jueves, 2 de marzo de 2017

El «coste de oportunidad» de Cataluña

Los economistas llaman «coste de oportunidad» a aquello de lo que un agente se priva o renuncia cuando hace una elección o toma una decisión. Por ejemplo, si en vez de tomar una opción acertada haces su contraria. Mientras la mantienes entras en una fase de costes que te desangran. Lo que viene a cuento por la noticia que nos llega de la Unión Europea con respecto a la pérdida de competitividad de Cataluña.

Cuando en 2010 Bruselas emitió su primer informe sobre competitividad regional, Cataluña se encontraba por encima de la media europea. Ahora está en un 48,7 por cien. Más todavía, el informe constata un retroceso en materia de innovación y eficiencia. En 2013, Cataluña ocupaba el puesto 133 en el ámbito de la innovación, que examina elementos de progreso como la preparación tecnológica, la sofisticación empresarial o  la innovación. En este último examen pierde cinco puestos y cae al 138. Lo que explicaría lo anterior. En este último examen pierde cinco puestos y cae al 138. Así están las cosas. El gobierno catalán, pendiente sólo de las cosas del campanario, no ha dicho ni mú sobre el particular. Sigue, perezosamente instalado, en su coste de oportunidad.

El coste de oportunidad o, lo que es lo mismo, seguir en la matraca cacofónica de la teología secesionista mientras siguen ignorados los problemas reales del trabajo con derechos sociales, la eficiencia del centro de trabajo, la formación y la calidad de las enseñanzas y la investigación. Todo supeditado a cuando hipotéticamente se llegue a Ítaca.

Mientras tanto, Cataluña como motor europeo se va convirtiendo en un contaminante tubo de escape. Es como si un cura de olla sólo se preocupara de la túnica sagrada en vez de la pobreza de los parroquianos.

En resumidas cuentas, de seguir así las cosas podríamos entrar en una fase de degradación que podría durar años. Con unos efectos devastadores. Es el coste de oportunidad, insensatos.