lunes, 29 de junio de 2015

RELEER A TRENTIN, RELEER A GRAMSCI

Nota editorial.-- El 21 de noviembre de 1997 Bruno Trentin dio en el Istituto Gramsci de Torino la conferencia que ponemos ahora al alcance del lector, traducida al castellano por Javier Aristu. Habló como invitado en un “Convegno” (seminario) dedicado a «El joven Gramsci y el Turín de principios de siglo». Su intervención fue recogida en Quale Stato, n. 3/4, septiembre-diciembre 1997, pp. 41-60.
“La ciudad del trabajo”, la obra principal de Trentin, estaba ya concluida en esa fecha, a falta tan solo de unas semanas para su publicación. Trentin invirtió tres años intensos (prácticamente desde que dejó el cargo de secretario general de la CGIL) en la escritura del libro. El 20 de mayo de ese mismo año de 1997 había escrito en su diario: «El esfuerzo ha acabado.» Sin embargo, siguió corrigiendo el original a lo largo de todo el verano. «Un trabajo de Sísifo», escribió en otro momento.
El “convegno” turinés de noviembre fue para Bruno Trentin una ocasión inmejorable de poner a prueba las tesis, flagrantemente heterodoxas para una cierta izquierda, sostenidas en el libro. En un texto denso, bien trabado y de un enfoque tan original que puede llegar a aturdir, el autor resume los temas principales de la “Ciudad…” a través del desarrollo argumental de tres paradojas: las dos primeras, relacionadas con el hecho de que las dos transformaciones más sensacionales del sistema productivo en las sociedades industriales avanzadas del siglo XX, el fordismo-taylorismo y el estado del bienestar, apareciesen con un marchamo de origen exterior a las concepciones y las tradiciones del movimiento obrero; la tercera, el hecho de que la adhesión a tales novedades llevara al movimiento socialista en su conjunto y a la teoría marxista oficial en particular, a una nueva concepción del Estado «como sujeto de la historia y como momento creador de la sociedad civil.»
Como acompañamiento del texto de Trentin, que se irá presentando capítulo a capítulo a medida que la traducción esté lista, se incluirán en  Metiendo Bulla las notas, ya habituales en este medio, de José Luis López Bulla y Paco Rodríguez de Lecea, sin perjuicio de que el propio traductor Javier Aristu y otras personas se asomen también al debate, o a la cháchara, con sus propios comentarios y puntos de vista.

Cuál lectura de Gramsci, hoy


1.

La reflexión sobre la crisis, muy avanzada ya, de lo que se suele definir como el «modelo fordista de economía y sociedad», y sobre la crisis, mucho más lenta y tortuosa, de la «organización científica del trabajo» (el sistema de Taylor) que había sido, en cierta manera, su partera, me ha llevado en varias ocasiones a plantearme dos grandes interrogantes; o, si se quiere, dos grandes paradojas que han marcado la historia de los movimientos sociales en el siglo XX. Y, a partir de ahí, a medirme, una vez más, con la  búsqueda que Antonio Gramsci llevó a cabo en el Turín obrero, después de la primera guerra mundial.

Dos grandes paradojas. Por un lado, y en primer lugar, el hecho de que, un siglo después de la aparición de las grandes asociaciones políticas y sindicales que asumieron la emancipación del trabajo —sobre todo a través de la redistribución de los recursos en favor de los débiles y de los excluidos— como su objetivo estratégico, dichas organizaciones no hayan alcanzado en este terreno (con o sin ruptura revolucionaria) más que unos resultados relativamente modestos en términos de mayor igualdad y de una más equitativa distribución de rentas. Y que en esos resultados haya influido más el crecimiento impresionante de los recursos globales, que el impacto duradero de la acción reivindicativa de los sindicatos y de la iniciativa legislativa de la izquierda. De hecho, incluso una gran conquista política y social como fue el Estado del bienestar ha estado más marcada, en Europa, por los nombres de un  conservador autoritario como el canciller Bismarck y de un liberal reformador como Lord Beveridge, que por el recuerdo de una gran lucha reivindicativa de los trabajadores destinada a conseguir ese objetivo. Y las normas por las que se rige el Estado del bienestar llevan aún la impronta de las dos personalidades citadas, y no la de los ideólogos del movimiento obrero.

Por otro lado, choca el hecho de que las conquistas más duraderas arrancadas a lo largo de un siglo de luchas obreras y de legislaciones sociales, antes y después del trágico fracaso de los regímenes del «socialismo real», se refieren a algo que la “vulgata” marxista consideraba medios, instrumentos (inevitablemente contingentes e incluso ocasionales), susceptibles de hacer más eficaz la lucha por la redistribución de los recursos y por la reducción de las desigualdades. Me refiero a los derechos fundamentales, individuales y colectivos; a la ampliación progresiva del ámbito de la ciudadanía. Con la circunstancia añadida de que tales derechos de ciudadanía se han detenido por lo general a las puertas del lugar «privado» donde se produce materialmente la prestación de trabajo de las personas contratadas al efecto.

La segunda paradoja para la “vulgata” marxista y socialista consiste en el hecho de que, una vez más, ha cambiado en la sociedad civil, antes incluso que en la esfera de la política (entendida esta como el ámbito de actuación de una categoría separada de personas, que ejercitan una profesión especializada sirviéndose de la maquinaria del Estado), el escenario económico y cultural que había presidido el siglo. El desarrollo de las fuerzas productivas ha cambiado el rumbo al que parecía predestinado, y lo ha hecho antes de «haber agotado todos sus efectos» (lo que contradice uno de los cánones fundamentales de cierta teoría marxista). El «progreso», en definitiva, está una vez más cambiando de curso, sin que por otra parte las «relaciones de producción» —no solo y no tanto las relaciones de propiedad sino, sobre todo, las relaciones de poder— hayan sufrido una transformación de igual importancia, en primer lugar en los lugares donde se producen bienes y servicios.

Resulta difícil (aunque muchos, sobre todo los «neopositivistas» de «derecha» y de «izquierda», lo intentan todavía) dejar de plantearse la pregunta siguiente: ¿cuáles son las raíces de estas paradojas? Y, ya de paso, ¿cuáles son las raíces de esta crisis errática del fordismo y del taylorismo? ¿Solo se debe a la aparición y la difusión de las «nuevas tecnologías» basadas en la informática y en los sistemas digitales de las comunicaciones, en la medida en que estas tecnologías facilitan y demandan una organización más flexible y menos fragmentada de las personas que trabajan? ¿No se deberá también —así lo asumimos nosotros— a una «compresión» y una desarticulación, insostenibles a la larga, del crecimiento cultural y civil de los recursos humanos y de las potencialidades creativas que todavía siguen inscritas en los genes de las fuerzas productivas cuyo desarrollo habría tenido que conducirnos a los umbrales del socialismo?

Pero si admitimos como cierta, aunque sea solo parcialmente, la segunda de las respuestas posibles, ¿no deberíamos entonces pensar que también antes, en años más lejanos, fueron posibles otras vías para la valorización del trabajo y de su papel creativo? ¿Acaso no se dieron, antes del inicio de la decadencia del sistema taylorista y fordista —esa gran «racionalización» del trabajo, de la sociedad y del Estado—posibilidades, descartadas y sin embargo siempre abiertas, de situar el trabajo concreto en todas sus formas (tanto la prestación del trabajo y los derechos de la persona en la prestación del trabajo, como las relaciones que se definen entre los hombres y las mujeres cuando organizan y dividen el trabajo) como una de las grandes cuestiones centrales de la polis, de la política y de la ciudad, entendida esta como el lugar sin límites donde se definen las relaciones que tutelan y vinculan a tantos seres diferentes que viven en comunidad?

Responder esta pregunta y explicar las causas profundas que han llevado a los movimientos reformadores de occidente a evitar plantearse ese interrogante, nos lleva inevitablemente a  tratar de entender las razones de la extraordinaria influencia hegemónica (sobre todo en el plano cultural, pero desde luego también con la ayuda del endurecimiento de las características opresivas de la relación de trabajo subordinado) que grandes revoluciones sociales, como lo han sido el taylorismo y el fordismo, han ejercido no solo en el mundo de la empresa, en las clases dominantes y en su personal político, sino también (y en un momento determinado de forma muy especial) en el movimiento socialista y en los movimientos sindicales de todos los países industrializados.

Ha sido una gran «revolución pasiva», según término acuñado por Gramsci, y sin duda ha tenido como objetivo fundamental las clases sociales subalternas, pero ha encontrado además sus «pífanos» y sus apologetas en numerosos intelectuales que en diversos momentos ligaron sus destinos y sus suertes a la «misión histórica» de la clase obrera.

En la pista de esos interrogantes investigaremos, precisamente a través de Gramsci —que representó sin duda, por lo menos en Italia, el testimonio más elevado, más complejo y más sufrido y consciente de esa «revolución pasiva»—, alguna explicación posible (que será, ciertamente, “a toro pasado”) de otra paradoja aun, la tercera que provoca esta investigación: la representada por el hecho de que una revolución social y cultural madurada por «intelectuales del capital» en el corazón de la sociedad civil («desde abajo» se decía entonces), como fue el taylorismo, vino a marcar el tránsito, ante todo en la cultura del movimiento socialista, hacia un redescubrimiento del papel taumatúrgico del Estado, como fuente de legitimación de la organización de la sociedad, y como «motor» de la historia. Y, finalmente, el tránsito al redescubrimiento de la «política en el Estado», como momento creador de la misma sociedad civil.



sábado, 27 de junio de 2015

SOPLONES DE ALTO COPETE EN BARCELONA


«El escritor y enigmista Màrius Serra estaba sentado el otro día en una terraza de la Rambla, y escuchó casualmente cómo otro escritor, Ferran Toutain, hablaba en la mesa vecina con una editora, en contra de la independencia. Serra se hizo un selfie en el que aparece al fondo la pareja que conversa, y tuiteó las opiniones expresadas por Toutain, la foto y algún comentario de condena de las posiciones “anticatalanas”». La noticia nos la da Paco Rodríguez de Lecea con otros adobos más en   OTRA CATALUÑA.


Pasado un ratico alguien debió decirle a ese fifiriche que justificara su selfi o algo por el estilo. Y como es normal en estos casos, el asunto se cierra pidiendo perdón. Algo que ya es irritantemente reiterativo.

Alguien podrá justificar la actitud de ese Serra como la consecuencia de un acto espasmódico, irreprimible de poner en circulación lo que ve y oye a su alrededor. Sin embargo, mucho me temo, que este selfi no es otra cosa que la denuncia y la advertencia de que un tal Ferran Toutain «no es de los nuestros». Y, siguiendo la peculiar doctrina Romeva, «no es un demócrata».


¿Qué les lleva a Serra y Romeva a ser dos soplones? ¿Acabarán esos acusicas formando un somatén? ¿Acabará siendo legal esta actitud de los acusadores populares?   

viernes, 26 de junio de 2015

Podemos e Izquierda Unida

Pablo Iglesias el Joven ha vuelto a decir que no a Izquierda Unida. Esta vez ha sido de forma taxativamente áspera. Sin la más mínima cortesía. La respuesta es indudablemente definitiva.

La formación de Cayo Lara se caracteriza por la búsqueda de alianzas y de entendimiento con las fuerzas políticas que cree le son más cercanas.  Hasta tal punto se ha distinguido que apostó por Alberto Garzón como líder social y cabeza de cartel de las próximas elecciones generales en tanto que  elemento de relación con las organizaciones emergentes. Sin embargo, hay que convenir con realismo que ni IU ni Garzón han conseguido sus objetivos. De ahí que si IU continúa rondando a Podemos corre el peligro de ser vista como una orden mendicante. Debe apechugar, pues, con la rotunda negativa de Pablo Iglesias y prepararse sin más dilación a concurrir casi en solitario. Y llamando a la ciudadanía para que esta le evite el naufragio.

Alberto Garzón ha afirmado que «no está en entredicho que IU tenga grupo parlamentario en las próximas elecciones». Mejor que sea así, por supuesto. Pero, tal vez, no ha tenido en cuenta que en las próximas Cortes es posible que no puedan disponer de los parlamentarios de ICV –EUiA.  Precisamente mientras Pablo Iglesias iba acumulando negativas a IU estaba en negociaciones con Iniciativa, sin ir más lejos esta noche pasada. Este es un cuadro que puede llevar a IU a una situación todavía más difícil, aunque –todo sea dicho--  puede ser una tabla de salvación para Iniciativa.

Conclusión: Izquierda Unida no debería perder el tiempo. Y, si me apuran, deberían tomar una urgente decisión: dejar sin efecto la sanción colectiva a la Federación madrileña y su militancia.  Porque seguir existiendo bien vale una misa.



martes, 23 de junio de 2015

Demócratas y antidemócratas en Cataluña

Raül Romeva, ex europarlamentario, ha afirmado que «el país ya está dividido entre los que están por la democracia y los que no» (1).  Primera consideración: habló este Romeva, punto redondo, que sería la versión castiza de un viejo apotegma: Roma locuta causa finita.

Un servidor ya estaba acostumbrado a que en ciertos bazares se expendieran carnets de buenos y malos catalanes; que en determinados camaranchones se revendieran diplomas de patriotas y anti patriotas. Ahora, tal vez por cosas de la competencia, ha aparecido un nuevo concesionario de títulos: los que son demócratas y los que no lo son. Son demócratas quienes están por la independencia de Cataluña; no lo son quienes no lo están. Esta nueva expendeduría está dirigida por este ex europarlamentario. Que se ha atribuido una legitimación particular para decidir quiénes son una cosa y quiénes su contraria.

Esto puede contemplarse en claves diversas: o bien es cosa de un botarate o bien es la expresión de un sectarismo acumulado desde tiempos antiguos. O tal vez se trata de un desesperado intento de desmarcarse de su antigua formación política. Sean unas u otras las razones, todo indica un chocante y enfermizo modo de pensar. Ahí quedaría la cosa sin más problema si no fuera porque esos diversos concesionarios de titularidades están generando conscientemente un clima inédito en Cataluña, unas nuevas «guerras de barretinas».

Me importa una higa que se me considere buen o mal catalán, y todavía me importa menos que ciertos hijos de papá crean que soy un antipatriota. Más aún, viniendo de quien viene me es irrelevante que me considere que no soy demócrata. Pero, a buen seguro, estoy convencido que no pocos amigos y conocidos de mi cofradía democrática se han sentido vilipendiados por ese caballerete. A ellos les digo: no se lo tomen en serio, este Romeva tiene que hacer méritos. Y, como todos los viejos marranos, necesita eructar para dar la impresión de que come cerdo.




lunes, 22 de junio de 2015

Grecia y las izquierdas parroquianas españolas

Las izquierdas españolas, también las llamadas de nueva estampa, están atrapadas en el interminable paisaje electoral. Yo no tendría el atrevimiento de afirmar que están distraídas, pero sí un tantico al margen de los acontecimientos griegos. Mientras tanto, en Roma, París, Londres y otras capitales de fuste europeo llevan un proceso de movilización en solidaridad con el pueblo y el gobierno griego y explícitamente contrario a los zarracatines de la troika. Son movilizaciones populares en exigencia de una solución razonable y justa para el pueblo griego. Han entendido que no hay tiempo que perder porque se acerca el vencimiento, concretamente a final de mes. Si no hay una solución la cosa para los griegos tiene muy mala pinta. Mientras tanto, nosotros estamos aquí rutinariamente lanzándonos dardos a destajo: «con esos no vamos a las elecciones, porque somos el palo del pajar, alrededor del cual se acuesta el grano y la paja», «nosotros somos el cambio seguro, los otros nos llevan a la incertidumbre», se achacan los unos a los otros. Así están esas órdenes mendicantes, mientras en Grecia sobrevuelan grajos y otras alimañas.

Si no hay una salida razonable y no humillante para Grecia la cosa tiene muy mala pinta. Y su gobierno, queriendo o sin querer, se echará en brazos de quien le ofrezca coyunturalmente un cierto respiro, aunque ello provoque estupor en Europa: Primum vivere. Mientras tanto la diplomacia española –Margallo luciendo posturas, De Guindos chicoleando por las covachuelas buscando apoyos para presidir el Eurogrupo— atizando el fuego de la leña contra los griegos. Cosa que podría incrementarse si las izquierdas siguen en sus laberintos parroquianos. Sí, olvidando que si Grecia sucumbe las izquierdas serán objeto de mayores ataques de las derechas económicas y sus franquicias políticas. «¿Veís lo que les pasa a esos destripaterrones de los griegos que no saben hacer la o con un canuto? ¿Veís a esos que no tienen un Bussines plan que echarse a la boca? No voten en España a quienes son las hijuelas de los griegos». Y nosotros responderemos a golpe de propaganda, aunque precarios en política solidaria con los griegos.

Dispensen la metáfora, tal vez heterodoxa: el acto electoral más útil ahora –ahora mismo, se entiende--  es la movilización de masas (de masas, no de cuatro y el cabo) en solidaridad con los griegos y su gobierno. Frente a eso, permítanme el desahogo, incluso la ruptura entre Convergencia y Unió son aguas menores.


Por último, alzo desesperadamente la voz y grito a las izquierdas: «Oigan, no jodan la marrana». 

viernes, 19 de junio de 2015

Un aviso a las nuevas autoridades

El presidente de la CEOE es una persona temerariamente facunda. Habla por los cuatro costados como aquel personaje del teatro que «en todas partes dejó memoria amarga de mí», quiero decir de él. 

El bueno de Joan Rosell se ha unido a la zahúrda de quienes están arremetiendo contra aquellas fuerzas que presiden las instituciones –locales y autonómicas— tras las recientes elecciones. Tampoco ha tenido el detalle de la cortesía de los cien días de gracia. Por lo que debería entenderse así: los primeros cien días hay que practicarlos cuando gobierna su particular parentela. Primera consideración: tome bicarbonato el caballero cuando tenga ardores de estómago y actúe de manera pragmática.

Lo más sorprendente ha sido que en su paroleo ha criticado a los nuevos inquilinos de no tener un Business plan. Que, dicho en román paladino, no es otra cosa que un Plan de Negocios. Algunos dirán que sobran los comentarios. De ninguna manera. Hay que hablar de ello.

El dirigente empresarial concibe las instituciones democráticas como hijuelas de la economía, de manera que está proponiendo la técnica de cierto antepasado suyo en el cargo y de otros colegas que establecieron provechosos business plan, de compadreo económico, con los dirigentes políticos. No importa que algunos de ellos estén ahora en la cangrí o imputados o señalados públicamente. La culpa no es de ellos sino de ciertos jueces picajosos que no entienden la subalternidad de la política hacia el plan de negocios.

Y, en realidad, lo que no entiende Joan Rosell es que el cambio operado en ciertos ayuntamientos y comunidades autónomas es, también, el resultado de un hartazgo indigesto de tanto business plan de tierra quemada, excepto para unos pocos. Muy concretamente a ese 40 por ciento de nuevos ricachones que ha crecido en estos tiempos de aguda y exasperante crisis. Así pues, no se trata del uso de un lenguaje pijo –business plan— sino de un concepto hondamente asimilado por este caballero y sus parciales. Es, además, un lenguaje que expresa el temor de que –dispensen el lenguaje barriobajero— se les haya acabado el mamoneo.


Cosas veremos: incluso que las mesnadas de Rosell y sus franquicias diversas azucen a quienes se impacienten porque todavía no se les ha resuelto lo suyo: aquello que estropearon al máximo los business plan.    

jueves, 18 de junio de 2015

Cataluña o la guerra de las barretinas



Ya lo saben ustedes: el viejo matrimonio se ha roto. En todo caso, falta el formalismo de que Artur Mas devuelva el rosario de la madre de Duran i Lleida. La pareja se ha roto formalmente por arriba que es como acostumbran a partirse las formaciones políticas. Digo formalmente porque desde hace lustros las costuras renqueaban por arriba, por abajo y por en medio. Se ha roto porque este matrimonio de conveniencia –a saber, Convergencia i Unió--  nunca tuvo un proyecto: era el resultado de un zurcido de retales diversos que, gradualmente, se fueron haciendo antagónicos. Primera consideración: las dos principales fuerzas políticas del panorama catalán (CiU y los socialistas) hace tiempo que entraron en una convulsión espasmódica.

La crisis de CiU es un dato importante. Pero hay algo que tiene todavía más envergadura: la crisis del sistema de partidos de Cataluña que ha venido aumentando tras la puesta en marcha del famoso procés  hacia la independencia que en apariencia lidera Artur Mas. Que ha llevado a Cataluña a un tremendo descosido social y político. La mayoría de las fuerzas políticas han entrado en crisis: unas, abruptamente; otras, por goteo; y el resto en estado de latencia. Y en lo atinente a un proyecto de país cada una por su lado y, cual nueva guerra de barretinas, todos contra todos. Entre paréntesis: ciertos abrazos del oso no dejan de ser chicoleos para simular una inexistente unidad.

Segunda consideración: Artur Mas ha fracasado estrepitosamente. Porque hoy Cataluña está desjarretada en su propio seno y sin ninguna influencia en el resto de España.  Ha perdido cohesión social e influencia más allá del Ebro. El gran argumento es la sistemática agresión desde Madrit. Pero, desde Giuseppe Di Vittorio sabemos que nuestro tanto por ciento de responsabilidad en las cosas (el genuinamente propio)  se convierte en nuestro cien por cien.


En definitiva, todo esto sucede cuando no se hace política sino propaganda.  De manera que no estamos, a mi entender, ante un equilibrio inestable sino ante un desequilibrio estable.   

martes, 16 de junio de 2015

Nuevos ayuntamientos, sindicatos y movimientos sociales



Años después de las primeras elecciones municipales en democracia volví a Santa Fe, capital de la Vega de Granada. No daba crédito a mis ojos: limpia como los chorros del oro, sus placetas llenas de flores, todo un cambio espectacular. Voces amigas me dijeron: «Es cosa del ayuntamiento de la democracia». Así fue, en efecto, en la ciudad de los Cuatro Arcos y en un sin fin de lugares. Los primeros ayuntamientos dignificaron sus ciudades y les dieron un toque de modernidad que hacía tiempo estaban necesitando: pasaron del gris al technicolor. Después, vino lo que vino, y no pocas cosas se torcieron en demasía.

Nuevos sujetos colectivos han irrumpido, tras las recientes elecciones, en los ayuntamientos junto a las izquierdas tradicionales. Mi primer deseo: bon vent i barca nova, como dicen los pescadores catalanes. Lo primero: limpiar la pocilga. Tras lo cual cabe la posibilidad de abrir un nuevo itinerario en las ciudades corrigiendo los desperfectos de los últimos años. Y proyectando una amplia reforma del territorio, recabando el protagonismo, activo e inteligente, de los movimientos sociales. Mi segundo deseo: no repitan las fuerzas que han protagonizado los cambios el error caballuno de aquellos tiempos que se caracterizaron por el ninguneo de los movimientos vecinales. Ni que éstos pierdan su autonomía y voz constructivamente propositiva. El asociacionismo fuerte en todos los sentidos es –o puede ser--  una garantía más del necesario éxito de los nuevos ayuntamientos.  Por supuesto, también el sindicalismo en el territorio.

Acierta Antonio Baylos cuando habla [de la necesidad] del «cambio cultural que conduce a una nueva concepción del espacio urbano, pero también del tiempo en este mismo espacio, flexibilizándolo y adaptando su uso a las necesidades personales y cambiantes de diferentes estratos y grupos sociales». Se  trata de un proyecto de gran enjundia que ya no es unas reformas cuantitativas como lo fueron las realizadas en el primer ciclo de los ayuntamientos democráticos sino cualitativa. Ahí es nada esa nueva concepción del espacio urbano. Los consistorios si no están capilarmente conectados con los movimientos sociales no podrán llevarla a cabo. Parece, pues, de cajón que sea preciso una alianza ciudadana del omnia sunt comunia. Se trataría de una alianza que pusiera en marcha un gran trabajo de mediación reconstruyendo pacientemente los hilos de una comunicación entre la esfera social en todas sus diversidades y su insuprimible pluralismo y la esfera institucional.

El sindicalismo, en tanto que sujeto urbano, deberá también decir la suya. Entre otras cosas, porque en el territorio se defiende (y puede ampliarse) el poder adquisitivo de los salarios que se consiguen en sede federativa. Y puede hacerlo porque ha acumulado ciertas experiencias de contractualidad en el territorio. Sería conveniente un análisis crítico de los acuerdos que alcanzó hasta mediados de la primera década. De un lado, con realizaciones en políticas de vivienda; de otro lado, con planes territoriales. De una parte, con logros muy positivos; de otra parte, con acuerdos donde los contenidos eran ni fu ni fa, auténticos perifollos fruto de un pactismo banal. Pero que, en gran medida, todo ello implicó al sindicalismo en la cuestión territorial y le dotó de experiencias.  

El sindicalismo –lo decíamos ayer--  puede ser un sujeto que proponga un cacho muy notable de esa nueva relación del espacio / tiempo urbano (1). Una relación más amable y útil, más racional y eficiente entre los horarios de trabajo y los tiempos de vida puede hacer más vivible y habitable la ciudad.  Sería, por otra parte, una plasmación de que el sindicalismo, como sujeto reformador, cumple con sus funciones al tiempo que renueva su personalidad.    

A todos: bon vent i barca nova.

(1)                            http://lopezbulla.blogspot.com.es/2015/06/quien-teme-la-participacion-propuestas.html


lunes, 15 de junio de 2015

¿Quién teme a la participación? Propuestas concretas

Una de las novedades que, de un tiempo a esta parte, han aparecido en el panorama político y social es el estímulo y el deseo de que la ciudadanía participe. Iniciaremos este ejercicio de redacción aclarando que el hecho participativo no es una técnica contingente sino algo consubstancial a una democracia de nueva estampa. No estamos hablando de participar como un acto de plebiscito sino como elemento enriquecedor que es capaz de protagonizar iniciativas y proyectos. La participación, en fin, es la materialización de saberes y conocimientos en torno a un proyecto y un trayecto concretos. Debe verse, pues, como una profunda interferencia contra el monopolio del ejercicio del poder en todas sus manifestaciones.

Sé de lo que hablo, y ustedes dispensen tan rotunda expresión: no hubiera sido posible el nacimiento y los primeros andares de Comisiones Obreras si no hubiera habido un potente movimiento participativo en los centros de trabajo y estudio en condiciones mucho más difíciles que las actuales. Quienes en la actualidad preconizan la virtud de la participación no pueden ignorar aquel antecedente. Ahora bien, entiendo que es preciso llamar la atención sobre determinados aspectos para, precisamente, darle mayor eficacia a los hechos participativos que se reclaman.

1) La participación no anula el necesario papel de los grupos dirigentes. Corresponde a estos la propuesta y, tras el debate, la síntesis de las diversas posiciones que se han manifestado. Una síntesis que debe recoger, como mínimo, lo mayoritario y las zonas de razón, no contradictorias con la mayoría, que han expresado los sectores minoritarios. Una síntesis, en definitiva, que fuera capaz de de hacer compatible cada propuesta, porque un proyecto no es un zurcido.

Una de las sorpresas que me he llevado en los últimos tiempos ha sido percibir que algunos entienden la participación como dar la palabra a los demás obviando la responsabilidad de quien dirige o coordina el hecho participativo. Eso es  pura desrresponsabilización y, hablando en plata, quitarse de en medio ya sea por cobardía u otras excusas. 

2) La participación debe tener unas reglas escritas, obligatorias y obligantes. Muy en especial el derecho de los participantes a tener información veraz, y sin truculencias, de aquello que se somete a discusión. Porque la participación no es una oclocracia gelatinosa, deben establecerse quórums y ciertas reglas para el debate, muy especialmente la veracidad de la información que se lleva al hecho participativo. No vale que cuatro y el cabo, reunidos en una fantasmagórica asamblea, decidan en nombre de una multitud. Y tampoco vale que unos cuantos monopolicen el micrófono y a ese acto se le llame asamblea y participación.

3.-- Séame permitida una última consideración. Si convenimos que la participación no es algo contingente –o, peor aún, de quita y pon— estimo de gran interés que se ponga en marcha una amplia discusión para vincular los horarios de trabajo y los tiempos de vida con los hechos participativos. En concreto se trata de una reordenación de los horarios en el territorio en función de las características de éste. Esta es una tarea que debería incumbir no sólo a los sindicatos y organizaciones patronales sino también a la sociedad civil organizada. Enlazando todo ello con la participación.


Que podría abordarse por algunos nuevos consistorios municipales recientemente elegidos. No basta con reclamar la participación, hay que organizar, preparar y desarrollar las condiciones concretas que la hagan posible.

  

domingo, 14 de junio de 2015

Felipe González versus Pedro Sánchez

El dato parece incontrovertible: la política de alianzas de Pedro Sánchez no es la misma que la de Felipe González. Esta diferencia no insustancial se ha puesto de manifiesto en la formación de gobiernos locales tras los resultados de las elecciones recientemente celebradas. El PSOE ha pactado con los «monaguillos», a pesar de la observación que hizo Felipe González dos días antes de la hora de la verdad.
Voces habrá que intenten minusvalorar la postura de Pedro Sánchez, y tal vez hablen de oscuras intenciones. Pero en política los análisis se hacen sobre los hechos concretos, no sobre especulaciones. Y los hechos concretos, además, indican que esa política de alianzas se ha basado, especialmente, en unos pactos cuyos contenidos concretos han sido valorados como aceptables por los «monaguillos», porque en caso contrario no se hubieran alcanzado tales consensos. Convengamos, pues, que Pedro Sánchez ha interpretado ese «virus del cambio», de un lado: y, de otro lado, no ha querido estar al margen de sus consecuencias.  Por cierto, ayer pudimos ver la primera edición del mentado virus con la alegría desbordante de muchas personas en las plazas de las principales ciudades que han traído nuevos aires.

Ya iremos viendo qué influencia –sobre todo qué contagios--  tendrá todo ello en el PSOE. Por ejemplo, de qué manera se darán unas u otras novedades tras la aproximada aplicación del Programa suscrito en el Pais Valencià..   Es de cajón que si ese texto no tuviera un contenido adecuado no hubiera sido firmado.  De manera que, en la parte que le toca a los socialistas valencianos, el Pacte del Jardí Botànic tendrá una determinada influencia no sólo en los socialistas valencianos sino en todo el PSOE. Lo que vale por extensión al resto de los acuerdos. Así pues, podemos convenir pacíficamente que es positivo para la ciudadanía, para todos los que han estampado su firma y, también, para el PSOE.

Así las cosas, entiendo que el PSOE opta por una aproximación al virus del cambio, y Padro Sánchez le ha ganado el pulso al planteamiento de algunos viejos galápagos –«los viejos galápagos nunca mueren», escribió hace tiempo Manuel Vázquez Montalbán--   que nunca explicitaron su opción con claridad, al menos públicamente.

Rectifico: Pedro Sánchez ha ganado el primer asalto a Felipe González. Pero González es muy testarudo y, como es sabido, nunca tira la toalla. A buen seguro se reserva más munición para los próximos meses.  Sus argumentos, lo iremos, viendo serán principalmente lo que él entiende como «razones de Estado». En todo caso, tengo la sospecha de que teme un determinado contagio hacia los partidos socialistas europeos. Porque lo que no se ha dicho hasta ahora es que España puede ser un laboratorio  para Europa. Con el peligro de que los monaguillos se extiendan por doquier.


Pero no sólo Felipe González teme esos contagios. De manera que Pedro Sánchez y el grupo dirigente del PSOE estarán sometidos, todavía con más presión, a una durísima campaña que irá desde el Partido Apostólico (que tiene mala bebida y peor perder) hasta todos los poderes fácticos. De ahí que las fuerzas que están a la izquierda del PSOE deben tomar buena nota de estas novedades. Y sacar las consecuencias oportunas para que haya más izquierda en nuestro país.   

miércoles, 10 de junio de 2015

Observaciones de una joven sobre el sindicato



Homenaje a la familia Puig - Ortega.



Nota. Gemma Puig nos escribe desde Macao un enjundioso discurso sobre el sindicato. Con este artículo abrimos una serie para que los jóvenes opinen sobre el particular partiendo de su propia experiencia.


Escribe Gemma Puig i Ortega

Cada vez que explico que mis padres eran sindicalistas y que, en concreto mi padre trabajaba en CC.OO (era uno de los dirigentes del sindicato en el Maresme), la gente de mi entorno me mira raro o por lo menos con cierto escepticismo.  

La desafección actual a la política se extiende también al mundo sindical aunque también personalmente creo que el sindicato tiene parte de culpa de esa desafección.

He vivido muy de cerca el movimiento sindical desde niña y recuerdo que mis padres me llevaban a manifestaciones verdaderamente multitudinarias. Existía el sentimiento de unidad y orgullo de pertenecer o simpatizar con el sindicato y se percibía como un servicio de ayuda al trabajador.

Ahora, durante mi experiencia laboral he visto el cambio radical de la percepción que se tiene de los sindicatos, también hay que tener en cuenta que me he dedicado al mundo de la hotelería, principalmente en hoteles de lujo donde existe cierto esnobismo. Durante estos años he visto como entre los mismos compañeros se decía: mira, este se ha presentado al sindicato para no dar palo al agua. O por ejemplo: Claro, este con el rollo de las horas sindicales no da ni golpe y nosotros aquí haciendo mil horas.

Desde la liberación del mercado laboral y posteriormente con la crisis económica los sindicatos lo han tenido bastante más difícil para defender los derechos laborales de los trabajadores, además algunas actitudes de los integrantes de los sindicatos acompañado de los de sobra conocidos escándalos de corrupción no han ayudado a acercar a más trabajadores a sus organizaciones, pero se está estableciendo en la sociedad un sentimiento de resignación que me parece peligroso: tener un trabajo que te obligue a trabajar 12 horas al día, para el que estás sobre-cualificado, cobrando el sueldo mínimo y por supuesto ni sonar en cobrar una sola hora extra nos parece un regalo y nos callamos y tenemos que estar contentos.

Recuerdo cuando mi abuelo, ferroviario de profesión, de izquierdas y muy luchador, veía que yo trabajaba en un hotel de Barcelona y hacia jornadas interminables en el departamento de convenciones cobrando un sueldo algo más de mileurista y me decía: «Niña. y a ti todas esas horas extras te las pagan, no?». Y yo le decía: «No, yayo, eso es parte de mi trabajo, estoy llevando un evento muy grande y tengo que estar allí». Y él me replicaba: «Pero, a ver, niña, tú contrato de cuantas horas es?» Y yo nunca me queje, nunca fui al sindicato a preguntar si tenía derecho a una compensación por el trabajo extra; ni yo, ni la mayoría de mis compañeros. Ese peligroso sentimiento de resignación también me llegó a mí y no me siento especialmente orgullosa de ello.

Mi madre trabajaba de administrativa en una empresa textil y en los 80, durante la crisis del textil luchó junto a sus compañeras para no quedarse en la calle sin nada, llegaron a encerrarse en la fábrica y a vender lo que había dentro para poder cobrar lo que la empresa les debía, recuerdo pasar las tardes dentro de la fábrica jugando con los ovillos  y las telas mientras mi madre luchaba por sus derechos.

Mi padre trabajaba en CC.OO y en aquellos años llegaban los primeros subsaharianos a Mataró, trabajaban en la agricultura y muchos de ellos en condiciones verdaderamente pésimas. Un día mi padre llegó a casa con Aji, un chico gambiano que el agricultor tenía casi desnutrido y durmiendo en el cobertizo donde guardaba las herramientas. Mi padre lo trajo a casa mientras encontraba una solución para él negociando con el agricultor.

Aji llegó a casa y mi padre lo sentó en la mesa a comer con nosotros y mientras le enseñaba que aquí todos somos iguales, todos tenemos los mismos derechos y que todos debemos reclamarlos, también se lo estaba enseñando a su propia hija, yo, una niña sentada en la mesa a la que aún no le tocaban los pies al suelo.

Estas circunstancias se siguen dando quizás de otro modo pero los derechos de los trabajadores se siguen pisando. Si seguimos con ese peligroso sentimiento de resignación acompañado por la desafección a la política y por extensión a los sindicatos (insisto, sin falta de culpa por parte de esas organizaciones) llegaremos a un punto de difícil retorno en el que no nos queremos ver como sociedad cada vez más desigualitaria e insolidaria.

Radio Parapanda.-- De la misma autora véase http://lopezbulla.blogspot.com.es/2015/01/la-pornografia-del-capitalismo.html, La pornografía del capitalismo

domingo, 7 de junio de 2015

Pedro y Susana. Pedro y Pablo




Dos notas reservadas para mi diario


1.-- El rey Pedro no se lleva bien con Susana, la señora banal. Oído cocina: en esta ocasión la palabra «banal» no tiene una connotación despectiva, se trata de aquel sistema feudal de señoríos, el poder banal o poder de ordenar, constreñir, castigar. Y como en aquellos tiempos es natural que haya escaramuzas entre el rey y la señora banal. Ahora la escaramuza es más bien que no hay escaramuza; ni siquiera se hablan, me dicen voces cercanas a ambas personalidades. Ni siquiera una palabra de Pedro ante el asunto del empantanamiento de la formación del gobierno andaluz, un asunto que ya huele en demasía. Salvando las diferencias, que son muchas, tal vez así empezó la escaramuza entre el rey Mariano y Esperanza, la (todavía) señora banal de Madrid.

La pregunta que me hago, así íntimamente, es si Susana tiene fuertes agarraderas de antiguos reyes destronados en su pugna sorda con el rey Pedro. ¿Sobre qué? Tal vez sobre lo que, en mi tiempos llamábamos política de alianzas. Si fuera así, estaríamos ante un problema de proporciones no irrelevantes. Porque de ahí arrancarían programas y programas de gobierno, y de dicha política de alianzas tendrían tanto Pedro como Susana algo que les preocupa sobremanera: la imagen, la estética.  


2.—  Pedro y Pablo han cenado juntos. Se vieron con más sigilo que el debido y hasta la presente sólo sabemos cuatro quisicosas que contrastan con la importancia de los acontecimientos cotidianos que estamos viviendo.

Sabemos por Pablo que Pedro cenó tortilla a la francesa y que él mismo, Pablo, cenó pescado. Y que ambos compartieron unitariamente una ensalada. Sin embargo, tan esquemática información nos deja en el aire dos cosas: ni siquiera se nos dice si el pescado era al horno o frito; tampoco si hubo agua y vino, o sólo agua o sólo vino. No empezamos adecuadamente. Pues bien, en la intimidad de este diario personal saco dos conclusiones tal vez apresuradas. Una: Pedro jugó en su terreno, en el del sigilo; Pablo lo hizo en terreno contrario de lo que ha afirmado hasta esa cena, a saber, luz y taquígrafos para todo.

De donde colijo que se está operando en Podemos –al menos en Pablo--  un movimiento hacia la vieja normalidad, al sigilo, a la agenda reservada. Se trata de un movimiento al que todavía no se le ha prestado la atención debida: la palabra «casta» lleva algunas semanas archivada en la alacena de Pablo. Y las decisiones que se toman ya no alcanzan el baño democrático prometido sino el viejo realismo de la denostada vieja política.

Querido diario: me viene a la memoria los primeros andares de los Verdes alemanes. Baño democrático cuando no iban al barbero; cuando empezaron a tocar pelo –o vieron las posibilidades ciertas de ello--  la nave verde puso rumbo al puerto de la criticada normalidad. Y a  Joschka Fischer lo hicimos ministro.



sábado, 6 de junio de 2015

El PP, foco de inestabilidad

Homenaje a Josep M. Rovira-Brull, autor de ese cuadro: Mataró, 1º de Mayo de 1976


«Donde no hay harina todo es mohína», señala el viejo refrán campesino. Un dicho que, en todo caso, se ha quedado corto en el estado de ánimo de los dirigentes, a todos los niveles, del Partido Popular. Se diría que, más bien, lo que hay es un estado de furia incontinente hacia quienes se disponen, con todas las de la ley, a desalojarle del uso que han hecho del poder político y de su conchabeo con el negocio de la pringue.

El Partido Popular ha perdido la oportunidad de hacer un gesto de impostada afectación calderoniana. Por ejemplo, decir que «el caer no ha de quitar la gloria de haber subido». Lo que hubiera sido un agradecimiento a sus votantes de tiempos pasados y el reconocimiento de su derrota. ¿Derrota? Cierto, y en buena lid. No ignoramos que ha sido el primer partido en las recientes elecciones, pero –como quiera que se juzgaban sus políticas--  entendemos que la mayoría de los ciudadanos, aunque en diversas formaciones y coaliciones, ha censurado sin paliativos todo aquello que ha tocado el Partido Popular. En concreto, las amistades de este partido son claramente inferiores a sus detractores. Por otra parte, quienes esperaban dentro de sus filas una exculpación del gravísimo problema de la corrupción se han quedado a dos velas. El reproche social también les ha enviado a la oposición. De ahí que ni siquiera puedan acogerse al elegante verso de don Pedro Calderón de la Barca.

Cosas veremos en adelante. Sobre todo cuando se produzcan los desalojos de los llamados populares, cuando vean realmente que los bastones de mando pasan de unas a otras manos. Entonces, la «mohína» llegará al paroxismo: de un lado, se procederá a una zahúrda interna de proporciones caballunas; de otro lado, provocarán un proceso de bronca contra los nuevos inquilinos. Lo que hemos visto hasta ahora no es más que un aperitivo de lo que puede suceder.

Bronca interna, porque si bien Mariano es el principal responsable de esta derrota anunciada, nadie querrá asumir su parte de responsabilidad local y autonómica. Bronca hacia fuera porque, como aquella Marta Ferrusola, han asumido hasta las entretelas que les han robado la cartera, quiero decir, el sillón. Y comoquiera que no parece haber recambio en la cúspide –no vemos que hasta la presente alguien presente maneras--  no parece que todo ello tenga buena cara. Así pues, cabe la hipótesis de que se abra un proceso de inestabilidad en el país.


¿Cómo afrontar esta situación? Ciertamente, doctores tienen las respectivas iglesias municipales y autonómicas. Pero, no está de más recordar algunas cosas que, a buen seguro, están en la mente de los nuevos inquilinos de las instituciones: a) fortalezcan el vínculo con los ciudadanos, b) ganen más consenso de masas, porque lo conseguido es todavía claramente insuficiente. Dos consejos que se traducen en 1) limpiar la pocilga, 2) afrontar las patologías sociales, y 3) hacer del territorio un lugar donde vivir mejor.   

jueves, 4 de junio de 2015

¿Qué tienen algunos contra Ada Colau?



Escribe Lluis Casas

He resistido heroicamente hacer comentarios sobre las elecciones pasadas, cosa que también intenté para el periodo anterior. Ni en un caso, ni en otro lo he logrado, reconozco la derrota: he aquí algún comentario post, que probablemente les suenen a conocido, sobre todo después de la serie de comentarios del Boss de Parapanda, todos ellos acertados  y bien expresados.

Empiezo el relato con unas afirmaciones de carácter muy general: no pensaba que las elecciones locales y autonómicas acabaran con el bipartidismo y con las formas históricas que los dos grandes partidos del Estado han aplicado durante décadas. Añado al margen, que tampoco pensaba que el tsunami de la corrupción hiciera un agujero suficientemente profundo bajo la línea de flotación del PP (principalmente) y en otros partidos también afectados en diversa y espectacular medida (CIU, PSOE) para su hundimiento con cierta rapidez. Esa forma de pensar se basaba en el complejo político, económico y mediático que ha ido acompañando el bipartidismo durante tanto tiempo, creando un verdadero “para estado” que junto a la falta de reforma de la justicia y otros pequeños detalles crean algo más que un muro de Berlín frente al cambio necesario. No olvido la falta de coherencia y capacidad de las alternativas existentes para edificar piedra a piedra las necesarias bases sociales, culturales y organizativas que fuesen capaces de animar, aglutinar y finalmente enfrentar tal situación de grave afectación democrática. Tampoco dejo en el tintero que algunos lo han intentado con más o menos suerte y acierto, pero que hasta el momento previo al mes de Mayo pasado no parecían capaces de hacer el duro trabajo previsto.

Todo ello generó en movimientos auto convocados de muy distinta tipología y de nombres variados e incluso poéticos. Al englobarlos en aquello nominado como 15 M hacemos una simplificación excesiva, pero vale para entendernos. De ello surgió, con otras muchas y diversas oportunidades un Podemos y posteriormente las Mareas, los Guanyem y otros que dieron en obtener un resultado electoral no definitivo, ni mucho menos, pero sí de entusiasmo sin par durante muchos años.

Hoy, en pleno proceso de constitución de los nuevos ayuntamientos y gobiernos autónomos, vemos (algunos con perplejidad, otros con experiencia distanciadora) como lo que en primera instancia parecía una buena patada en el culo de la derechona estatal o autonómica, se torna en una complejísima situación en donde el resultado no va a ser probablemente ni tan claro, ni con las mismas características de lo que la noche electoral parecía.

Las posibles alianzas que lentamente se ponen sobre la mesa van desde compañeros de cama imposibles de imaginar desde la racionalidad a minorías dejadas de la mano de dios por cuestiones de oportunismo derechista o izquierdista. Que doña Ada Colau no tenga desde el primer minuto el apoyo de la CUP y finalmente la cosa quede con una CUP en la oposición, sin asumir más riesgo que el sentarse en la poltrona, me parece de una ilustración de lo dicho ya hace muchos años por autores que sí se mojaron y bien mojado.

Que en Barcelona, la obtención de un gobierno municipal relativamente sólido y dedicado principalmente a revocar la sociedad dual, en la medida que un gobierno local pueda hacerlo, se entorpezca por objetivos referidos a una independencia que todo lo soluciona retorciendo todo lo demás, es un fraude no solo político.

La lista de evidencias de la ruptura lenta e inexorable del aparente resultado electoral en base a disquisiciones tácticas y momentáneas no es más que el reflejo que en este país, el grande y el pequeño, no hay grandeza política, no hay pensamiento sólido y nadie recuerda lo que dijo Gramsci desde la cárcel.

No tan poco a poco, el mundo del pacto y de la constitución de gobiernos se está convirtiendo en una olla de grillos, según una acertada definición que les pongo : “Dígase a un conjunto de información cruzada entre varias personas que interfieren una a otra, están en choque, sin prioridad y sin solución, su trasmisión va gradualmente distorsionada, la información inicial se altera por parte del primer emisor y así sucesivamente de persona en persona hasta llegar a una situación totalmente distinta al original”.

O así me lo parece, en expresión de un articulista fallecido hace mucho.

Lluís Casas, desde el balcón.


miércoles, 3 de junio de 2015

Hechos y no palabras: a propósito de la regeneración democrática

La ya abundosa retórica de la «regeneración democrática» de la política en general o de tal o cual sujeto político o social es pura filfa si no va acompañada hechos, por prácticas regeneradoras. Instalarse en la frase o en otras parecidas --«otra forma de hacer política», por ejemplo— corren el peligro de devaluarse. Es decir, de convertirse en un latiguillo o muleta que amenaza con formar parte de un almacén de tópicos. Así pues, parece conveniente que recurramos al mensaje de los antiguos romanos: facta non verba, esto es, hechos y no palabras.

Me imagino el estupor que en los estados mayores de la diversa zoología hispana ha causado la noticia extremeña: la ronda de negociaciones –o como quieran llamarlo sus protagonistas-- para formar gobierno autonómico, el socialista Fernández Vera y los representantes regionales de Podemos fue grabada en video y dada a conocer una vez finalizado el encuentro.  

Unas primeras reflexiones de urgencia me llevan a plantear lo siguiente: a) se ha abierto un precedente de gran envergadura; b) una propuesta incómoda para la política al uso se ha hecho realidad; c) un partido tradicional, el PSOE extremeño, no tiene empacho en admitir que un planteamiento de Podemos no sólo es hipotéticamente factible sino que adquiere fisicidad concreta. O lo que es lo mismo: la retórica ha dejado de ser, en ese ámbito concreto, el extremeño, palabrería para convertirse en práctica. En concreto, es la aplicación del añojo dicho del movimiento se demuestra andando.

Posiblemente habrá voces que, puestas en entredicho, afirmarán que se trata de un toreo de salón por parte de Fernández Vara, que tiene «hambre de gobernar». Pero esto no es más que una excusa de quien recibe un cogotazo sonoro en su palabreo puesto al desnudo. El candidato socialista a la presidencia de la Junta extremeña, curándose en salud, ha remachado el clavo: «Tiempo nuevo donde el diálogo se hará en la plaza pública».

Por otra parte, estamos ante una práctica que interfiere el oficio de la política como un armario de secretos. Por cierto, caigan en la cuenta de que en todas las organizaciones políticas, viejas y nuevas, el primer dirigente es el «secretario», el secretario general concretamente. Secretario como responsable de los secretos que se almacenan en dicho armario.  El término se deriva de la palabra latina secernere, "para distinguir" o "poner aparte", el significado participio pasivo "de haber sido puesto aparte", con la posible connotación de algo privado o confidencial. 

La reunión extremeña no es algo irrelevante. Cabe, pues, la hipótesis de que esta novedad acabe, más tarde o más temprano, extendiéndose.  Entonces aparecerá como chistosamente arcaico la respuesta del dirigente socialista andaluz, Juan Cornejo,  que, invitado a hacer lo mismo, replicó: «Yo ya estoy muy mayor para hacer esto». Tal vez este caballero ignore que un Euler octogenario todavía seguía construyendo teoremas a todo meter. Posiblemente porque el gran matemático intuía que el ataque de próstata se podía combatir con la renovación. Con la renovación hecha práctica. Y no hablemos de Giuseppe Verdi que, cerca de los noventa años, nos dejó una ópera tan monumental como el Falstaff y con más años que Cornejo compuso Aída y Otello.  No consta tampoco que el Cisne de Busseto tuviera próstata.