión de recursos humanos, materiales y culturales para desplegarla (todo ello en pp. 306-307)”.

            Sobre los fenómenos recientes en torno a la protesta en nuestro país Rafael Cruz nos ofrece una interpretación, congruente con su concepción de conflicto social, del ciclo de protesta iniciado en 2001-2003, durante el último gobierno popular de Aznar. En esta etapa se expresó una heterogénea protesta: frente a las reformas en el ámbito educativo, ante los Planes Hidrológicos Nacionales y los trasvases, como respuesta al accidente del Prestige, contra la invasión de Irak, ante la reforma laboral o la reconversión de los astilleros. El autor sostiene que aquel ciclo de protesta fue algo más que una situación anterior y concluida antes del inicio de la “Gran Recesión” iniciada en 2008. En efecto, la permanencia del substrato y de la experiencia obtenida por diferentes grupos de personas durante la concentración de protestas de aquellos años tuvo como resultado la incorporación de activistas y redes que se configuraron en un período corto de tiempo, y que continuarían actuando durante lo que Cruz califica de “desierto contestatario” de mitad de la década, tras el descenso de esta protesta que coincidió con el primer gobierno socialista de Rodríguez Zapatero. En el contexto de crisis iniciada a partir de 2008-2009, estas redes de comunicación social y la creación de determinados símbolos nos pueden ofrecer más elementos para el análisis y la explicación del fenómeno de emergencia de la protesta y el impulso de nuevos movimientos sociales (desde la PAH, el 15-M, las llamadas “mareas”, etc.) que exclusivamente las consecuencias -por otro lado, devastadoras socialmente- de las crisis financiera y económica por la que atraviesa el país.

            Así las cosas, ante el resultado de algunas de estas nuevas experiencias del movimiento social, como por ejemplo la de la “Marea blanca” en Madrid y su logro de paralizar, mediando una resolución judicial, el proceso de privatización de la Sanidad en la esta comunidad, Rafael Cruz formula una pregunta del todo pertinente: “¿fue la protesta en forma de movimiento social la que doblegó a las autoridades?, o ¿la protesta en la calle consistió sobre todo en la presentación de un agravio y una demanda ante la opinión pública?”(p. 304) Si la protesta se concibe como una forma de participación política que, en contra de su estigmatización por parte de los gobiernos, propicia efectos favorables a la democratización de las formas política y de gobierno, tenemos una posible respuesta.

            Aunque la protesta se ha modificado, ha adquirido a lo largo del tiempo rasgos distintos de los anteriores y precedentes, es previsible que también adoptará formas nuevas en el futuro. Según Rafael Cruz lo hará a través de “un movimiento no lineal, ni progresivo, ni estructural, sino curvilíneo, reversible y contingente, como el resto de la historia de la vida social” (p. 17) En este sentido, se nos advierte sobre lo que podría representar el “ciberutopismo” para la protesta. Coincidiendo, desde mi punto de vista, con algunas, no todas, de las cuestiones apuntadas por César Rendules en Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital (Capitán Swing, 2013, 206 pp. 15€), Cruz sostiene que este camino podría constituir incluso una ruptura con “la larga historia de la resistencia triunfante al control gubernamental”. Porque si se vaciara la calle para llenar la red de convocatorias, se desplazaría el foro, en sus variados espacios, que ha convertido la protesta en cívica y democrática (p. 320).

            Añado, finalmente, una reflexión que me ha suscitado la lectura del libro. Se nos dice que al igual que sucede en el caso de otras identidades colectivas (pueblo, nación, género, edad, orientación sexual), la mayor parte de la protesta genera ciudadanos; históricamente “convirtió a personas y grupos diversos en ciudadanos al ejercer un derecho político, sin el que permanecerían ocultos, como los conflictos”. Esta afirmación hace evidente que otras identidades colectivas como la clase social –y cabe advertir de las relaciones contradictorias entre la categoría de clase y la de ciudadanía- no entran aquí en juego. La posición de Rafael Cruz, ya conocida por otros trabajos, respecto al derrumbe del “imperio de la clase” propia del novecientos subyace en su afirmación. No obstante, cuando nombra redes sociales de comunicación menciona al sindicalismo, que continúa autodefiniéndose a día de hoy como sindicalismo de clase. A veces de manera apresurada y poco precisa -en particular en la tercera parte del  libro-,  se nos habla de movimientos sociales que emergen en el cambio de siglo y a su lado aparecen como sujeto “los sindicatos”. Así es en las campañas contra la invasión de Irak, contra el Plan Hidrológico Nacional, en las primeras acciones contra los desahucios, por poner algunos ejemplos. Si “protestar en España continúa su historia”, tal y como se nos dice, será necesario examinar cómo se desvanecen o expiran, si es el caso, o bien cómo se transforman, si lo hacen, aquellas formas nacidas en el pasado que están presentes en el conflicto social. Aunque éste sólo sea una parte de toda su historia y su actuación. No hacerlo, es dejar de lado algo que también ha marcado en buena medida esa transición al repertorio cosmopolita de la protesta en nuestro país. Me refiero a las relaciones, contradictorias y cambiantes, entre los movimientos sociales y el movimiento sindical, que vienen de lejos. Unas relaciones que tienen su propia historia, a veces resuelta de forma inadecuada presentando al sindicalismo, aunque no de manera explícita, con los ropajes del “fantasma de la ópera”.

            Protestar en España, para concluir, cuenta con el sello habitual del autor en cuanto al rigor desde el punto de vista analítico y tiene la virtud de contribuir al avance del conocimiento de la protesta en la época contemporánea y actual. A lo largo del libro se plantean toda una serie de cuestiones capaces de abrir, en mi opinión, nuevos interrogantes y estimular el debate historiográfico; pero también y fundamentalmente ciudadano.


Radio Parapanda.--  Isidor Boix; Sobre la RSC y la globalización de los derechos



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