jueves, 6 de abril de 2017

«Hasta luego, gángster, nos veremos en el Infierno»

El rifirrafe entre el diputado Rufián y Daniel de Alfonso, ex fiscal de la Oficina Anti fraude de Cataluña en el Parlamento español ha provocado una estridente división de opiniones. De Alfonso comparecía en la Comisión de Investigación al ex ministro Jorge Fernández.  Unos han celebrado la fraseología del diputado de ERC; otros le han puesto a caldo. Los primeros vienen a decir: «así se habla»; los segundos le han echado en cara la ausencia de decoro parlamentario. «Hasta luego, gángster, nos veremos en el Infierno», «mamporrero» y otros adobos fue el lenguaje que utilizó el diputado Rufián. 

No tengo oídos pacatos y, a mi edad, ni siquiera me ruborizo por esas formas de hablar que, a estas alturas, ni siquiera me escandalizan. Sin embargo, todavía conozco la diferencia entre hacer política y armar jaleo tabernario. Y la diferencia entre chamullar y razonar. Lo que equivale a saber qué diferencia hay entre el parlamento y un chigre. De ahí que llegue a esta conclusión: Rufián ha perdido la oportunidad de echarle en cara, con aspereza, a ese turbio personaje, Daniel de Alfonso, la ilegal actividad de las cloacas del Estado, su naturaleza de agujeros negros de la democracia. De hablar políticamente de la perversa relación entre esas sentinas y el Gobierno. De hacer una censura política contundente, escogiendo un léxico vacío con pretensiones de altos vuelos. Más todavía, banalizando la tarea y responsabilidad de un representante del pueblo.

Nunca se oyó a Pablo Iglesias, padre del socialismo español, don Fernando de los Ríos, Prieto, Azaña, Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Francesc Macià y, tampoco, nunca se oyó a Palmiro Togliatti, Enrico Berlinguer o Pietro Ingrao  desperdiciar el uso de la palabra política, dentro o fuera del Parlamento, usando una jerga que, a fin de cuentas, es más propia de la gente del bronce.


Rufián  parece entender que de esa manera se combate a la derecha. Falso. Se la combate con la lucha de ideas, que implica argumentos. Se la combate educando a quienes, desde sus casas, ven las noticias por televisión y oyen la radio. Ciertamente, Rufián se ha quedado tan a gustico. Pero a la derechona ni siquiera le ha rozado, ni siquiera un rasguño. Es más, la verborrea es su campo natural.


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