lunes, 31 de agosto de 2015

«A los catalanes», de parte de Felipe González

Ayer, en El País, Felipe González escribió un artículo que, como era de esperar, está suscitando ríos de tinta (1). Es cosa lógica,  pues una personalidad como ésta, aproximadamente ágrafa, siempre suscita expectativas. En lo que a un servidor respecta, el nivel de exigencia a lo que diga el ex presidente es, naturalmente, muy superior a lo que exprese un dirigente de medio pelo o a un fifiriche de tres al cuarto. Lo que, en el fondo, es un elogio a González. Yendo directo al grano: este artículo es una ocasión perdida. Si es muestra o no del agotamiento político del autor es cosa que no sabría decir.

De entrada, quiero partir de la siguiente premisa: en menos de un año ha cambiado radicalmente la situación, y más todavía con la convocatoria anticipada de elecciones en Cataluña, disfrazadas para Artur Mas y sus hologramas de «plebiscitarias» para mayor gloria e interés suyo. Así pues, el giro ha sido vertiginoso: el presidente catalán se ha movido –más bien contorsionado--, el PSOE de Sánchez se ha movido y ciertamente el panorama político general también lo ha hecho. Sólo el Partido Apostólico y don Tancredo Rajoy permanecen en la columna de Simón el Estilita, muy cerca de la hoy martirizada Alepo. A pesar de ello, Felipe González escribe con los mismos argumentos de hace un año. Cuando el autor habla de «reformas pactadas que garanticen los hechos diferenciales sin romper ni la igualdad básica de la ciudadanía ni la soberanía de todos para decidir nuestro futuro común».

¿En qué consiste esta «ocasión perdida»? Primero, en la falta de concreción de tales reformas y en el alcance de las mismas. Segundo, en la ausencia de indicaciones al PSOE de qué hacer ahora mismo, máxime cuando dicho partido (el de Felipe) propone la reforma de la Constitución con una orientación claramente federal, y sabiendo que ello provoca urticaria en personalidades de vieja estirpe socialista y en no pocos sectores del partido. Más bien, todo indicaría que González, con sus estudiadas omisiones, está propinando un cogotazo a los federalistas del PSOE y a la Declaración de Granada que, aunque insuficiente, es el planteamiento oficial. Y tercero, el autor desaprovecha, intencionadamente suponemos, la ocasión para exigir al Partido Apostólico una postura que desbloquee (es un decir) la situación.

El articulista pierde la ocasión cuando afirma: «No estoy de acuerdo con el inmovilismo del Gobierno de la nación, cerrado al diálogo y a la reforma, ni con los recursos innecesarios ante el Tribunal Constitucional. Pero esta convicción, que estrecha el margen de maniobra de los que desearíamos avanzar por la vía del entendimiento, no me puede llevar a una posición de equidistancia entre los que se atienen a la ley y los que tratan de romperla». He llamado la atención del paciente lector poniendo en cursiva la palabra equidistancia. ¿De quién: del grupo dirigente del PSOE o del Partido Apostólico? Más todavía: ¿cómo avanzar hacia el entendimiento? Nada se dice, salvo las referidas «reformas pactadas» que --dichas así, sin más concreciones--  suenan a perifollos de parva retórica.

En definitiva, el nivel de exigencia que exigimos a Felipe González nos lleva a pensar en que no hay vínculo político entre el cambio que se ha producido en la situación y lo que propone el ilustre articulista. Aunque, tal vez, habrá quien me corrija que Felipe ha dicho lo que tenía que decir, a saber: decirle a su partido que se meta en la faltriquera eso del federalismo y no romper un hilo, conductor o no, con el Partido Apostólico.

Por lo demás, tal vez ustedes hayan caído en algo no irrelevante: cada vez que, tiempo ha, voces informadas aclaraban que Cataluña no entraría en la Unión Europea y otros elementos –algunos de ellos los recuerda Felipe González--, analistas y académicos independentistas respondían a ese envite con una serie de consideraciones que, como mínimo, podían suscitar una elemental discusión; ahora, a tales advertencias se da la callada por respuesta. Es como si se tratara de una cuestión teologal: la fe no admite ni tecnicismos ni, mucho menos, argumentos. Aquí lo que rige es el famoso constructo del Credo quia absurdum que dejó escrito para muchas desgracias aquel Tertuliano del siglo Segundo. Esa fe, pues. O, lo que es lo mismo, «quien no esta con nosotros, está contra nosotros», que cierta dama con la fe del carbonero dejó dicha en un reciente mítin de los alistados de Artur Mas. En resumidas cuentas, la sombra de Tertuliano es alargada, sirviendo lo mismo para un lavado que para un planchado.



domingo, 30 de agosto de 2015

Los controvertidos «tiempos de la Justicia»: el caso Convergència

(Pineda de Marx en fiestas)



1.--  Cuando se afirma que «la justicia tiene sus tiempos» que nada tienen que ver con las contingencias de la política, entiendo que se está hablando también de la independencia de los aparatos de justicia. Si intentara acomodar los tiempos con las necesidades o intereses de los partidos –o de quien fuera--  o incluso de compatibilizar lo uno y lo otro, podríamos decir que un pestazo zorruno recorre Dinamarca de punta a rabo.

Ahora bien, los avezados constructores de paralogismos políticos parecen razonar de esta guisa: estoy de acuerdo con la independencia de los jueces cuando se aplica a los demás, pero cuando actúa contra mí (o un concreto nosotros) está al servicio de otros, mis adversarios, o es decididamente contraria a mis planteamientos. Así las cosas, la justicia sería un guiñapo de quita y pon o, sevillanamente hablando, una argofifa.  De manera que la justicia se valora positivamente solo cuando le saca las muelas, sin antestesia, a los adversarios. Muestras hay de todos los colores: cuando cierto juez le metió mano al Partido Apostólico, su portavoz –el echao p´alante  Rafael Hernando— lo calificó de «pijo y anarquista». Hasta donde mucho sabemos, nadie le dio un pescozón al mentado portavoz. Tres cuartos de lo mismo diremos de la aguerrida Esperanza que se pasa implícita y explícitamente a determinados jueces, con perdón, por la cuenca del culo.  Tampoco nadie la llama al orden.

La reciente intervención del juez que trata del asunto Sumarroca – Convergència, en plena vela de las armas electorales, ha sido vista y denunciada por los próceres de la lista de Artur Mas en clave de acoso y derribo de la independencia de Cataluña. De un Mas que, días antes, aparecía en el argumentario de sus parciales como el «campeón de la lucha contra la corrupción». La nota más estridentemente temeraria la ha dado un afamado periodista de la televisión catalana que ha expresado que «la guerra ha empezado». Se supone, pues, que este llamamiento a las armas, nacido en el esfínter de su cabeza, indica que ahora está permitido todo, que todo vale en la guerra. Que yo sepa, nadie le ha dicho al  aguerrido caballero que ha tenido un momentáneo ataque de locura.

Digamos que hasta la presente esta –u otras menos dramáticas en apariencia-- ha sido la respuesta de todo hijo de vecino cubierto de mugre desde las uñas de los pies hasta el nacimiento del pelo del cuero cabelludo. Ante la justicia, esta posición es indistinta por parte de los romanos y los cartagineses. Aunque, en este caso, nos provoca la siguiente interrogación: ¿no será que en la cabeza de los que plantean un nuevo estado catalán tienen la idea de que la justicia sea un arma del poder?

Ahora bien, al margen de estas consideraciones, osamos plantear lo siguiente: más allá de cómo se han aplicado los tiempos de la justicia en unos y otros casos –y por supuesto ahora en las sedes de Convergència--  ¿hay mugre o no hay mugre? ¿cuánta mierda, si ese el caso, hay en el palo del gallinero de Convergència? Y si es así, ¿por qué la mierda de unos parece oler a chanel número cinco y la del adversario es un estercolero? ¿Será por aquello de la canción popular catalana de que «la merda de la muntanya no fa pudor / encara que la remenin amb un bastó», que tal vez fue creada para casos como este?

La respuesta que, por lo general, dan portavoces no designados por nadie para responder a los críticos del independentismo –más bien a los contrarios--  es un manido: «Ustedes nunca entienden nada». Puede ser que esto esté incluso excesivamente generalizado. Pero conozco a no menos personal que sí entiende. Que opinamos que es legítima cualquier demanda política en democracia, siempre y cuando se plantee en términos de eso, de democracia. Lo que comporta normas, procedimientos del más estricto y obligado cumplimiento. Y, desde luego, un ethos entre los medios y los fines. Un servidor, por ejemplo, hubiera entendido el siguiente razonamiento que dijo un distinguido dirigente de Convergència, tras el escándalo superlativo de Jordi Pujol: «CdC necesita una refundación».

Primera observación: una refundación no es darle al partido una mano de pintura. Sin embargo, optaron por esto último. Ni siquiera supieron romper con el padre. Sus posibles delitos siempre fueron excusados como los de un particular, como algo escindido de la política en general y de su partido muy en concreto. Y por no querer, ni siquiera se preocuparon por las ramificaciones orgánicas del particular Pujol a la organización. Tampoco quisieron ver que si la justicia había metido mano al barcenazgo y al PSOE en Andalucía, no podían hacer la vista gorda de lo de Pujol y sus ramificaciones orgánicas. «Lo que no entendemos», pues, es por qué ellos no entienden. Por qué no se dijeron que la refundación comportaba tirar la casa por la ventana, sin contemplaciones. Y, fuera de aquellas ruinas, construir un partido de radical nueva planta. Ciertamente, eso comportaba la desfenestración de Artur Mas y de la vieja guardia que dijo no saber nada, no haber oido nada, ni haber visto nada. Pero que todo lo olió, y políticamente se aprovechó de la pingüe crematística que denunció en su día Pascual Maragall.

La sedicente refundación del partido se concretó en, de la noche a la mañana, pasar vertiginosamente del derecho a decidir  a plantear la independencia. Esta operación era un intento aproximado de refundar el partido turbado hasta el tuétano por el escándalo del Patriarca y su prole, con no pocas sedes embargadas y carcomido por escándalos de corrupción. Quienes plantearon osadamente dicha refundación fue un conjunto de capitanes convergentes que captaron el final de un ciclo. Y decididamente impusieron a Mas dos grandes giros: el paso del nacionalismo al independentismo y el emboscamiento momentáneo de Convergència en una lista «de todos». A un Mas que no hacía mucho tiempo que había declarado que «el concepto de independencia lo veía un poco oxidado». Pero dicho pacto significaba mantener a Artur Mas, el Enviado de Jordi Pujol a Catalunya. Con lo que las secuelas y consecuencias de toda la corrupción –esto es el famoso 3 por ciento y otras islas adyacentes--  quedaba al albur de «los tiempos de la justicia». Entiendo que el error de los capitanes fue plantear ese pacto para que Convergència figurara en la lista de los supervivientes. La gran operación hubiera sido, tal vez, la creación de un nuevo partido. Si hubiera cuajado esto, los tiempos de la justicia hubieran afectado a otros.

1.-- Paco Rodríguez de Lecea polemiza con el editorialista de El País en su reciente  Redoble de tambores: «Es incierto, contra lo que titula El País, que la intervención policial en la sede de Convergència Democràtica de Catalunya haya fracturado la lista unitaria de Junts pel Sí. No se ha fracturado ni la lista, ni ninguna otra cosa. De hecho se esperaba la interferencia judicial en la contienda electoral; era una posibilidad que entraba en los cálculos de todos los acimuts de la política catalana, y en particular en los del astuto Mas». Entiendo que Paco da en el clavo, y si alguien de la lista de Mas se ha turbado se lo ha guardado para sus más profundos adentros. Seguramente habrá torcido el gesto, pero a continuación habría recuperado la vieja técnica del que luego sería el cuarto Enrique francés: «París bien vale una misa».  O sea, la golosina es lo suficientemente atractiva como para no hacer ascos a la posibilidad, creen ellos, de visitar los cielos.

 

Entiendo, no obstante, que esa actitud es una consecuencia de una defectuosa relación entre los medios y los fines: si el objetivo es ir a Corinto no me importa ir con quienes almacenan enormes bolsas de corrupción; no me importa formar parte de una mesnada que ha sido convocada al inicio de «una guerra». De manera que no es forzado decir por mi parte que en la cabeza de estos alistados está lo siguiente: el futuro estado catalán es la prolongación por otros medios del actual estado de cosas. Y naturalmente con una judicatura que sea ancilar y prótesis del poder político, que es quien marca los tiempos de la justicia.  

 


La esperada Made in Catalonia  exige, en esa tesitura, que me importe lo mismo ocho que ochenta a quienes acompaño.    

sábado, 29 de agosto de 2015

¿Es franquista la Seguridad Social?

Circula por esos medios subvencionados un spot electoral de la Lista de Artur Mas loando las excelencias de una hipotética Seguridad social tras la independencia de Cataluña. Hablan voces autorizadas en la materia como, por ejemplo, la sin par Karmele Merchante, la ubícua monja Caram y otras personalidades de no menor relieve. Dado el necesario carácter pamphletaire de dicha publicidad es comprensible que no se hable de cifras y otros adobos que provocarían dolores de cabeza al personal. En un spot que se precie hay que ir al grano y dejarse de tecnicismos. Ahora bien, una publicidad honesta que puede incluso exagerar un tantico no puede mentir, ni en el caso de la Caram ofender a la verdad así en la Tierra como en el Cielo.

El caso es que al guionista del spot –lo diremos de manera benevolente--  se le ha ido la mano, afirmando que «la actual Seguridad Social española es franquista». Es cosa chocante que la avezada Merchante no haya corregido. Me imagino al profesor Aparicio Tovar, catedrático del ramo y uno de los especialistas europeos más destacados, echándose las manos a la cabeza. Como así ha ocurrido, efectivamente.

Pongamos las cosas en su sitio. Pero antes partamos de algo tan incontrovertible como que dicho spot ha insultado a bocajarro al sindicalismo confederal y los sujetos que han intervenido en la reconstrucción de la «actual» Seguridad Social española. Después retomaremos esta cuestión.

La Seguridad Social en tiempos del franquismo fue un estatuto concedido,  que no alcanzó la universalidad de la cobertura ni la protección frente a todas las contingencias. La Constitución, cambió el carácter de «estatuto concedido» al de «bienes democráticos» tras las reformas que se dieron en su composición. Afirmo que no fue una mano de pintura sino una operación de nueva planta, aunque gran parte de los pilares del viejo edificio se mantuvieran en pié. Y, como es sabido, se pusieron en marcha mecanismos de control y otros aderezos democráticos.

Digo que tal spot ha insultado gravemente al sindicalismo confederal. No creo que sea un desliz, ni una exhibición de ignorancia. Se trata de ese tipo de propaganda que se orienta a acumular todo tipo de construcciones ideológicas y políticas a favor de su ideario y, en este caso, a exaltar la panoplia independentista. Es, además, la continuidad de reinventar la reciente historia de España, incluso a costa de denigrar la acción colectiva de los sindicatos, incluso –y especialmente— los catalanes.  Pero hay algo más chocante todavía: uno de los diputados catalanes que más corajudamente batalló por una Seguridad Social fue Rafael Hinojosa, del grupo parlamentario de CiU –convergente para más señas--,  a veces a contracorriente de su propio partido. La pregunta al escribidor de este spot electoral es: ¿también Hinojosa contribuyó a mantener el carácter franquista de la Seguridad Social?   


Punto final: pero dejemos en manos del profesor Aparicio la argumentación templada sobre este particular.  EL INDEPENDENTISMO CATALÁN Y LA SEGURIDAD SOCIAL. Muy indignado tenía que estar el profesor cuando, interrumpiendo sus vacaciones en Grecia, toma la pluma y responde. 

jueves, 27 de agosto de 2015

Contra Artur Mas y sus franquicias



Homenaje a Amalia Rodrígues


Desde que Amalia Rodrigues lo dejó cantado, sabemos que «una casa portuguesa es con certeza, es con certeza una casa portuguesa». Toda una frase que debió turbar a los filósofos realitivistas. Y desde los tiempos más antiguos de la filosofía podemos entender que si «a es igual a b, y b es igual a c, a es igual a c». A partir de esa última construcción lógica el hombre ha llegado a la Luna. Honremos, pues, las sensatas aportaciones de la cantante portuguesa y, por supuesto, a Aristóteles y sus amistades peripatéticas. 

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la filosofía e incluso el razonar con punto de vista fundamentado se está separando temerariamente de la política, lo que viene a ser un peligro para la civilización. No es infrecuente leer o escuchar a políticos, a los que se les supone con dos dedos de frente, razonar de esta guisa: «era de noche, y sin embargo llovía». La repetición de este tipo de argumentos y la naturalidad con la que se expresan están adquiriendo carta de naturaleza. Primera conclusión: no han sido baldíos los esfuerzos de quienes consiguieron eliminar la Filosofía, como búsqueda del saber, de los planes de estudio. La filosofía era –y sigue siendo--  una interferencia para los desmanes del poder, para el verticismo de los politicastros de toda laya. Retengan lo siguiente: preguntado el dictador  por qué había ganado la guerra respondió sin pestañear: «Porque en nuestro bando no teníamos intelectuales». Así lo demostró, por ejemplo, con sus reticencias a Eugeni d´Ors, ya reconvertido en don Eugenio, a quien consideraba un tarambana.

Sigamos con lo nuestro. Como no podía ser de otra manera, esta técnica del razonar con las pezuñas ha llegado al argumentario –que para este caso denominaremos en lenguaje del viejo bachillerato el chuletario--  de la lista de Junts pel Sí, esa variopinta coalición independentista, que preside Raül Romeva, el plasma de Artur Mas. Pues bien, esa lista  --trufada de académicos, escritores, centrocampistas y, sobre todo, de políticos de toda la vida--  ya tiene en sus manos el chuletario de campaña. El apotegma principal es: «Quien está contra Mas está con Aznar», según nos informan los diversos medios barceloneses.
Oiga, ¿no les parece a ustedes que es una desatención mayúscula al bueno de Romeva que es quien formalmente preside el elenco electoral?  Es como si Hamlet no fuera el protagonista.

¿De dónde saca el escriba sentado del chuletario que quien es contrario a Mas es partidario de Aznar?  Naturalmente, surge de la lluvia que caía, a pesar de ser noche cerrada. Surge del anacoluto en el que se ha convertido una buena parte de la política. Y más todavía: de la reinvención de la reciente historia de Cataluña. Es decir, no existieron los continuos pactos y cabildeos, las constantes martingalas y componendas entre Pujol y su Enviado en la Tierra, Artur Mas, con el mismísimo Aznar. No hubo abrazos y sonoras palmadas en la espalda, no hubo besuqueos y arrumacos. Pura invención de los adversarios de Artur Mas. Tampoco hubo contagio mutuo a la hora de meter la motosierra en los derechos sociales; no hubo recortes, sino ahorro e inversiones.  Así las cosas, tampoco debió existir el piadoso Romeva cuando, desde su partido, atacaba al mismísimo Artur Mas. Y por no haber, tampoco se dieron las huelgas generales contra las políticas del tándem Pujol—Mas y Aznar. Digamos pues, que estamos ante una novedad: la historia no la escriben solamente los vencedores, también cualquier estantigua puede hacerlo siempre que tenga la necesaria y suficiente desfachatez para ello.


Moraleja.--  Oigan a doña Amalia Rodrigues, lean al viejo Aristóteles. Es un antídoto –un pequeño antídoto— contra el chuletario de Mas. Que podría estar inspirado en la historia de «en tiempos de los apostoles habían unos barbaros que se comían los pajaros que estaban en los arboles», que –tal como se narraba--  no permite acentos en las esdrújulas.  Lo que decimos con la idea de que Karmele Merchante, la nueva musa radiofónica del independentismo, no meta la para con los acentos.   

martes, 25 de agosto de 2015

La Seguridad Social a debate



Homenaje a BRUNO TRENTIN*



Vuelve, como tradicional serpiente de verano, la reforma de la Seguridad Social.  Lo más seguro es que se trate de toreo de salón por parte de Mariano Rajoy que, en puertas de las elecciones, está procurando exhibir que su músculo no duerme, ni descansa su párvula imaginación. Sea como fuere, no es cosa de echar en saco roto la necesidad de la reforma de la Seguridad Social y del conjunto de los bienes democráticos que la acompañan. En una orientación progresista, se entiende. Justo en la dirección opuesta que plantean las políticas hoy predominantes en la Unión Europea.

Si comparásemos la Seguridad Social a un edificio, caeríamos en la cuenta de que las reformas que se han intentado hasta la presente se han orientado en, al menos, dos direcciones: una, desmantelar algunos de los puntales de la casa; otra, modificar algunas habitaciones de la misma sin saber qué encaje y compatibilidad tiene con el conjunto de los planos del edificio.  En todo caso, parece evidente que el interés de la sedicente reforma que tienen en la cabeza Mariano y sus franquicias es el desmantelamiento por vía legislativa de la Seguridad Social.

Tengo para mí que las izquierdas deben revisitar sus antiguas propuestas de cómo reformar la Seguridad Social. También el sindicalismo, aunque este haya tenido, por lo general, mejor tino. En ese sentido, se proponen las siguientes consideraciones: a) partir de un diagnóstico aproximadamente certero; b) una metodología conveniente; y c) la relación con los diversos sujetos sociales.

1.--  Joan Coscubiela, que conoce el paño y sus entretelas, ha publicado un artículo que debería considerarse de manual:   Pensiones: retos y riesgos.  Comparto el análisis y el conjunto de las observaciones que hace el diputado por Barcelona. Pues bien, ahí tienen las izquierdas sociales y políticas el «diagnóstico aproximadamente certero» que se necesita. Más todavía, en dicho artículo aparecen de manera suficientemente clara las vinculaciones que el welfare tiene con todas las variables de la economía. De aquí se desprende lo que nunca pareció obvio en la práctica de la izquierda española y europea, a saber: el welfare no es una variable independiente.

 

2.— Por lo tanto, podemos hablar de la interdependencia  del welfare con: el crecimiento o decrecimiento de la economía; el mercado de trabajo y sus cambiantes características; la cuestión salarial; las políticas demográficas; y, por fin, de la política fiscal. Este es el polinomio principal del welfare, y –como en todo polinomio--  no hay variables independientes. Repetiré lo que he escrito en otras ocasiones: no es un conjunto de tapas variadas, ni un conjunto de retales. Y, no obstante, de esa manera tan tosca ha sido tratado el problema por la izquierda, tanto cuando estaba en la oposición como en el gobierno. La excepción, la verdad sea dicha, ha estado en el sindicalismo confederal que, en su tiempo, propuso un texto orgánico.  

 

En resumidas cuentas, la metodología que se propone es de tipo omnicomprensivo, a saber, que no afronte solamente las goteras del viejo edificio sino el conjunto del polinomio del welfare con todos sus vínculos y compatibilidades entre sí, archivando definitivamente la mala técnica de ir a salto de mata. Coscubiela lo deja meridianamente diáfano: «a un trabajo precario corresponde una Seguridad Social precaria».   Por lo tanto, la conclusión para una metodología fundamentada es tan clara como el agua clara para la reconstrucción de ese nuevo edificio. Pero, si quiere ser nuevo –de progreso, inclusivo y eficiente--  debe estar concebido en el nuevo paradigma de los procesos de innovación y reestructuración de los aparatos productivos, del conjunto de la economía. No es posible que sea radicalmente nuevo si se concibe en clave fordista, que es un sistema que ya es pura herrumbre.  

 

3.--  Los sindicatos y los partidos de izquierda tienen un papel fundamental, pero no son los únicos sujetos en la reconstrucción de un welfare profundamente renovado. Digamos que, porque la mayoría de la población no está inscrita en tales organizaciones, es absolutamente imprescindible recabar la voz organizada del conjunto del asociacionismo. ¿No sería una idea oportuna establecer un foro permanente de debate y propuesta a tal efecto?  

 

* Este es un modesto homenaje a Bruno Trentin, el sindicalista europeo más fascinante de los últimos setenta años, que nos dejó hace ocho años.     



Radio Parapanda. Javier Aristu en El renegado Tsipras: https://encampoabierto.wordpress.com/2015/08/24/el-renegado-tsipras/

  

sábado, 22 de agosto de 2015

La forja de un catalán sin apellidos y la solidaridad española


Escribe: Pedro López Provencio, dirigente histórico de CC.OO. de Seat


El señorito despidió a mi padre de su trabajo en el molino. De eso pronto se cumplirán 70 años. Los motivos los contaré en otra ocasión.  Una hermana de mi madre, que a la sazón era la jefa del auxilio social del pueblo, consiguió que unos conocidos suyos le facilitasen un empleo en “Lámparas Z”. En Barcelona, a más de 600 km de distancia. Como esa emigración forzosa fue “con papeles” se pudo librar de ser internado en el estadio de Montjuic, uno de los lugares donde encerraban, en condiciones infrahumanas, a los inmigrantes pobres, que llegaban de otras partes de España sin un empleo, hasta que los devolvían a sus lugares de origen.

Unos meses más tarde, mi madre, mi hermana y yo, nos reuníamos con él. Para vivir, inicialmente, en una habitación realquilada «con derecho a cocina». Las condiciones de trabajo de mi padre eran al principio deplorables. Para paliar la toxicidad le proporcionaban leche que debía beber durante las interminables jornadas laborales. Si malo fue el día a día de mi padre, la situación de mi madre se puede calificar sin reparos de extremadamente cruel. Vivir en el Poble Sec de entonces, sin familia y sin amigos en su entorno. Desconociendo el idioma popular reprimido oficialmente. Hablando el idioma de los opresores, aunque muchos de estos fuesen catalanes. Con cultura y costumbres muy diferentes a las de sus vecinos. Soportando el rencor de algunas personas que debían creerse con mejor derecho para ocupar el trabajo de  mi padre.

En 1950, acabada de nacer mi segunda hermana, consiguieron un pequeño piso de alquiler en Hostafrancs. Un barrio obrero acogedor y solidario. Entenderse con los vecinos ya no fue un problema de idioma sino de pertenecer a una misma clase social. Los niños jugábamos en la calle a caball fort, futbol y punta pala, y contando “aventis”, sin reparar  en si éramos de aquí o de allá. Cuando murió mi madre y recuperé mis álbumes de trabajos escolares, que ella conservaba como un tesoro, descubrí con asombro que estaban escritos casi al 50% en catalán y en castellano.

Del 55 al 63 estuve en Gijón, estudiando con una beca en la Universidad Laboral. Desconectado del barrio. Los veranos en Barcelona los ocupaba trabajando en pequeños talleres mecánicos. El idioma y la cultura catalana me fueron ajenos en ese tiempo. Llegué a sostener, ante el escándalo de mis interlocutores, que si con el castellano ya nos entendíamos todos ¿para qué había que aprender catalán? Y otras lindezas que no me atrevo a reproducir.

En los siguientes años 60 me incorporé al Centro Católico de Hostafrancs y empecé a trabajar en la SEAT. Con los amigos y compañeros que fui encontrando, muy especialmente en CC.OO y en el PSUC, se produjo un cambio espectacular. Trabajar durante el día, estudiar dos carreras por la noche, hacer de sindicalista, leer y asumir la funesta manía de pensar, pueden reconvertir al más duro de mollera.

Así fui comprendiendo que carecíamos de los más elementales derechos y libertades. Principalmente laborales y políticos. Pero también sociales, culturales y lingüísticos. Que la Dictadura pusiese todos los medios para evitarlo, no nos impidió irlos imponiendo y ejerciendo. Nos asociamos, nos reunimos, divulgamos nuestras opiniones por escrito en octavillas y de viva voz en las asambleas. Y nos manifestamos cada 30 de abril, víspera del 1º de Mayo, y cada 11 de setiembre, Diada nacional de Cataluña. Eso nos valió despidos del trabajo e inscripción en listas negras, procesamientos en el TOP y en los tribunales militares, encarcelamientos, tortura y la muerte de algunos compañeros.

Durante los años 70, cuando iba por otros pueblos y ciudades de España, podía comprobar el aprecio y la solidaridad que despertaba nuestra lucha. El respeto por nuestras demandas culturales e idiomáticas. Se podía notar la admiración que despertaba Barcelona, como ciudad abierta y acogedora, cosmopolita e integradora. Culta en humanidades y en ciencias. En donde se intentaba la síntesis de los valores humanos, con las normas de conducta y la libertad. Donde procuraba habitar sin conflicto el individuo y la comunidad. Donde la identidad y la diversidad ensayaban la coexistencia en armonía. La fascinación que ello despertaba fue lo que me hizo sentir el honor de ser catalán que todos me atribuían. Empecé a serlo el día en que, de niño, oí decir a mi padre “yo soy de donde doy de comer a mis hijos” y lo confirmé cuando un amigo, catalán de origen, me dijo “ésta es nuestra casa, usemos y disfrutemos de todo lo nuestro, especialmente de nuestro idioma y de nuestra cultura”.

Así nuestra lucha, junto a la de otros muchos españoles, acabó con la Dictadura. Pero tuvimos que pactar. Aprobamos una Constitución y un Estatuto de Autonomía. Con ello dimos por ejercido el Derecho de Autodeterminación que el PSUC había venido reivindicando. La “señora correlación de fuerzas” nos hizo aceptar algunas partes, de esas normas fundamentales, que no nos gustaban. Otras se dejaron conscientemente abiertas o sin la suficiente concreción. Esperando mejorarlas en un futuro conforme alcanzásemos los gobiernos y el Poder.

Lamentablemente, como es notorio, los gobiernos han sido habitualmente fagocitados por la derecha y el Poder se ha mantenido en casi las mismas manos. Internacionalizándose en los últimos tiempos, para peor. Y con el nuevo siglo llegó la crisis, que enriquece a unos pocos y nos perjudica a la inmensa mayoría. La resultante es un retroceso en derechos y libertades socio-laborales. Y no por culpa de los contenidos en la Constitución o el Estatuto, sino por quienes han tenido la facultad de interpretarlos, aplicarlos y legislar en su beneficio. Con la amalgama de corruptores y corruptos.

Resulta indudable que, durante las dos últimas décadas del siglo pasado, las clases populares fuimos mejorando considerablemente. Teniendo en cuenta de donde veníamos, claro. En función de eso, sindicalistas y otras fuerzas sociales, fuimos rebajando el nivel de conflictividad y de reivindicación. La abundancia ficticia que proporcionó la burbuja inmobiliaria consiguió desmotivar, desmovilizar y desorganizar a buena parte de la clase trabajadora.

Sin embargo los nacionalistas jamás reconocieron avance alguno y mantuvieron bien en alto su enfrentamiento. Hoy hay quien se atreve a decir sin rubor que existe una acción genocida del Estado contra todo lo catalán. Y absurdos de similar envergadura. De tal manera que cuando la crisis nos golpeó de forma inmisericorde encontraron inmediatamente al culpable: España, que nos roba y no nos quiere.

Parece evidente que los gobiernos de PP y CiU comparten ideología y colaboran con entusiasmo contenido. En los traspasos hacia la sanidad privada, el deterioro de la escuela pública, la disminución de los servicios sociales y, en general, en el retroceso en derechos y libertades, especialmente los laborales. Aportan millones de dinero público al sistema financiero privado. Y los casos de corrupción los acorralan sin tregua.

Al tiempo, los convergentes y otros acólitos anuncian la posibilidad de que la patria catalana se “libere del oprobioso yugo tricentenario” sin coste alguno y con todas las ventajas y beneficios imaginables. Los peperos advierten del “peligro” de disgregación de la patria española inmutable. A ese filón se lanzan y, sorprendentemente, consiguen la adhesión de una parte muy numerosa de la población. ¡En el siglo XXI!. Y ahí estamos, primero la independencia, o no, y después ya veremos, pero mandando los de siempre.

La triste realidad actual es que, junto a la unidad de los patriotas, se impulsa el enfrentamiento entre unos y otros catalanes y los demás españoles, entre los que tienen un trabajo fijo y los que lo tienen temporal, entre parados, en busca de un empleo escaso y precario, entre inmigrantes y autóctonos, entre manteros y pequeños comerciantes, entre vecinos y turistas, etc. Divide, vencerás y entretendrás.

Y en esta situación de retroceso en la solidaridad, en la empatía y en la buena voluntad, este catalán atribulado mantiene la esperanza de un cambio. Que se abandone pronto este nuevo sindicato vertical en el que “patronos y productores” han de perseguir un objetivo común, como requiere todo nacionalismo. Que aquellos que durante la noche franquista nos escuchaban, nos admiraban y se solidarizaban con nuestra lucha, no tengan que volver a decirme, al intentar darles alguna explicación de lo que nos pasa, “si queréis la secesión hacedla pero ahorradnos las explicaciones”.


Seguramente se tendrá que inventar algo parecido a lo que en su día fue la “unión de las fuerzas del trabajo y de la cultura” para la nueva batalla, que también tiene sus implicaciones europeas e internacionales. Es bonito el ombligo pero dejemos de mirárnoslo.

lunes, 10 de agosto de 2015

El federalismo se escribe en prosa

(Foto de nuestro corresponsal en Bayona: la ciudad cuatriarcada de Santa Fe está hermanada con esta villa gallega)


Se nos dice de parte de Pedro Sánchez que, ante los intentos de recentralización de Rajoy y el empuje del soberanismo catalán, su partido redoblará los esfuerzos de cara a las próximas elecciones generales por una España federal. Poco hay que objetar. En todo caso ya veremos cómo desarrollan la explicación y si son capaces de añadir novedades sobre ese particular.
Es decir,  de qué manera vinculan el federalismo con la condición concreta, de vida y trabajo, de las personas de carne y hueso. Porque, dicho sin requilorios, el federalismo a palo seco es como las migas sin sus correspondientes tropezones.

La pugna entre el centralismo carpetovetónico, cuyo instrumento más herrumbroso es el partido púnico, y los soberanismos periféricos es, ante todo, una fortísima pugna entre las élites dirigentes por el poder. Ahora bien, toda lucha entre las élites que no arrastre a importantes masas de la población, pro domo sua, acaba por lo general en tablas. Unos y otros, lógicamente, intentan estar arropados por millones de personas con un determinado nivel de consenso, que –según las circunstancias--  puede ser activo, pasivo o resignado.

Unos y otros procurarán engrasar los ejes de sus carretas sobre la base de sentimientos, mitos (viejos y nuevos), creencias y demás artificios de la política. La batalla de masas se establece no sobre la base de razonamientos sino de virtudes teologales. De aquí que la discusión sea prácticamente imposible. Ya lo dijo Tertuliano hace muchísimo tiempo: «Credo quia absurdum»,  que en buena medida ha movido todo tipo de montañas. En suma, creer porque es absurdo ha sido históricamente la madre de muchas batallas.

Con frecuencia  Charles Taylor acostumbra a decir que la institución republicana francesa fue la escuela pública, la estación de ferrocarril y la estafeta de correos. A decir verdad es prosa de altos vuelos. Es decir, Taylor no emplea la lírica para definir la república. Lo que no impide que los poetas la canten a todo meter con sus propios lenguajes. Sin embargo, hasta donde nosotros sabemos Pedro Sánchez no es poeta; haría bien, pues, en contagiarse de la prosaica definición de Taylor. ¿Qué quiero decir?

 

Que la necesaria operación federal necesita concreción y, por así decir, una fisicidad que conecte con las necesidades, viejas y nuevas, de la ciudadanía.

Siguiendo, pues, a Taylor debería enlazarse al federalismo ¿qué escuela pública, qué estación de ferrocarril y qué estafeta de correos? O sea, el edificio federal se construye con los materiales del Estado de bienestar en su sentido más actual. Mientras no se haga de esa manera, mucho me temo que la lírica de campanario se llevará el gato al agua. Es más, mientras esa lírica teológica, de unos y otros en competencia calculada, se siga librando y nadie escriba el federalismo en prosa estaremos dando tumbos del coro al caño y del caño al coro.

 

Pongamos un ejemplo prosaico: mientras en la batalla catalana sigan sonando las flautas de la teología, ¿quién se ocupa, además de los sindicatos, de la lucha de los trabajadores de Valeo por sus puestos de trabajo?  Aquí la única teología que vale es la de tipo antropológica, que hizo decir a doña Teresa de Ávila un apotegma tan convincente como: «en los pucheros está el Señor». Sólo por decir eso ya merecería el título de Doctora de la Iglesia. La declaró Pablo Sexto, a pesar de la resistencia de la Curia cuyo único argumento era que Teresa no llevaba pantalones. Lo que es del todo incierto, era ella quien llevaba los calzones en la Orden.


 

viernes, 7 de agosto de 2015

PSOE: depuración versus renovación

No parece que el PSOE tenga la sesera en su mejor momento. Con las elecciones generales casi a la vuelta de la esquina, la organización madrileña, experta en broncas y zahúrdas desde tiempos inmemoriales, se auto provoca una nueva desestabilización siguiendo la tradicional fórmula de que el partido se fortalece a golpe de depuraciones.

Desde fuera de esa organización y sin conocer los entresijos –o sea, las aguas mayores y menores--  de los socialistas madrileños, veo que su dirección le quita los entorchados al portavoz del grupo municipal, el ubicuo Antonio Miquel Carmona.  Dado el carácter de este caballero, que nunca tuvo pelos en la lengua, la reacción no se ha hecho esperar. Carmona ha respondido con sapos y culebras agrandando el conflicto al hacer responsable del desaguisado al mismísimo Pedro Sánchez y la dirección federal del partido. Una reacción lógica, ya que no era esperable que Carmona se mordiera la lengua. Resultado: «las navajas de Albacete, bellas de sangre contraria, relucen como los peces», según imaginó y escribió el poeta de Fuentevaqueros. Esta es la consecuencia de no seguir cabalmente el consejo ignaciano: «en momentos de tribulación no hacer mudanza».

Los protagonistas, deuteragonistas y figurantes de esa trifulca cainita no podrán compatibilizar la bronca interna con una preparación sensata de las próximas elecciones generales. Porque cada bandería con su particular fiel espada toledana estará más pendiente de pinchar la barriga del contrario que otra cosa. Lo que no es nuevo en la política y, muy particularmente, en la izquierda. Mal ojo, pues, tienen los socialistas madrileños –en primer lugar, los jefes del puesto de mando y de la sala de máquinas--  en embarcarse en esta descomunal reyerta cuando el Partido apostólico anda púnicamente, del coro al caño y del caño al coro, entre jueces y cuartelillos de la Benemérita. Así las cosas, no sería de extrañar que el viejo partido socialista estuviera afectado por lo que ya previó Goethe en el Fausto glorioso: «Si no cabe ir de pie, iremos de cabeza». De cabeza van los socialistas madrileños, justo cuando el Partido Púnico ha sido desalojado del ayuntamiento de la capital y un nuevo aire empezaba a notarse en la ciudad. En resumidas cuentas, el quilombo ha empezado en el peor momento.

Es del todo evidente que esta situación de desestabilización en un partido importante como es el PSOE –y en una organización importante como es la madrileña por sí misma y sus efectos radiales al conjunto de dicho partido--  enrarece la situación política española. Y más todavía cuando no aparece con claridad el carácter orgánico de dicha reyerta. Afirman las altas esferas socialistas que la drástica remoción de Carmona se debe a los resultados poco brillantes de las recientes elecciones municipales. Pero de ser así, Pedro Sánchez hubiera hecho lo mismo en las otras grandes urbes donde su partido ha tenido incluso peores resultados que los madrileños. Otros afirman que la mano larga de Sánchez se ha empleado a fondo porque su operación rastrillo se orienta a controlar con mano férrea todos los intersticios del planeta PSOE. En caso de que una u otra razón –o ambas simultáneamente— fueran los motivos, habrá que convenir que son razones de vuelo gallináceo. O, como se diría en la Vega del Genil, son pollas en vinagre, que son un alimento de escasa entidad gastronómica.  

Por mi parte, soy del parecer que estas descomunales zarabandas son la expresión más cabal de la crisis de la socialdemocracia en general y particularmente de la izquierda. Mientras no se inicie un camino de gradual superación de dicha crisis saltará la chispa a la primera de cambio, y todo quedaría reducido a un «quítate tú, que me pongo yo». Así las cosas, quedaría aparcado cualquier proyecto de auto reforma del partido y de la política. Justamente en unos momentos en que el PSOE se encuentra, de un lado, en una parábola descendiente; y, de otro lado, con el hecho nuevo de que un partido emergente le disputa un significado sector de su electorado tradicional o potencial.  Más todavía, en unos momentos en los que el bipartidismo está de capa caída.

En este nuevo contexto –resquebrajamiento del bipartidismo y la aparición de Podemos--  el PSOE  está pagando el pato de su ausencia de reflexión desde la caída de Felipe González. Digamos que las pocas manos de pintura que le han dado al partido, desde aquellos entonces, no han frenado su parábola descendiente. Y –como se decía antes--  a las primeras de cambio se arma la marimorena. Por lo que, de ese modo, comoquiera que van dando traspiés acaban «de cabeza», según refería Goethe.  

Ahora bien, ¿a qué nos estamos refiriendo cuando hablamos de «ausencia de reflexión estratégica? A lo siguiente: ¿exacta o aproximadamente qué quiere ser el PSOE? ¿Quiere ser un sujeto político que intente darle una mano de pintura y un baldeo al actual estado de las cosas?  ¿O un sujeto transformador con graduales reformas (dignas de ese nombre) en el trabajo, en la sociedad y en el Estado? En concreto, ¿a qué sentido –si es que tiene alguno— convoca el partido socialista? Desde luego, son interrogantes que también se dirigen a todas las izquierdas, pero el PSOE sigue siendo el principal partido de ellas y es oportuno que en este ejercicio de redacción le interpelemos amistosamente. A ellos les corresponde, naturalmente, dar una respuesta. Pero algo le podemos recomendar con cierto conocimiento de causa: la depuración es el método más apropiado para su poquedad y, andando el tiempo, para su extinción.


Radio Parapanda. Se recomienda la lectura al hemisferio de la izquierda de las siguientes reflexiones que nos propone el profesor Antonio Baylos: NORMACION BILATERAL DEL TRABAJO Y SOLUCIÓN AUTORITARIA. (NOTAS DE LECTURA I) y REPRESENTACIÓN Y DELEGACIÓN SINDICAL (NOTAS DE LECTURA II) Advierto que no es apta para quienes sean propensos al infarto.

 



martes, 4 de agosto de 2015

“España, proyecto común” o “Para qué, seguir juntos”

Escribe Manuel Gómez Acosta*



Mi querido amigo Quim González, sin duda uno de los sindicalistas más brillantes e inteligentes que conozco, en su artículo titulado ¿Para qué? “La independencia de Catalunya o una España en común”,  publicado el pasado 20 de julio en este “blog”, se planteaba la necesidad de dar respuesta a la pregunta del ¿Para qué, seguir juntos? (1) Intentaré responder a la reflexión solicitada por el “company i amic” Quim.

El bloque secesionista liderado por Artur Mas y su aparato de agit-prop ha decidido dar por superada  la primera fase del ¿por qué irnos?, para introducirnos en la segunda fase de su estrategia que responde al ¿para qué seguir juntos?

En esta primera fase,  los secesionistas han desarrollado con gran habilidad y contando con un poderoso aparato mediático perfectamente “engrasado”, la  iconografía de una estrategia basada en los agravios recibidos soportado por el trípode: el “España nos roba”  (el llamado “expolio fiscal”),  el ataque a la lengua catalana calificado como genocidio cultural y el atentado a nuestra dignidad como pueblo como consecuencia de los recortes a algunos artículos del Estatut del 2006, en la desafortunada sentencia del TC de julio del 2010, auspiciada por el posicionamiento  irresponsable del PP en contra de dicho Estatut

A la estrategia anterior añaden todo un argumentario que crea un universo taumatúrgico soportado por una hábil manipulación  de nuestra historia compartida, convirtiendo una guerra civil europea como fue la guerra de sucesión de 1714 y la guerra civil española de 1936/1939 en ataques contra Catalunya perpetrados por la pérfida España de matriz “castellana”

Por cierto, el argumentario del “expolio fiscal” poco a poco se ha ido diluyendo y dejándose de utilizar, al verificarse de forma académica y rigurosa los argumentos económicos desarrollados por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas que apuntan que el déficit fiscal de Catalunya que equivale al  4,35% de su PIB, nos sitúa en el tercer lugar detrás de Comunidades como Madrid con el  8,8% o Baleares con el 5,7%. El “expolio fiscal” va desapareciendo poco a poco del imaginario secesionista…

Puestos a ser pedagogía, convendría recordar que la balanza comercial entre Catalunya y el resto de España representa un saldo positivo de +14.969M€, siendo deficitario el saldo de Catalunya con el extranjero  en unos -11.000M€. ¿Por qué poner en peligro nuestra relación con nuestro principal socio comercial?

Entramos pues en una segunda fase en la que Artur Mas asegura que, cuando Catalunya sea independiente, nuestras tasas de paro serán como las de Dinamarca o Austria, las infraestructuras como las de Holanda, el modelo educativo de Finlandia y nuestra agencia tributaria será modélica siguiendo la referencia de Australia, donde sus ciudadanos acuden a pagar sus impuestos de forma alegre y confiada, no como la del Estado en el que convivimos,  cuyo ADN predispone a la evasión fiscal. Por todo ello la pregunta que nos hacen los secesionistas es ¿para qué seguir juntos?

Estas tesis expuestas de forma exhaustiva y reiterativa por todo el aparato mediático, no se discuten,  el que lo hace queda fuera del sistema. Constantemente se exigen compromisos patrióticos, como por ejemplo el bochornoso espectáculo de los candidatos a la presidencia del Barça que se han prestado al “juramento” de fidelidad a “la lista del President”.

Respondamos pues al ¿para qué, seguir juntos”

Necesitamos construir un relato en que la cohesión nacional de todos los pueblos de España no sea solo una galería de banderas, de himnos y aromas de leyenda sino sobre todo un proyecto común.

Como comentaba el Presidente de Asturias, Javier Fernández,  en su toma de posesión “La crisis económica y su secuela de desigualdad rompe el espinazo a la cohesión social y surge el sálvese quien pueda, la supremacías de la identidades que rompen la igualdad y la cohesión" ¿Cómo contraponer a la poderosa narrativa de los mitos, la emoción de seguir juntos y construir un nuevo proyecto, la necesidad de reformar en lugar de romper los espacios de convivencia construidos durante siglos?

Antes de responder a la pregunta que encabeza esta reflexión, debemos apuntar que a Catalunya no le  ido nada mal formar parte de la España Constitucional,  los datos macroeconómicos así lo avalan. Algunas de las inversiones públicas más importante durante este periodo, se han desarrollado en Barcelona y Catalunya. Los Juegos Olímpicos del 92, el Plan Delta del Llobregat,  la conversión de  Barcelona en el primer “hub” logístico del Mediterráneo , constituido por una terminal  aeroportuaria la T1 que recibe casi 30 millones de pasajeros/año, un puerto de contenedores y una terminal de cruceros que lidera las operaciones en el Mare Nostrum, unas infraestructuras de movilidad de referencia en toda Europa, una red regional de alta velocidad que une sus cuatro capitales de provincia algo inusual e inédito en las Áreas Metropolitanas europeas.

A los secesionistas les interesa la manipulación que identifica España con el gobierno del PP. El asfixiante control mediático subvencionado del aparato de agit-prop de la Generalitat, ha intoxicado a la ciudadanía y solo ha desarrollado el relato negativo  del proyecto España ,a la que  identifica  con la corrupción, el desmantelamiento del “Welfare”, las políticas favorecedoras de la desigualdad, la ineficacia administrativa, la prepotencia y la intolerancia a la hora de gobernar, pero nos engañan: el PP no es España. A una mayoría de españoles no les gusta esta España y por eso quieren (queremos) cambiarla

España es una gran “nación de naciones”,   con importantes activos en todos los sectores. Un país que lidera las tecnologías en el campo de las energías renovables, con una importante reserva de  capital humano y un prestigioso núcleo de investigadores en diversas materias como la biomedicina  que se han visto obligados a emigrar ante la  ausencia de políticas activas de I+D+i.

España es uno de los líderes de la industria de la automoción, sus empresas de ingeniería y construcción lideran a nivel mundial las grandes infraestructuras del transporte y de la energía,  la señalización, los sistemas de automatización y las comunicaciones ferroviarias. Somos líderes mundiales en trasplantes de órganos, nuestro sistema de salud pública era uno de los mejores del mundo antes de ser deteriorado por las políticas antisociales del gobierno del PP  y sin embargo podemos recuperarlo…

Es necesario mirar hacia adelante , plantearnos la necesidad de construir un sólido "proyecto común", capaz de generar apoyos y consensos, de educar en la pedagogía de la convivencia,  de motivar,  de apasionar.

La secesión es el significante vacío, la confrontación, el enfrentamiento, la quimera que  genera frustración, la ruptura de la legalidad democrática, la imposición de una supuesta legitimidad popular, las elecciones llamadas plebiscitarias donde los votos valen diferente en función del origen territorial..

Ahora más que nunca es necesario actualizar, reconstruir, reformar el edificio común constitucional. No hay mejor manera de legitimarlo que facilitar su reforma y modernización. Reconstruir una Constitución que desarrolle un “federalismo constitucional”  capaz de articular la  unidad en la diversidad y haga de lo “federal” una solución integradora.

La heterogénea complejidad federal frente a la simplicidad del “dogma de fe” independentista, la integración de la singularidad frente a la exacerbación de lo “diferencial”. La necesidad de la negociación y la búsqueda del acuerdo, poniendo en valor lo que tenemos en común, frente al discurso totalitario de la “mayoría se impone”

La cooperación reticular frente a la bilateralidad egoísta, la solidaridad entre ciudadanos libres frente el egoísmo de los territorios

¿Alguien duda de que nuestro atacado “Estado del Bienestar” se defiende mejor desde la unidad de los pueblos de España y de su clase trabajadora?.

Los trabajadores catalanes necesitamos del resto de los trabajadores españoles para reconstruir una nueva mayoría de izquierdas. Juntos podemos hacerlo. Necesitamos arrebatarle a la derecha catalana y a las elites dominantes catalanas su discurso hegemónico, no olvidemos que la derecha en Catalunya ha gobernado demasiado tiempo y pretende seguir haciéndolo…

Luchar por la hegemonía es posicionarnos no solo desde la razón democrática sino desde la pasión de seguir juntos en un proyecto compartido, la España federal: la del gaditano Fermín Salvochea,  la de  los catalanes Pi i Margall  y Solé Tura, la del castellano Anselmo  Carretero,  la de nuestro entrañable  amigo y camarada Santiago Carrillo.

Los secesionistas me recuerdan a esos ciclistas que ocupan la acera de nuestras ciudades y se enfadan si les recuerdas que la acera no es solo de ellos. Ante tu exigencia de que cumplan la ley de la ciudad habitable, del espacio compartido, responden con  la "legitimidad" de su "derecho a decidir" por donde circulan.

*Ingeniero industrial, miembro de Federalistes d’Esquerres