jueves, 30 de abril de 2015

Las filtraciones y la censura: una experiencia personal




El gobierno del Partido Popular ha recuperado una idea que ya le rondaba por la cabeza al anterior ministro de Justicia. El nuevo titular del ramo ha planteado que, para evitar las filtraciones periodísticas, debe volverse a la censura. Si este caballero hubiera estudiado una pizca de Física sabría perfectamente que una cosa es el grito y otra, muy distinta, el eco. O sea, no hay eco o resonancia si no existe un sonido previo. Naturalmente, tras este nuevo graznido, el ministro del ramo –interpelado inamistosamente--  intenta matizar lo dicho con un clarificador «que si patatín, que si patatán», que deja las cosas todavía más oscuras. Estamos, sin embargo, ante otro nuevo brindis al Sol, aunque tal vez el tan repetido ministro del ramo no sepa en qué barrizal se ha metido. Por otra parte, han pasado casi desapercibidas las palabras del caballero cuando afirma que es muy difícil controlar lo que sale de los funcionarios de los juzgados. Lo que dicho así, sin pruebas, es mucho decir.  

Vayamos por partes: una cosa es la filtración periodística y otra cosa es su publicación. Dispensen la obviedad: lo que no se filtra no aparece en los medios. Lo que viene a cuento por lo siguiente: cada cual puede juzgar la naturaleza y el interés de la filtración. Pero lo que está fuera de duda es que la publicación de la noticia –filtrada o no--  forma parte del universo de la libertad de información, una pieza clave en los ordenamientos democráticos.

¿Ha caído en la cuenta el ministro del ramo que una parte importante de las filtraciones periodísticas vienen de la política y, en la parte que le corresponda, de sus propios conmilitones de partido? Dos situaciones me vienen a la mollera. Una reciente, la otra es personal.

La reciente: comoquiera que, el ministro del ramo ha hecho tan inadmisibles declaraciones en torno al caso de Rodrigo Rato, ¿es un desatino pensar que, en ese caso, la filtración es extraña a una parte del gobierno y a sus propias franquicias?  

La personal: siendo un servidor diputado al Parlament de Catalunya filtré a destajo lo que me pareció conveniente. O bien lo declaré a pecho descubierto sin el antifaz del anonimato. Me refiero a dos pocilgas cuya responsabilidad apuntaba directamente al Govern de Jordi Pujol, siendo Conseller en cap el mismísimo Artur Mas. Me refiero a los casos Payarols y la Maison de la Catalogne. El primero afectaba a Unió Democràtica de Catalunya, el segundo a Convergència Democràtica de Catalunya. Recordemos, el primero es el partido del contorsionista Duran i Lleida; el segundo es el de Artur Mas.


Comoquiera que ya estoy harto de guardar esos secretos en la alacena de mi memoria, diré que fue un diputado de Uniò quien me filtró los enjuagues de la corrupción convergente en torno a la Maison de la Catalogne; a este diputado le puse como sobrenombre “Arroz amargo”. Y, al revés, fue un diputado de CDC quien hizo lo mismo sobre el lodazal que se traían entre manos los democristianos de Duran en el caso Pallerols.  Vale la pena decir que, en el caso Pallerols, se le cayó el pelo a Uniò; en el otro caso, los convergentes se salieron de rositas. En suma, tuve conocimiento directo de lo que representa el llamado «fuego amigo» entre compadres de la misma coalición. Hasta tal punto me hice experto en estos asuntos que estoy pensando en poner una escuela particular de Filtrología para procurarme una ayudica pecuniaria que corrija mi modesta pensión de jubilado.  

miércoles, 29 de abril de 2015

Artur Mas no es una persona de fiar





Artur Mas no es una persona de fiar. Después de verse obligado a aceptar el «derecho a decidir». Al principio lo hizo a regañadientes y, posteriormente, lo sobó magistralmente cuando vio la oportunidad de que dicho constructo taponara su política de recortes, pionera en España, y los sonados casos de corrupción de su partido Convergencia Democràtica de Catalunya. Esto, ya de por sí, le sitúa en el archipiélago de personas en las que no se debe confiar. Si fuera chef de cocina nos daría gato por liebre.

Después de tantas mangas y capirotes, Artur Mas usa y abusa del derecho a decidir hasta la extenuación. Sin embargo, por las razones que sea este caballero da un giro y, desparpajadamente, se saca de la chistera un conejo en un plató de televisión. La independencia de Catalunya puede determinarse por «una mayoría absoluta de diputados, no necesariamente de votos» (1).

El salto de la liebre no es irrelevante: se ha cambiado de sopetón el escenario que decide una cuestión de tanta trascendencia como lo es la independencia de Cataluña. De sopetón y sin dar explicación alguna. También por ello Artur Mas no es persona de fiar. ¿Tendrá el caballero información de que el plebiscito que tenía en la cabeza le resultaría un fiasco? A falta de explicaciones caben las especulaciones. Y puestos a ello –a especular por todo lo alto--  podríamos decirle al caballero Artur: «No puedes destrozar nada en lo grande y la emprendes entonces con lo chico», una rotunda frase cuya autoría es suficientemente conocida por los lectores de toda condición.  O sea, de «lo  grande» --la opinión del conjunto de la ciudadanía— queda dislocada en las piruetas del juego parlamentario, «lo chico». También por eso, el proponente del nuevo meandro de la política catalana, Artur Mas, no es una persona de fiar.

Finalmente, tal como lo ha entendido y gobernado Artur Mas, «el procés» ha sido realmente una logomaquia, una pugna de palabras, que ofrecían un trampantojo (la independencia) con la idea de cooptar a amplios sectores de la ciudadanía organizada a sus políticas económicas. O para que no importunaran en demasía. Lástima que no se dieran cuenta, a tiempo, de que este caballero no es una persona de fiar.


Última noticia. Dispensen que cambie de tercio, pero no me resisto a ello, dada su importancia. El Tribunal Superior de Justicia de Aragón ha decidido suspender cautelarmente la decisión de la Junta electoral de Teruel que había prohibido el lema de la manifestación del Primero de Mayo y las movilizaciones del 30 de abril.  ¿Se acuerdan:   Última hora, atentado contra la democracia en Teruel? 


   


martes, 28 de abril de 2015

Una propuesta del PSOE: ¿Quién debe negociar en el centro de trabajo?



«El PSOE es partidario de modificar el actual esquema de la negociación colectiva para que sean los sindicatos los que asuman la tarea de acordar los convenios con la dirección, en vez de que lo hagan los comités de empresa, como viene ocurriendo desde hace 30 años», informa El Mundo http://www.elmundo.es/economia/2015/04/28/553f79a722601d1b0b8b456e.html.

He repetido en más de una ocasión que soy partidario decidido de que el sindicato asuma en la empresa todas las responsabilidades de los comités. Sin embargo, con la misma claridad afirmo que tan importante operación no se puede hacer a palo seco y por vía legislativa si no hay antes un planteamiento en dicha dirección por parte del sindicalismo confederal. Esto es, un protocolo unitario que como mínimo debería estipular: ¿cómo se conforma la comisión negociadora? ¿qué tipo de quórums se necesita para firmar el convenio y para, si procede, las convocatorias y desconvocatorias de la huelga? Y las que hubiere de menester. Lo que requiere un amplísimo debate en todos los recovecos del sindicalismo.

Las cosas hay que hacerlas bien, con tacto y delicadeza. Y en este caso todavía más. Porque lo importante de este proceso es, por supuesto, el resultado, y dentro de él el trayecto y el proyecto. Una cosa de esta envergadura no se puede resolver, por tanto, de una manera del aquí te pillo, aquí te mato, de manera administrativa.

No tengo la menor duda: de esto seguiremos hablando.      



sábado, 25 de abril de 2015

¿Explotará el Partido popular? Y una pizca de Ciudadanos




Algunos analistas vienen insistiendo en que parece probable que el Partido Popular, al igual que la fenecida Unión del Centro Democrático, acabe implosionando. Los motivos que aducen son: de un lado, las luchas intestinas que se desarrollan en ciertos grupos dirigentes y, de otro lado, la tendencia a perder en las próximas elecciones una parte considerable del apoyo de la ciudadanía.  O, mejor dicho: al revés. Entiendo que ésta es una hipótesis un tanto precipitada. De entrada, la similitud entre ambos partidos es solamente aparente. Por una parte, digámoslo castizamente: la Ucd no era un partido, sino una partida; de otra parte, la coyuntura es muy diferente.

UCD era un conjunto de retales que no acaban de configurar un traje. Fue una organización montada de prisa y corriendo desde los despachos de los gobernadores civiles por aquellos personajes políticos que Santiago Carrillo llamó evolucionistas, que de manera gradual fueron desprendiéndose del ropaje franquista. A las primeras de cambio, a pesar de haber ganado dos elecciones generales, la UCD de Adolfo Suárez entró abruptamente en barrena. Tras la apabullante victoria electoral del PSOE del otoño de 1982 el terreno ucedista se convierte en territorio Fraga.

Alianza Popular y después el Partido Popular van convirtiéndose gradualmente en alternativa de gobierno. Mucho le costó a Fraga, ciertamente. Pero la diferencia con relación a UCD fue consolidándse. Y, mutatis mutandi, el PP construyó una potente red  desde abajo mediante estructuras sólidas en las más importantes ciudades españolas. En ese sentido, la derecha submergida fue decisiva tras disfrazarse de noviembre para infundir menos sospechas. Los nuevos aires de la economía y del patrón neoliberal empujaban en la dirección de dar sostén al Partido Popular. En definitiva, se va conformando como un partido de masas mientras que la extinta UCD era un partido de personalidades.

Ciertamente, las cosas han cambiado no poco, y probablemente cambiarán mucho más en adelante. Pero ello no comporta que necesariamente se produzca la implosión que algunos dan por sentado, incluso si todo el proceso electoral de los próximos meses le es más adverso que lo que ellos mismos esperan. Por lo demás, el PP estará en puertas de la implosión –o de la explosión--  cuando no sea útil a los grandes capitales. De momento, pues, éstos le darán respaldo; eso sí, repartido con la nueva formación en auge, Ciudadanos.

Séame permitido indiciar una hipótesis que, por supuesto, está sujeta a revisión: Ciudadanos traerá muchos dolores de cabeza. Intentará que las capas medias, dañadas por las políticas de esa llamada austeridad, se desapeguen del resto de la ciudadanía que las ha combatido y procurará que vuelvan al redil de la sumisión a los grandes capitales. Será en ese terreno donde el partido de Albert Rivera vuelque sus esfuerzos lo que le llevará a una confrontación permanente con el Partido Popular por la hegemonía de las capas medias. Y simultáneamente se confrontará con las izquierdas con políticas tecnocráticas que tendrán mayor o menor virulencia en función de las nuevas relaciones de fuerza, dentro y fuera de las instituciones.   

Ahora bien, entiendo que el futuro de la derecha tiene mucho más interés que el futuro del PP e, incluso, de Ciudadanos. Pero hablar de este asunto todavía es precipitado.  Y si hablamos de vidas paralelas,  ¿qué harán las izquierdas ante esas novedades? Ustedes dispensen que les deje con la miel entre los labios: la luz del entendimiento –ya lo dijo García Lorca--  me hace ser muy comedido.



miércoles, 22 de abril de 2015

Ada Colau y Marcelino Camacho




Ada Colau tiene una cara suficientemente conocida entre la ciudadanía. Lleva años saliendo en los medios comunicando con pasión controlada y punto de vista fundamentado con una pizca de agradable picardía. Es, además, una cara que seduce no sólo a sus parciales. Y por encima de todo, incluso en la polémica más áspera, nunca pierde los papeles. Por eso me ha parecido que la inclusión de su rostro en la papeleta electoral es un ejemplo de innecesaria sobredimensión de su figura. Es innecesaria tanto estética como mediáticamente. Ada Colau no necesita ningún tipo de postizos.

Esa sobredimensión corre un peligro: su deslizamiento al culto a la personalidad con todos los riesgos que conlleva. El culto a la personalidad que, (cuando se da) es distinto a la estima y respeto a quien dirige, no es cosa que aparezca de improviso, sino como acumulación de detalles inducidos “por arriba” y gestos de admiración desatada y acrítica desde abajo. Que, en un principio, parecen incomodar al líder, pero que mutatis mutandi acaban por envolverlo: finalmente el líder acaba auto encumbrándose y auto legitimándose. El líder, pasado un tiempo, considera como cosa natural  que dicho «culto» le es debido.

Ada Colau debe estar vigilante, pues la macha hacia el ensalzamiento se produce, primero, de manera lábil y, después, vertiginosamente. Metafóricamente hablando: se pasa de la foto en la papeleta electoral a erigirse una estatua en vida. Ni de lo uno ni de lo otro tiene necesidad Ada Colau. Es más, me atrevería a decir que poner el acento en la participación, activa e inteligente, ciudadana se da de bruces con el tendencial culto a la personalidad que, como germen, denota la foto en la papeleta. Incluso podría decirse que a mayor culto a la personalidad, mayor es la distancia entre el personaje y sus ahinojados. 

Siempre sospeché que el culto a la personalidad no respondía a un afecto personal de la gente con su líder, sino de una especie de temor y admiración. Quien dirige, cuando es sentimentalmente querido, admirado y respetado, no acaba provocando el culto a la personalidad. Pondré un ejemplo que me es muy cercano: Marcelino Camacho.

Era imposible caminar con Marcelino por Barcelona, pues cada dos por tres se le acercaban no pocas personas  para saludarle e incluso “tocarle”. Era el afecto personificado, la admiración y el respeto. Era una curiosa cercanía de quienes nunca habían compartido proximidad física con él. Y es que Marcelino era fundamentalmente querido. Ni quería el culto a la personalidad ni le hubiera gustado. Recuérdenlo los asesores de la Colau y sépalo ella también.       

Dicho lo cual, me pregunto si no estoy sacando las cosas de quicio. O si con los años se me va acumulando, cada trienio que pasa, una arroba de pejiguería

lunes, 20 de abril de 2015

Sindicato, ¿estás al tanto de esto?



Nos hemos enterado de la huelga del personal de la Oficina Europea de Patentes (EPO en sus siglas en inglés) solamente a través del artículo de Miguel Ángel Noceda, publicado en las páginas sepia de El País, La ´oficina feliz´  se va a la huelga (1).  Si el inquieto lector gusta leerlo tendrá una información detallada de esta huelga y, sin lugar a dudas, coincidirá con un servidor en: la importancia de esta acción colectiva, las enseñanzas que depara y las reflexiones que proporciona al sindicalismo confederal. Es de esas movilizaciones que debería provocar ríos de tinta y comentarios al por mayor. Veremos si es así.

El EPO es el organismo del que dependen todas las patentes europeas, cuenta con unos siete mil empleados, de varias nacionalidades europeas, altamente cualificados y bien remunerados, que cobran de media 5.000 euros mensuales y cuentan con ventajas médicas y familiares. Que en una empresa de este tipo, cuyo objetivo entre otros es favorecer la investigación e innovación tecnológica, hubiera en su día un colectivo que se planteó fundar un sindicato es algo que rompe todos los tópicos al uso. Al sindicato mayoritario (SUEPO), según nos informa Noceda, está afiliado la mitad de la plantilla en los centros de trabajo de Munich, Berlin, La Haya y Viena. De donde podemos afirmar que la tasa de afiliación es elevada.

La dirección de la empresa nunca vio con buenos ojos el asociacionismo sindical. El hecho en sí ya era suficiente reproche a los nuevos aires. Les resultaba incomprensible que en esta Arcadia feliz estuviera presente un sindicato. Y empezaron las provocaciones: se tomaron medidas al margen y contra los empleados. El sindicato, así las cosas, denuncia a la empresa por: «haber cambiado las reglas y de hacer “imposible” contestar internamente una decisión. La retahíla de acusaciones que se han ido acumulando durante su mandato es muy larga y notable: rechazo a reconocer a los representantes de los sindicatos como legítimos interlocutores y propuesta de cambios en la estructura de los representantes de la plantilla; instalación de filtros para bloquear el correo interno; censura de las publicaciones internas; introducción de reglas para que un empleado pueda ser investigado sin necesidad de ser avisado previamente; cambio en las reglas para convocar huelgas, de manera que ahora requiere una petición al presidente firmada por al menos el 10% de los trabajadores y una participación mínima del 40% para que haya quorum.

» Además, los sindicatos acusan a la empresa de no haber permitido realizar una investigación sobre las causas del suicidio de un trabajador en su puesto de trabajo y de apartar a los miembros del staff que sugirieron una responsabilidad de la dirección en dicho suicidio. Y añaden que sistemáticamente rechaza seguir las recomendaciones del Comité Interno de Reclamaciones». La génesis y evolución de ese conflicto daría pié a investigar de qué manera se ha operado en ese colectivo el salto, en palabras de Pierre Bordieu, de «clase probable» a «clase movilizada».  Algo realmente apasionante.  

Entre otras muchas enseñanzas, esta experiencia nos dice que no hay territorio alguno que esté vedado al desarrollo de la acción colectiva que representa el sindicato. Que las altas categorías profesionales del mundo de la técnica y el conocimiento pueden ser sujetos que funden asociaciones sindicales y enfrentarse decididamente a sus contrapartes. Asociaciones sindicales, que como en este caso, son mayoritarias en el centro de trabajo y no meros grupúsculos. De donde –se le antoja a un servidor--  el sindicalismo confederal precisa una reflexión puesta al día del por qué de sus limitaciones en estos colectivos asalariados de alto estatus. ¿No es este, también, un elemento, y de primer orden, para el sindicato que dice querer refundarse?



sábado, 18 de abril de 2015

La contumaz ilegalidad del Partido Popular



Les sugiero que lean atentamente el artículo que ha publicado el eminente jurista sevillano don Javier Pérez Royo en El País con fecha de hoy, Preguntas para el fiscal general (1).  A buen seguro que no quedarán defraudados.


Hace tiempo que vengo dándole vueltas al asunto que plantea Pérez Royo. Pues bien, todo lo que se me ocurría era considerado como una estridencia. Alguien, con fama de echao p´ alante llegó a echarme en cara que estaba planteando una especie de hágase justicia y explote el mundo.  O, lo que es lo mismo, que mi remedio era peor que la enfermedad. Y es que los autodidactas tenemos la tendencia de meternos en camisa de once varas y, ocasionalmente, fabricar disparates. Pero viene el profesor Pérez Royo, que tiene merecida fama de temperado, y restituye mi autoestima. Y no se anda con gaitas: «El partido que utilice medios tipificados como delito es ilegal y debería cancelarse su inscripción en el registro». ¿Se trata de una propuesta radical? Respuesta: es la coherencia de la lógica jurídica entre el quebranto de la ley y lo que establece la norma, en este caso, la Constitución y la mismísima Ley de Partidos políticos.

Ahora bien, resarcidas mis inquietudes por la doctrina Pérez Royo, me interesa tirar el hilo de ese descomunal ovillo. Bien está que se aplique la ley al Partido Popular, pero es preciso escarbar todavía más en ello. Si se demostraran las acusaciones del Juez Ruz acerca de la ilegalidad de la financiación del mencionado partido, ¿en qué situación quedan los resultados de las elecciones que, desde esa ilegalidad, dieron la victoria al partido? ¿podemos considerar legales la composición de los parlamentos, sus leyes y disposiciones de todo tipo? No hay duda que se trata de filosofía moral. Pero, ante todo y sobre todo, es una cuestión que vincula los medios ilegales utilizados para las diversas contiendas electorales y las disposiciones que, desde esa ilegalidad, se pusieron en marcha. Repito, es un problema moral y, sobre todo, de coherencia de la legalidad democrática, que ha sido conculcada ab initio. En esa tesitura todo lo que ha hecho el Partido popular es ilegal. Incluso si hubiera legislado que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos.




miércoles, 15 de abril de 2015

Repican las campanas en honor de la plantilla de Coca Cola



Siempre he sostenido que el sindicalismo se escribe en prosa. Ahora bien, hay momentos en que su acción colectiva es una canción de gesta. Es la que han escrito las personas en lucha de Coca Cola desde hace ya mucho tiempo. Al final –esperemos que sea el final--  la Justicia ha hablado dando la razón a los trabajadores y trabajadoras de la empresa. Lo que en un principio parecía una posibilidad se ha convertido en una certeza: era posible ganar. Y no a una empresa de tres al cuarto sino a una potente y altanera transnacional, una de las más importantes de la economía-mundo.

Me han impresionado los tres rasgos fundamentales de esta acción colectiva a lo largo de su itinerario: a) la unidad de los trabajadores, que b) llevó en su momento sus planteamientos a la ciudadanía, y c) la fecunda relación con los aparatos jurídicos del sindicato.  

Sin la unidad de la plantilla no se hubiera dado la reacción solidaria de la ciudadanía con el boicot a la coca cola, al menos en la extensa proporción en que se dio. Y sin la unidad de la plantilla ese eminente jurista que es don Enrique Lillo no hubiera tenido tanta fuerza.

Pregunto: ¿qué reflexiones serenas y de hondo calado merece el largo recorrido de esta movilización contra una de las transnacionales más potentes en estos tiempos de resistencia? ¿qué entusiasmo razonado puede provocar en los sindicalistas que, en estos últimos tiempos, han tenido que hacer de tripas corazón? ¿qué ánimos tienen ahora dichos sindicalistas que han visto cómo estar a la ofensiva frente a la fortaleza asediada de la transnacional ha conseguido una victoria de la que se hablará durante mucho tiempo?

Más preguntas: ¿será capaz el sindicato de metabolizar el resultado de esta acción colectiva, traduciéndolo en organizar una nueva confianza del conjunto asalariado que, hablando en plata, se refiera a un incremento de la afiliación? Una afiliación ligada a un acontecimiento concreto, de eficacia, de saber hacer, de conexión directa del sindicato con los trabajadores. Ya lo dijo en su día aquel sindicalista nonagenario, Vittorio Foa: «Para que los trabajadores tengan confianza en el sindicato, éste debe tener confianza en los trabajadores». Que podría ser el broche de esta canción de gesta.


Un recado particular a Enrique Lillo: no te precipites en saltarte a la torera las recomendaciones del médico. La victoria de los trabajadores no te autoriza a que te des el alta. Esa decisión no corresponde al mundo del derecho sino al de la medicina.     

La huelga de Movistar



La huelga de técnicos de Movistar ha sido seguida atentamente por Eddy Sánchez, que nos ha dejado un testimonio escrito del mayor interés (1). Se trata de una huelga que afecta a 2.000 trabajadores que, surgida en Madrid, se ha ido extendiendo a otras provincias y a diversas contratas de otros lugares. Eddy Sánchez nos informa de las durísimas condiciones de estos asalariados y del surgimiento de la acción colectiva. Vamos a poner el acento en esa palabra, «colectiva», pues no han sido pocos los que han teorizado la casi imposibilidad de que, en estos sectores y estos trabajadores, ejercieran un conflicto de tales características. Así es que esta acción colectiva es, también, la demostración de que las innumerables dificultades nunca deben ser el punto de llegada sino el punto de partida.

El artículo de Eddy Sánchez era necesario por varios motivos: primero, por la escasísima información que ha llegado al conjunto de los trabajadores del país y a la opinión pública; porque, siendo normal, que una empresa tan potente como Movistar no estuviera interesada en que su conflicto apareciera en los medios, no parece lógico que el sindicalismo confederal haya hablado con tanta parquedad en el interior de la organización, especialmente cuando dichos empleados cuentan con poca tradición sindical y, dadas sus condiciones salariales y de trabajo,  necesitan un amplio apoyo y difusión de su conflicto, de su acción –repetimos--  colectiva. Más todavía, cuando el protagonismo de lo político da poco pie para airear los conflictos sociales. Me atrevo a sugerir que, con o sin repensamiento, con o sin refundación sindical, la solidaridad es un instrumento de primer orden y, tal vez en este caso de Movistar, no está a la altura que merece. Si no fuera así, retiro lo dicho y pido disculpas.

Lo que todavía no sabemos es lo siguiente: ¿de qué manera concreta surge el conflicto, qué formas concretas va tomando, que instrumentos concretos de organización y coordinación se ponen en marcha? En síntesis, ¿cómo se va transformando el silencio en indignación y, de aquí, de qué modo se pasa a la organización? Es decir, necesitamos la biografía pormenorizada de este conflicto.   

(1) La huelga de técnicos de Movistar y la irrupción del nuevo asalariado urbano




martes, 14 de abril de 2015

El patriotismo de la austeridad según el Banco de España



«El gobernador del Banco de España, Luis María Linde, ha defendido este miércoles las políticas "rigurosas y prudentes" adoptadas por el Gobierno para corregir los desequilibrios de la economía española. Según el gobernador, "apartarse de un camino que nos lleve a situaciones imposibles e insostenibles no es austeridad, sino sentido común y, en un sentido muy real, patriotismo". Así se ha expresado Linde en su discurso de apertura de inauguración del 22º Encuentro del Sector Financiero organizado por Deloitte, ABC y Sociedad de Tasación».

Ya ve usted hasta qué punto la facundia inolvidable de Miguel Ángel Fernández Ordóñez se transmigra en el actual gobernador del Banco de España. Con una variante: se ha pasado de la farmacopea de MAFO a la teología de este Linde. Y de una manera altisonante se vincula positivamente las nefastas políticas económicas y sociales con el patriotismo. Con lo que, de un plumazo, Linde ha arrojado a los infiernos de la anti España a la inmensa agrupación de agraviados por la crisis económica. La novedad de la postura del Banco de España es que ya no exige medidas concretas a lo Mafo, sino que justifica ideológicamente el carácter de lo que, desde hace algunos años, se ha dado en llamar austeridad o austericidio.

Y lo cierto es que no salgo de mi asombro. Porque a lo largo de mi vida he conocido directamente diversas clases de patriotismo. No hablo de los que no he conocido.

El primero fue el patriotismo de «todo por la patria» que, según las latitudes, tenía (y mantiene), en algunos casos, una recurrente estética cañí y, en otros, se adoba con gotas de chanel número 5. Enfrentados entre sí estos dos patriotismos tienen, como se verá más adelante, algunos puntos importantes de interconexión.

El segundo patriotismo tiene un sello radicalmente distinto. Lo ha desarrollado Jürgen Habermas con la etiqueta de «patriotismo constitucional».  En apretada síntesis, se trata de lo siguiente: es una concepción participativa de la ciudadanía, volcada en la promoción del bien común. Por eso, la ciudadanía que hace suyo el patriotismo constitucional no se remite en primera instancia a una historia o a un origen étnico común, sino que se define por la adhesión a unos valores comunes de carácter democrático plasmado en la Constitución. En este sentido, es claro que estamos ante una concepción republicana que nada tiene que ver con el «todo por la patria» del patriotismo carpetovetónico ni con el chanel número 5 del patriotismo que legó Jordi Pujol a sus hijos y nietos políticos. Aunque el uno y el otro comparten con mayor o menor aproximación lo que Carl Scmitt, definió como el «nomos de la tierra».

Alguien debió de tomar nota de la peligrosidad que conlleva la expresión patriotismo constitucional con su continua práctica de la deliberación y acicate de los derechos de ciudadanía y decidió intervenir reescribiendo los conceptos de patriotismo, así del viejo con apariencia terne como el pujoliano. Y es cuando los escribas sentados del gobernador del Banco de España trasladan el nomos de la tierra al nomos del dinero. Comoquiera que el razonamiento tecnocrático no ha podido impedir el conflicto social, es preciso sacar a escena un nuevo simbolismo conformando un vínculo “sacral” entre austeridad (tal como se concibe desde hace unos años) y patriotismo. Quienes se opongan a ello no tienen salvación. Se trata, como puede verse,  de una visión que saca a la economía de su laicismo para darle un contenido teologal.

Lo novedoso de la formulación del gobernador Linde está en la vinculación directa entre austeridad y patriotismo. Ahora bien, ha mamado sus fuentes en el patriotismo de Artur Mas. Este caballero puso los pilares de la doctrina Linde. Y hasta cierto punto ha conseguido que una concreta multitud de agraviados por la austeridad hayan puesto en primer plano el patriotismo del nomos de la tierra en vez de la defensa de los derechos de ciudadanía, lesionados por recortes y pérdida de derechos.  


lunes, 13 de abril de 2015

Se acerca el Primero de Mayo



El Primero de Mayo está a la vuelta de la esquina. Me pregunto: ¿puede ser un momento de mayor movilización contra los efectos devastadores de la crisis? ¿puede ser un momento donde unitariamente se concrete, más todavía, en las calles y plazas de nuestro país la indignación organizada de millones de personas? ¿puede ser un momento en el que los partidos de izquierda compartan, desde su independencia, el mismo o similar cartapacio de reivindicaciones que los de la población asalariada? ¿puede ser un momento donde ese inmenso conjunto asalariado respalde activamente a los sindicatos? ¿puede ser un momento en el que el ejercicio de la movilización no quede circunscrito a las ciudades más importantes y se extienda a todos los pueblos donde hay un campanario?

El Primero de Mayo está a la vuelta de la esquina. ¿Puede ser un momento en el que los sindicatos diseñen formas nuevas multitudinarias de movilización que expresen que, en el terreno del conflicto social, también hay un proceso de renovación?

El Primero de Mayo está a la vuelta de la esquina. ¿Puede ser un momento en que los trabajadores de toda condición –sexo y edad, con o sin trabajo, jubilados y pensionistas sean conscientes de que hay que darle un giro potente, política y socialmente, al actual estado de cosas? ¿Puede ser un momento donde, al menos ese día, se aparque el pesimismo allá donde se encuentre?


Proponérselo es una primera condición para que pueda ser. 

sábado, 11 de abril de 2015

Cuando la izquierda se disfraza de noviembre



Estamos asistiendo a una chocante anomalía:  centenares de candidaturas electorales –tal vez miles— se agrupan en siglas de nombres genéricos que al igual que las botellas de coñac del famoso Romance  lorquiano se disfrazan de Noviembre para no infundir sospechas. Y más chocante todavía es que las formaciones  políticas A o B –pongan ustedes los nombres de ellas--  se acogen a la hospitalidad de un nombre en una ciudad determinada y en otros lugares se engloban bajo otro paraguas completamente distinto. Podría tratarse de versatilidad si no fuera el caso de que todo depende, al parecer, de cabildeos o juegos de campanario. Comoquiera que sea, una hipótesis de  tanto cambio de vestimenta podría estar en la debilidad o fragilidad políticas de tales formaciones políticas. No hace falta ser un lince para sospechar que el riesgo de desvertebración de todas y cada una de estas izquierdas versátiles podría estar cantado. Más todavía, que el proyecto político de ellas acabaría siendo un zurcido de retales diversos. Con lo que el actual cantonalismo político se convertiría en una patología sistémica y, tal vez, de la desaparición de los realquilados de la arena pública.  

Naturalmente el derecho a la supervivencia pasa a un primer lugar. Porque si me disfrazo de noviembre es que soy consciente –aunque no lo reconozca--  de que mi marca ha ido perdiendo progresivamente consenso en la ciudadanía, de que tengo un considerable déficit de credibilidad. Así pues, lo urgente es sacar el paraguas y ensayar una serie de operaciones –muy diversas y, posiblemente algunas de ellas, contradictorias entre sí-- con la idea de aguantar lo mejor posible el chaparrón de los próximos comicios.  Pero esta urgencia podría tener un sesgo nuevo, a saber, estar realquilado coyunturalmente en otra casa acabaría siendo una opción definitiva. Lo que puede ser un riesgo o no, pero que en todo caso la izquierda versátil  debería tener en cuenta.  En resumidas cuentas, ¿los partidos de izquierda que están realquilados en esas coaliciones piensan que, así las cosas, se trata de una manera de aguantar el tipo o intuyen que es por ahí por dónde deben ir sus nuevos itinerarios?

Me imagino que no habrá una respuesta definitiva hasta ver en qué queda todo el proceso electoral de este año y el de las generales de 2016.  De manera que habrá que esperar unos cuantos meses para ver qué evolución toma el asunto.  


miércoles, 8 de abril de 2015

IGNACIO FERNÁNDEZ TOXO Y MAQUIAVELO





Lo que ha planteado el secretario general de Comisiones Obreras es la propuesta más importante de los últimos treinta y cinco años de su historia: una propuesta --«repensemos el sindicato»--  que llevaría a la organización a su refundación. Porque repensar es una condición previa que llevaría a la refundación. Es decir, de lo abstracto del pensar a su concreción física. O, si se quiere, del tránsito de la idea al «acontecimiento». 

Sin embargo, sorprende que tan formidable propuesta (en ella viene insistiendo desde hace unos tres años) no suscite los suficientes comentarios y reflexiones de acompañamiento de los grupos dirigentes de Comisiones Obreras. Francamente, no entiendo tan rotundo silencio. Seguramente hay excepciones pero no los veo publicados tanto en los medios sindicales como en los demás. Las preguntas serían: ¿se ha percibido la importancia de la propuesta? ¿se considera una exageración? ¿se entienden las razones que justifican la reiterada idea de Ignacio Fernández Toxo?

Por lo general las grandes organizaciones tienen una tendencia a la rutina y al autocontentamiento. De ahí que los reformadores siempre hayan sido vistos como extravagantes o peligrosos, a veces como alocados y visionarios, en el peor de sus sentidos. No son cosas de hoy, esto viene de los tiempos de María Castaña. Fue Maquiavelo quien dio en la tecla sobre este paprticular: «Porque el que introduce innovaciones tiene como enemigos a todos los que se beneficiaban del ordenamiento antiguo, y cómo tímidos defensores a todos los que se benefician del nuevo», El Príncipe (Colección Austral). Como es sabido, Napoleón hizo muchos comentarios a esta obra. Sobre esa cita escribió su famosa nota 114: «El buen hombre [Maquiavelo] no sabía cómo uno se proporciona entonces acalorados defensores, que hacen amollar a los otros».  En apretada conclusión de esa cita de Maquiavelo: los adversarios de una reforma son los más y sacan provecho de ella; los partidarios son pocos y tímidos, que se benefician del nuevo orden. El Príncipe, pues, debe poner en vereda a los adversarios.

¿Está pasando eso mismo en Comisiones? De un lado, no tengo datos que me lleven a pensarlo; de otro lado, trasladar mecánicamente el planteamiento maquiaveliano a lo que estamos comentando (la propuesta de Ignacio) sería imprudente por mi parte. Digamos, por tanto, que Maquiavelo tiene razón en el noventa y nueve por ciento de los casos. Más todavía, Toxo debería releer a Maquiavelo, tal vez el más importante estudioso de la ciencia política que ha parido madre. Especialmente, porque el secretario florentino no fue un intelectual encerrado en su torre de marfil sino un hombre de acción política cotidiana desde los círculos de poder de la Signoria de Florencia.  

Ignacio se ha empeñado hasta las cejas con su propuesta de repensamiento que conduce a la refundación del sindicato. No lo ha dicho sólo en el interior del sindicato. Lo ha hecho público en los medios externos a la organización. Este blog, con sus modestísimas posibilidades, le apoya a fondo. Más todavía mientras se mantenga el silencio del sindicato.

La última vez que Ignacio ha hablado sobre el particular ha sido en   http://economia.elpais.com/economia/2015/04/04/actualidad/1428160326_663337.html.  Una importante entrevista que acaba de una manera “un tanto gallega”.

Pregunta. ¿Se va a presentar al siguiente mandato?
Respuesta. Esta pregunta la responderé primero en mi casa.
Pregunta. O sea, que no me dice ni que sí ni que no.
Respuesta. En esto sí hago de gallego.

Nada que objetar a que su familia sea la primera en saberlo. Al fin y al cabo, Ignacio (como tantos otros) ha hizo una opción de vida hace ya muchos años dándolo todo por los trabajadores. Ahora bien, desde la fría relación entre refundación del sindicato y su continuidad como secretario general, la incógnita --«en eso sí hago de gallego»--  debe despejarla asumiendo (y haciéndolo saber al sindicato) que va a continuar en su actual puesto de dirección.  En caso contrario, se corre el peligro de que la refundación pase al baúl de los recuerdos dejando paso a la zahúrda tradicional de hereda el metafórico bastón de mando.


Radio Parapanda. Reunión en Tokio del Grupo de Trabajo Textil-Confección de IndustriALL Global Union  Escribe Isidor Boix

domingo, 5 de abril de 2015

LA PARÁBOLA DEL SINDICATO




José Luis López Bulla


Introducción


Por supuesto, estamos en «tiempos neoliberales» como dice el enunciado de este debate que ha organizado Orencio Osuna en www.espacio-publico.com, y tiene como referencia el trabajo inicial de Joan Coscubiela. Ahora bien, soy del parecer que la cuestión principal es la emergencia de la cuarta revolución industrial –propiciada por una vasta, veloz y versátil novísima tecnología— que está generando un espectacular proceso de innovación y reestructuración de los aparatos productivos y de servicios, cuyos  tiempos ya no coinciden con los ritmos del ciclo económico; una economía global pensada según los cánones neoliberales, ciertamente.  Quedamos, pues, en lo siguiente: la madre del cordero no es la globalización, sino la revolución industrial de esta fase con sus consecuencias de innovación y reestructuración, y de ahí debe partir el sindicalismo confederal desde el centro de trabajo, que llamaremos ecocentro de trabajo, en continua mutación.

Primer aviso: esta observación inicial no está en la mirada de todo el sindicalismo europeo, lo que explicaría –aunque parcialmente--  el repliegue y desorientación desde el inicio de la crisis de 2008, a pesar de las gigantescas movilizaciones que se han dado en todo este periodo. No sólo repliegue sino enclaustramiento de la práctica sindical (y de sus movilizaciones) en cada Estado nacional, y dentro de éste (en algunos casos) la emergencia de brotes nacionalistas.  Es más, lo chocante del caso es que, en todo este largo periodo, el sindicato europeo –agobiado por la crisis y el aprovechamiento que están haciendo las derechas económicas y sus franquicias políticas--  ha puesto en el congelador todo un cuaderno de grandes planteamientos: pongamos que hablo de la negociación colectiva a escala europea, por ejemplo. Más todavía, no es posible retomar la gran cuestión de la Europa social sin la existencia de una negociación colectiva europea, que fue un proyecto del sindicalismo europeo de los años noventa, que sigue celosamente guardado en los archivos esperando quién sabe qué ocasión.   


Primer tranco.


De entrada, el elogio obligado (y justo) al sindicalismo


1.1.-- Desde la legalización de los sindicatos  en España (1977) hasta el estallido de esta gran crisis se ha producido el ciclo de conquistas sociales más importante en la historia de nuestro país, tanto por su amplitud como por su importancia en la condición de vida del conjunto asalariado. Lo digo, sobre todo, porque nobleza obliga. Este «ciclo largo» ha trenzado un notable elenco de bienes democráticos; de un lado, en el terreno más directo e histórico del sindicalismo como es la negociación colectiva; de otro lado, en el novísimo  de los terrenos del Estado del bienestar: sanidad y educación, protección social y derechos sociales dentro y fuera  del ecocentro de trabajo. Además, la novedad ha estado en que estas materias eran patrimonio exclusivo de la acción política de los partidos: los sindicatos deben preocuparse sólo (decían enfáticamente los partidos, incluidos los de izquierdas) sólo de los salarios y la reducción de la jornada laboral. Ese no fue el camino que siguió el moderno movimiento sindical español, que nunca aceptó esta artificiosa división de funciones. De modo que en el abandono de esa ropa vieja (la supeditación del sindicato a unos u otros partidos) está una de las claves más brillantes y eficaces de ese almacén de bienes que se han conseguido durante el «ciclo largo».  En el epistolario de Bruno Trentin se encontró una carta que Trentin dirigió a Palmiro Togliatti el 2 de febrero de 1957. En ella el sindicalista responde a Togliatti sobre una intervención en el  Comité Central del PCI. El secretario general comunista afirmó que «no correspondía a los trabajadores tomar iniciativas para promover y dirigir el progreso técnico» y que «la función de propulsión en torno al progreso técnico se ejerce únicamente a través de la lucha por el aumento de los salarios». Trentin no está de acuerdo y le escribe a Togliatti:  «Francamente, nosotros pensamos que la lucha por el control y una justa orientación de las inversiones en la empresa presupone en muchos casos una capacidad de iniciativa por parte de la clase obrera sobre los problemas relacionados con el progreso técnico y la organización del trabajo, intentando quitar al patrón la posibilidad de decidir unilateralmente sobre la entidad, las orientaciones, los tiempos de realización de las transformaciones tecnológicas y organizativas». [Citado por Iginio Ariemma en http://theparapanda.blogspot.com.es/2014/08/guia-de-lectura-de-la-izquierda-de.html]

Aclaremos: ese «ciclo largo» ha tenido una tensión que ha hecho posible la acumulación de tantos bienes democráticos: la búsqueda de la personalidad independiente y autónoma del sindicalismo de todas las tutelas externas, de todos los intereses que desde fuera le encorsetaban y, no sería exagerado, decir que le constreñían.  Estas conquistas se han dado en casi la mitad de tiempo de lo conseguido en Europa tras la Segunda guerra mundial. Sin embargo, tengo para mí que, desde el propio sindicalismo confederal, no se ha valorado, durante el recorrido de dichas realizaciones, la acumulación de tantos bienes democráticos. Creo que hay dos explicaciones de la ausencia de dicha valoración. Una, se ha dado más importancia –rayana en la mitomanía de los conflictos— a las luchas que a las consecuencias positivas de esas luchas; es decir, no se ha visto la relación entre movilización y conquistas sociales; de ahí que el sindicalismo, en tanto que «sujeto reformador», como hemos dicho en otras ocasiones, haya quedado diluido. La segunda explicación está en la existencia de un alma en el sindicato que parece entender lo conseguido para los trabajadores en clave de «caridad» y no de conquistas sociales.

Las consecuencias, o al menos algunas de ellas son: los trabajadores no han sido educados, desde las filas del sindicalismo, como los sujetos principales de tales conquistas, y el propio sindicato todavía no ha sido lo suficientemente consciente de su capacidad de dirección y coordinación, de su personalidad como «sujeto reformador». Un botón de muestra: ¿en qué convenio colectivo se ha hecho la crónica de esa negociación, de su conflicto y la valoración de los resultados? Desde luego, lo que ha prevalecido oralmente es la épica de las luchas, pero no la conclusión de ese trayecto. En definitiva, no pocos trabajadores, en el mejor de los casos, han visto con claridad la relación entre el protagonismo reformador del sindicato y la consecución de ese importante elenco de conquistas. Lo que tendría una conclusión evidente: los niveles de afiliación no guardan relación con la importancia de lo conseguido. 

1.2.--  En este «ciclo largo» (1977 – 2008) se ha producido un giro copernicano en las relaciones intersindicales: pasada una primera etapa de gresca y mutuos sectarismos se ha ido concretando una rica experiencia de unidad de acción. Soy del parecer que aquí está la madre del cordero de lo alcanzado en el «ciclo largo». Vale la pena señalar que tan prologada fase de unidad de acción ha sido construida no en base a criterios ideológicos sino en la práctica diaria, poniendo siempre en primer plano coincidencias y objetivos. Ni qué decir tiene que la fuente de esta unidad ha sido el itinerario de los sindicatos en busca de su personalidad independiente. En todo caso, entiendo que se han llegado a unos niveles que se acercan a la construcción de un sindicato unitario.  Alguien dijo que  «la unidad sindical no es solamente un instrumento sino un valor tan relevante como los objetivos que queremos alcanzar», y desde luego dio en el clavo.

1.3.--  Existe ya una densa literatura sindical sobre  hasta qué punto las derechas políticas y económicas –con sus franquicias de toda laya--  arremeten contra los sindicatos haciendo del conflicto social una cuestión de orden público y de la huelga un problema de código penal. Primera consideración: en todo nuestro largo recorrido nunca nos fueron fáciles las cosas; segunda, si fuéramos un sujeto cooptado, compadre acrítico de los cambios y transformaciones, nos jalearían, pero perderíamos el consenso del conjunto asalariado desde el ecocentro de trabajo. 

1.4.--  Por otra parte, es destacable la intuición difusa en el mundillo sindical de la necesidad de proceder a una refundación o repensamiento del sujeto social. Precisamente en esa dirección se orienta este trabajo –un largo ejercicio de redacción sin otras pretensiones— cuya voluntad es echar una mano. Así pues, intentaré desarrollar someramente la gran mutación que se ha producido, que no ha hecho más que  empezar y el nuevo enfoque sindical que, en mi opinión, se requiere. Un enfoque radicalmente nuevo en torno al nuevo paradigma, la personalidad del sindicalismo confederal con relación a sus paredes maestras: la contractualidad y los instrumentos de la representación sindical.  Son unos problemas que acucian al sindicalismo español y, por supuesto, con grados diversos al movimiento sindical europeo.   


Segundo tranco 


Los rasgos más relevantes del nuevo paradigma


2.1.--  Siguiendo las investigaciones de Bruno Trentin, especialmente las de su «libro canónico» La ciudad del trabajo podemos convenir que el fordismo (no así el taylorismo) se está convirtiendo en pura herrumbre en los países desarrollados.  El fordismo fue esencialmente un sistema de organización de la producción que, junto al taylorismo, logró imponer un tipo determinado de sociedad, que ha recorrido todo el siglo XX. La caída de este sistema determina la desaparición –repetimos, en los países desarrollados--  de una forma de trabajar, unas relaciones sociales y una nueva geografía del trabajo completamente distintas. La permanente revolución de las fuerzas productivas, basadas en las novísimas tecnologías de la información, en un mundo globalizado, han provocado un nuevo paradigma: un ecocentro de trabajo en constante mutación, donde lo nuevo queda obsoleto en menos que canta un gallo. Se trata, pues, de un proceso de innovación y reestructuración gigantesca de los aparatos productivos, de servicios y del conjunto de la economía. Este proceso podemos decir –incluso con cierta indulgencia--  ha pillado con el pie cambiado a la izquierda social y al conjunto de la política. No sólo en España, también en Europa. Hablando con recato, se diría que los sujetos sociales y políticos han estado distraídos.

En paralelo a este proceso irrumpe enérgicamente la globalización y la interdependencia de la economía. Sin embargo, en esta metamorfosis (la innovación-reestructuración en la globalización) el sindicalismo y la política de izquierdas mantienen su quehacer y «la forma de ser» como si nada hubiera cambiado. Cambio de paradigma, pues, excepto en los sujetos sociales y políticos, que siguen instalados en las nieves de antaño. Este desfase es, en parte, responsable de que (por lo menos en el sujeto social) se tarde en percibir que se estaba rompiendo unilateralmente –primero de manera lenta; después abruptamente--  el compromiso fordista-keynesiano que caracterizó el «ciclo largo» de conquistas sociales, especialmente los derechos en el centro de trabajo y la construcción del Estado de bienestar. He repetido hasta la saciedad que el objetivo neoliberal era el siguiente: proceder a una «nueva acumulación capitalista» para sostener una fase de innovación-reestructuración en la globalización de largo recorrido al tiempo que se rocede a una potente «relegitimación de la empresa», como ya dijera, hace años,  un joven Antonio Baylos en Derecho del Trabajo: Modelo Para Armar.   De ahí las privatizaciones y la eliminación de controles; sobran, pues, en esa dirección tanto la Carta de Niza  (diciembre de 2000) como, en España, el acervo de conseguido durante el «ciclo largo». Este y no otro es el objetivo central de las diversas entregas de la llamada reforma laboral. Dramáticamente podemos decir: los intelectuales orgánicos de las diversas franquicias de la derecha aprovecharon el cambio de paradigma, mientras la izquierda estaba en duermevela o bien –como critica Alain Supiot--  entendió que frente a la ruptura del pacto fordista-keynesiano sólo cabían planteamientos paliativos.


Vale la pena decir que el sindicalismo confederal español se opuso, y no retóricamente, con amplias movilizaciones de masas, tanto a los estragos de las llamadas reformas laborales como a la desforestación de lo público en terrenos tan sensibles como la sanidad y la enseñanza. Sin embargo, hemos de constatar un hecho bien visible: lamentablemente no ha salido victorioso, y ni siquiera esa partida ha acabado en tablas, aunque en determinas zonas haya conseguido frenar una parte de los estragos. Tras el parón del «ciclo largo» y la imposición de la reforma laboral, dentro y fuera del ecocentro de trabajo, la parábola del sindicalismo ya no es ascendente. Tres cuartos de lo mismo ha sucedido en Europa.

Surge, entonces, la siguiente pregunta: ¿por qué las movilizaciones sostenidas y ampliamente seguidas no consiguieron su objetivo? Como es natural, echarle la culpa a las derechas y sus franquicias no resuelve gran cosa. El problema de fondo está, a mi juicio, en qué responsabilidades propias tenemos nosotros, el sindicalismo confederal, en toda esta historia. O, lo que es lo mismo: ¿qué verificación hacemos de nosotros mismos, eliminando las auto complacencias y la auto referencialidad? Intentaré decir la mía, aunque me cueste la animadversión de amigos, conocidos y saludados.

Si es evidente que existe una relación directa entre el interés del poder privado, empresarial y político, en aplicar autoritariamente los procesos de innovación-reestructuración en la globalización, es claro que dicho poder privado ha inscrito su estrategia –primero, «guerra de movimientos», después «guerra de posiciones»--  en el paradigma realmente existente, esto es, la emergencia que ha sucedido al fordismo. Sin embargo, el sindicalismo ha dado esa batalla con el mismo proyecto y la misma organización de la época de hegemonía fordista. Así las cosas, el sindicalismo plantea una necesaria batalla, aunque ésta –en su proyecto, contenidos y formas organizativas--  se encuentra desubicada del paradigma realmente existente.  Lo que, además, explicaría la pérdida de control sobre los horarios de trabajo y el conjunto del polinomio de las condiciones de trabajo. Concretando: las relaciones de fuerza para ganar se crean en la realidad efectiva; de ahí que, si se está en Babia, el resultado está cantado de antemano.

2.2.--  Podemos afirmar, en todo caso, que en el sindicalismo confederal hay intuiciones en torno al gran cambio que se ha operado tanto en el ecocentro de trabajo como en el conjunto de la economía. Unas intuiciones que, aunque deshilvanadas, figuran en la literatura oficial, esto es, en los informes y documentos congresuales. No obstante, esa literatura oficial (aprobada por amplias mayorías en las grandes solemnidades congresuales) no encuentra eco en la literatura real, a saber, en las prácticas cotidianas de los procesos de negociación colectiva que, como bien afirma  Juán Manuel Tapia, es la «centralidad del proyecto sindical». Sin embargo, esa literatura sigue siendo un ajuar ineficazmente chapado a la antigua, esto es, instalado en la chatarrería del sistema fordista. Que esto es así lo demuestra un problema que viene de lejos. Pongamos que hablo de la batalla por la reducción del horario de trabajo. Habrá que convenir que de esa lucha no hemos salido bien parados. Muy cierto, los empresarios se han opuesto a sangre y fuego. Pero, ¿cuáles son nuestras propias responsabilidades en ello? Pocas o muchas deben analizarse. Y, en esa dirección, me pregunto: ¿no será que, debido a nuestra desubicación del nuevo paradigma, hemos hecho un planteamiento como si todavía estuviéramos en un campante fordismo? ¿No será que una reivindicación necesaria y justa como ésta se ha llevado a cabo al margen de la realidad de las gigantescas transformaciones en curso? Más todavía, ¿no es cierto que, por lo general, concebimos la reducción de los horarios de trabajo también al margen del resto de las variables de la organización del trabajo y como si fuera una «variable independiente» de todas y cada una de ellas? Instalarnos, pues, en que la responsabilidad es de nuestras contrapartes empresariales, sin ver las nuestras, dificulta --¡y de qué manera!--  salir de ese laberinto. 

En resumidas cuentas, no habrá refundación del sindicato –así en España como en Europa--  si nuestra praxis no se orienta, al menos, en estas dos direcciones: la comprensión de que el fordismo es ya pura herrumbre y, en consecuencia, urge que los contenidos reales de los procesos negociales sean la expresión de la transformación de este, y no otro que ya murió, paradigma de la innovación-reestructuración global e interdependiente. La hipótesis es, pues, la siguiente: sólo en este paradigma actual puede el sindicato remontar su parábola que hoy es descendente; sólo en el paradigma actual se puede intervenir en la crisis de representación  y de eficiencia en la que nos encontramos; y sólo en ese paradigma se puede crear, gradualmente, una nueva relación de fuerzas que nos sea favorable. Y, más todavía, sólo en ese paradigma, que es global e interdependiente, puede el sindicalismo iniciar la remontada. Lo que implica tirar por la ventana toda práctica de enclaustramiento sindical en cada Estado nación y, a la par, evitar las derivas parroquianas de la emergencia de algunos nacionalismos.   


Tercer tranco

Avanzando propuestas: «el Pacto social por la innovación tecnológica»

3.1.-- Comoquiera que hemos estado sosteniendo que el sindicalismo confederal está desubicado del nuevo paradigma, que por pura comodidad llamaremos postfordista, es de cajón exigirle que diseñe una primera aproximación a un proyecto capaz de incluirlo en esta gran transformación. Ya hemos referido que, aunque deshilvanado e incompleto, en ciertos materiales congresuales hay determinadas pistas, ciertos indicios por donde se debe empezar es construcción. Advirtamos, de entrada, que un proyecto no es un zurcido de retales dispersos: es, digámoslo así un «texto», que debe verificarse diariamente y dónde todas sus variables deben ser compatibles entre sí. Un texto, además y sobre todo, donde quede clara la función principal. Sin más dilación planteo que esa función principal debe ser la cuestión tecnológica. Y, más concretamente, algo que ya abordé hace años: en http://alametiendo.blogspot.com.es/2011/07/pacto-social-por-la-innovacion.html y en http://elpais.com/diario/2003/04/25/catalunya/1051232840_850215.html. Entiendo que, para lo que deseo proponer, los considero plenamente vigentes. Se trata de entrar en una fase de largo recorrido que llamo el «Pacto social por la innovación tecnológica». Me interesa decir que este planteamiento no sólo es válido también para el sindicalismo europeo sino que debe ser su elemento central. Desde luego, entiendo que para el sindicalismo español es el camino para: reconstruir las consecuencias de la crisis económica, trascender la reforma laboral y sus efectos y, finalmente, resituar al sindicalismo en esta fase de innovación-reestructuración.  

Antonio Gramsci dejó dicho que «El movimiento histórico nunca vuelve atrás y no existen restauraciones in toto» [El cesarismo en Política y sociedad. Ediciones Península, 1977]. De esta idea gramsciana deducimos que, tras la salida de la crisis, sea cual fuere la forma que adopte dicha salida, no se volverá a la situación anterior a la reforma laboral, porque esta no se concibió ni se puso en marcha en función de la crisis económica. El sindicalismo, pues, tendrá que reconstruir no restaurar. Una reconstrucción que será gradual y, posiblemente, de una gran complejidad. 

Aclaro: este Pacto social por la innovación tecnológica no se refiere a un momento puntual, esto es, de una negociación convencional análoga a lo que hemos conocido como políticas de concertación. Es, más bien, un itinerario que pone en el centro de sus preocupaciones y reivindicaciones el hecho tecnológico. Ese largo recorrido no se circunscribe, sólo ni principalmente, a los acuerdos “por arriba” sino que pone en marcha un entramado extendido a todos los sectores y territorios, a todos los ecocentros de trabajo. En este nuevo eje de coordenadas, el sindicato tiene la oportunidad de ajustarse las cuentas a sí mismo. Me explico, hemos hablado en otras ocasiones de hasta qué punto el fordismo y el taylorismo colonizaron a las organizaciones sociales (también al conjunto de la política). Pues bien, interviniendo en el hecho tecnológico, en los procesos concretos de innovación-reestructuración global, cabe la hipótesis de que en ese recorrido lago del pacto social por la innovación tecnológica, el sindicalismo no sólo conteste el abuso sino el uso de la organización del trabajo. Ya nos hemos referido en otras ocasiones que, bajo el fordismo y el taylorismo, sólo contestamos el abuso. Más todavía, lo que estamos planteando no se refiere a una actitud pasiva frente al hecho tecnológico, esto es, en no obstaculizar el avance técnico, sino especialmente en una actitud activa con un esfuerzo inédito por anticipar las repercusiones del progreso técnico.

Más todavía, a partir de este (itinerante) pacto por la innovación tecnológica cabe la hipótesis de construir una honda reforma del Estado de bienestar de nuevas características. A saber, eliminando gradualmente su carácter de resarcidor en aras a abrir oportunidades inclusivas.
3.2.--  Ahora bien, este planteamiento que intenta, ordenada y gradualmente, poner el sindicato patas arriba requiere, a mi entender, estos grandes desafíos: uno, ya dicho, interpretar adecuadamente los procesos reales que se desarrollan en los ecocentros de trabajo, viendo lo que va surgiendo y lo que desaparece; dos, intervenir decididamente en la organización del trabajo; tres, proponer los derechos propios de esta fase tecnológica; y cuarto, señalar con qué amistades preferentes vamos a caminar en tan largo recorrido. Vayamos por partes.

No basta, sin embargo, interpretar adecuadamente los procesos reales, es fundamental que esa interpretación con punto de vista fundamentado se encarne en praxis, tenga su fisicidad propia a la hora de la negociación difusa que estamos planteando. O, lo que es lo mismo, hay que pasar de la literatura oficial a la real: la real es la que se concreta  en la plataforma reivindicativa y, tras los lógicos meandros de la negociación, llega a su punto de conclusión.

Entiendo que es preciso superar que el dador de trabajo tenga todo el poder a la hora de fijar la organización del trabajo. En ese sentido es fundamental que se proponga el instrumento de la «codeterminación»; si se lee e interpreta adecuadamente se verá que no estamos hablando de la cogestión que, a mi entender, ni está ni afortunadamente se la espera. Entendemos la  cotederminación  como  la fijación negociada, como punto de encuentro, entre el sujeto social y el empresario, anterior a decisiones "definitivas" en relación, por ejemplo, a la innovación tecnológica, al diseño de los sistemas de organización del trabajo y de las condiciones que se desprenden de ella. A mi juicio, la codeterminación es el derecho más importante a conseguir en el centro de trabajo. Para ello, lógicamente, se precisa una reforma de algunos artículos del Estatuto de los Trabajadores. Mientras tanto, debería ser el centro de todas las plataformas reivindicativas. Más todavía, mediante la intervención sindical en todo el polinomio de la organización del trabajo cabe la posibilidad de ir eliminando todo lo que queda del taylorismo –recuérdese que hemos hablado de la defunción del fordismo, pero no del taylorismo que sigue vivo y coleando— en el centro de trabajo innovado.

Así pues, la codeterminación presidiría el elenco de derechos propios de esta fase, junto a todos los relativos a los saberes  (incluidos los profesionales) y el conocimiento. Entendemos los «saberes profesionales» de esta manera: la unión de dos dimensiones complementarias: la del “saber” en su acepción más amplia, constituida por elementos de teoría, práctica, modalidades de relaciones, modelos éticos de referencia y sistemas de valor y la dimensión “profesional”, constituida por competencias necesarias para el ejercicio de determinadas actividades en uno o más ámbitos. De esta definición de los saberes profesionales llegamos a una propuesta: la necesidad de elaborar un Estatuto de los Saberes.  Este Estatuto sería la conclusión de  una estrategia global de redistribución del acceso a los saberes y a la información, democratizando la revolución digital y tecnológica. Lo que tiene su máxima importancia en estos tiempos que necesitan que el sindicalismo (y la política) valoren el capital cognitivo en todas sus intervenciones; una batalla a la que, lógicamente, hay que implicar a los poderes públicos. Y comoquiera que no hay batalla sin su correspondiente grito mediático, propongo el siguiente: «Más saberes para todos». A grandes rasgos podrían ser: a) la formación a lo largo de todo el arco de la vida laboral,  que ya hemos citado; b) enseñanza digital obligatoria y gratuita; c) acceso a un elenco de saberes por determinar; d) años sabáticos en unas condiciones que deberán ser claramente estipuladas. Se trataría de un proyecto cuya aplicación se orientaría a todo el universo del trabajo. 

Estamos hablando de un proyecto que sirve para incluir la formación, el conocimiento y los saberes –en palabras de Marx, el general intellect— en el actual paradigma, orientado a la autorealización de cada trabajador y a  la humanización del trabajo, a la racionalidad y eficiencia del ecocentro de trabajo. Vale la pena traer a colación las palabras de un alto manager de Volkswagen a mediados de los años noventa: «Ahora entramos en una fase de transición y de turbulencias que durará diez años  y que lo cambiará todo. ¿Cómo es posible gobernar este cambio sin una clase trabajadora y su saber hacer y con el  patrimonio profesional  que se ha acumulado en todos estos años? Yo no puedo arrojar a la cesta de los papeles un patrimonio de este género. Con él debo intentar cambiar y transformar la empresa». Lástima que el empresario-masa  y las élites del management no hayan entendido ese mensaje. Han preferido la discrecionalidad autoritaria, incluso a costa de la eficiencia de la  empresa, porque concebían que el actual proceso de acumulación capitalista (al igual que en los orígenes de la primera revolución industrial) había que hacerla sin sujetos alternativos, ni controles democráticos.

Esta batalla debe darla un sujeto extrovertido como lo es el sindicato. Que puede movilizar a un importante batallón del talento (investigadores, científicos sociales, operadores jurídicos…) para --junto a los trabajadores y a modo de los «círculos de estudios suecos»--  proponer un proyecto de humanización del trabajo, liquidando los vestigios del «gorila amaestrado» del que habló con tanto desparpajo el ingeniero Taylor. En este sentido adquiere una importancia considerable la idea que repetidamente plantea nuestro amigo Riccardo Terzi, a saber, que los sindicalistas sean unos «experimentadores sociales», no sólo en las cuestiones organizativas sino en todo el quehacer del sujeto social en la relación entre ciencia, técnica y organización del trabajo. 


4.--  La forma sindicato y la representación


De hecho, la casa sindical tiene los mismos planos que proyectamos tras la legalización en 1977, a pesar de los grandes cambios –conquistas incluídas en este «ciclo largo»-- que se operan en el ecocentro de trabajo. Nos referimos a la morfología del sindicato y a su representación. La primera observación que se deduce de todo lo anteriormente dicho es que lo que nos pareció válido hace treinta y siete años ahora he envejecido considerablemente. La nueva geografía del trabajo, que ha ido cambiando espectacularmente a lo largo de estos 37 años, tiene que ver muy poco con la de aquellos entonces cuando construimos la casa sindical. Vale la pena, pues, pararnos a pensar hasta qué punto nos es de utilidad mantener tan obsoleta morfología sindical.


Ahora bien, el problema central no estriba –sólo ni principalmente--  en el envejecimiento de las formas de representación del sindicato, especialmente en el ecocentro de trabajo. La cuestión está en la afasia, de un lado, entre cambios en el centro de trabajo y el mantenimiento de las mismas formas de representación anteriores a tales mutaciones; y, de otro lado, la inserción plena del centro de trabajo en la globalización mientras las formas organizativas del sindicato –especialmente la representación--  mantienen el carácter típico de los tiempos del fordismo en el Estado-nacional. En concreto: han envejecido y, a la par, se han desubicado de los procesos en marcha de la reestructuración e innovación globales. Este es, por ejemplo, el gran problema de los comités de empresa, a los que debe tanto el sindicalismo español, pero que ahora se han convertido en un freno para representar y tutelar la nueva geografía del trabajo. De ello se ha hablado largo y tendido en   http://theparapanda.blogspot.com.es/2007/02/una-conversacion-particular.html, y a ella nos remitimos.   

Esta crisis de representación que se ha acentuado frente a los cambios, cuantitativos y cualitativos que intervienen a diario en el cuerpo vivo del conjunto asalariado y no sólo en términos de renta y salarios, de profesiones y situación ante el empleo, también en términos subjetivos: presencias culturales diversas, exigencias diferentes y  prioridades individuales distintas que hace tiempo no conseguimos aprehender y, por tanto, representar.  Por ello, me esfuerzo en reclamar que tenemos necesidad de un nuevo modelo organizativo ya que la actual estructura centralista no está en condiciones de captar la complejidad frenética del tejido social.  


5.— La participación como necesidad y derecho

Las estructuras dirigentes del sindicato están legitimadas por el conjunto de los afiliados. La explicación es bien sencilla: las estructuras no se autolegitiman sino que son legitimadas. Esta obviedad, sin embargo, nos interpela a sacar conclusiones. A saber, la «soberanía» del sindicato radica en su base afiliativa y— para determinadas decisiones--  en el conjunto de los trabajadores, estén afiliados o no: http://lopezbulla.blogspot.com.es/2007/12/texto-definitivo-sobre-la-soberania.html   Así pues, los grupos dirigentes gestionan esa soberanía. De ahí que parece conveniente repensar los hechos participativos dándoles un nuevo enfoque en dirección de una práctica, que esté reglada en los textos estatutarios. Nuevo enfoque: reconocer dónde radica la soberanía sindical y estipular de manera solemne que la participación, en consecuencia, es un derecho, además de una necesidad.

Que sea un derecho me parece una consecuencia directa de quién legitima a quién y de nuestro planteamiento acerca de la soberanía. Que es una necesidad merece razonarse adecuadamente.  No sólo, con ser importante, se puede justificar en aras a la democracia deliberativa, también merece que nos refiramos al conjunto de utilidades y propuestas que surgen de toda discusión bien ordenada. Especialmente cuando este orden está precedido de unos textos escritos con claridad. Por ejemplo, propuestas de plataformas de convenio, planteamientos de nuestras contrapartes en relación a mil cosas, que no pueden dejarse a la buena de Dios de la cultura tradicional y fundamentalmente oral del sindicalismo.

Para evitar suspicacias tengo interés en reafirmar que el sindicalismo es una organización democrática. Es más, ahora que estamos ante una cierta mitomanía con las primarias para elegir los primeros dirigentes de los partidos políticos, es bueno recordar que, desde los primeros andares de algún sindicato, las listas para las elecciones sindicales eran confeccionadas sobre la base de unas primarias –no sólo referidas al primero de la candidatura sino al conjunto de los candidatos— que no nosotros llamábamos pre selección. Así pues, habrá que decirles a los mitómanos aquello de «menos lobos, señor cura».

La participación de los trabajadores, hemos dicho de manera reincidente, es un derecho y una necesidad. Al menos hoy no hace falta que nos extendamos en esta cuestión. En todo caso, es obligado que captemos las novedades que el hecho tecnológico ha provocado sobre ese particular en el ecocentro de trabajo innovado. Una de las novedades es la aparición de una curiosa equivocidad: las nuevas tecnologías, que están conformando un ecocentro de trabajo constantemente innovado, interfieren en el interior de éste el estilo de participación de los trabajadores que, por lo general, sigue siendo de matriz fordista; pero, tan vasta panoplia de nuevas y novísimas tecnologías favorece, fuera del centro de trabajo, la participación de los trabajadores, esto es, propicia la emergencia de que los hechos participativos expresen lo que, en los famosos Grundisse, Marx llamó el «general intellect» en beneficio y utilidad de la acción colectiva. Ahora bien,  se trata de una contradicción entre nuevas tecnologías y hechos participativos en el ecocentro de trabajo, sino de una inadecuada forma de hacer participar a los trabajadores en el contexto de la nueva geografía del trabajo. 

 

Hace ya muchos años, a mediados de los noventa, Juan López Lafuente –uno de los dirigentes más perspicaces de Comisiones Obreras--  captó las posibilidades de vincular el hecho tecnológico con una participación informada, activa e inteligente en el ecocentro de trabajo. El relato de la experiencia de López Lafuente es, en apretada síntesis, el siguiente: el comité de empresa de Catalunya Ràdio convoca una asamblea de todos los centros de trabajo, cuyos miembros están desparramados en diversas localidades. ¿Cómo hacer que la participación sea plena, a pesar de la dispersión en tantas localidades? Alguien da en la tecla: aprovechemos todo el instrumental técnico de la empresa.  Y ni cortos ni perezosos convocan la asamblea que se realiza a través de los canales internos de las ondas. «Aquí, Reus, pido la palabra»; «Tienes la palabra, Reus»; «Aquí, Girona, pido la palabra»; «Espérate a que te toque, Girona»… Finalmente, y al igual que en las asambleas tradicionalmente presenciales, nuestro Juan López hizo el resumen del debate y las conclusiones.  Hoy, con los nuevos lenguajes, hablaríamos de «empoderamiento» de la nueva tecnología por parte de los representantes de los trabajadores.  También es destacable la experiencia del personal de la Universidad de Castilla La Mancha: 1.500 trabajadores en cinco campus diferentes, utilizan una plataforma virtual que les  permite debatir problemas, elaborar documentos, adoptar medidas de acción colectiva, quedando de todo ello reflejado en actas de acceso público para todos los miembros de la representación unitaria y en su caso para los propios trabajadores.

 

Es obvio que no se puede extrapolar esta experiencia. No importa. Lo que vale es la imaginación y el resultado alcanzado. Lo que tiene interés es que los representantes de los trabajadores de Catalunya Ràdio transformaron la dispersión de los centros de trabajo en una asamblea ecuménica de nuevo estilo. El hecho tecnológico dejaba de ser una interferencia para convertirse en un acicate de la participación.  Así pues, que el hecho tecnológico signifique un impedimento o un acicate para la participación depende de cómo se inserte plenamente el sujeto social en el nuevo paradigma.

 

No ha sido infrecuente en los sectores de la enseñanza el ejercicio del conflicto de una manera nueva: la simultaneidad de estar en huelga con dar clase en la calle y centros emblemáticos de la ciudad, significando, en opinión del profesor Francisco José Trillo, «una mirada acusadora a cierto desden que niega la posibilidad de experimentar otros vías que hagan clamorosamente visible el conflicto». Ha sido un acto de protesta  que, además, ha conseguido una gran simpatía ciudadana.  

Hay que felicitarse del considerable avance que ha dado el sindicato con su presencia en las redes sociales. Por lo general se concreta en una vasta trama de webs y blogs de secciones sindicales y de dirigentes cualificados. Ahora bien, con ser importante la información que ofrecen –lo que no es poca cosa— de lo que estamos hablando es de la participación. Esto es, de la traducción de la información en participación. Pues bien, dadas las características de las webs y de los blogs podemos afirmar que, sin embargo y a pesar de su importancia, estas redes todavía no están pensadas para provocar la participación. Este, a mi entender, es el reto.

 

Alguien dirá que esta participación no puede substituir a las asambleas y reuniones tradicionalmente presenciales. Vale, eso ya lo sabemos. Pero aquí de lo que se trata es de aprovechar la democracia expansiva que puede generarse a partir de estos medios de nuevo estilo.  

 

Por ello, todo lo que se está planteando en este capítulo se refiere a la necesidad de una mayor acumulación de democracia, de sindicalismo más próximo. En apretada síntesis, a una democracia de nuevo estilo. Por ejemplo, ¿qué impide que exista una mayor acumulación de hechos participativos en momentos tan decisivos como la negociación colectiva? Me estoy refiriendo a los momentos decisivos del convenio colectivo. ¿Acaso es un disparate que, antes de la firma o no del convenio, se proceda a un referéndum que sancione la bondad o no de lo que se ha preacordado? ¿Acaso no es exigible que aquellas organizaciones sindicales que se llenan la boca con lo del «dret a decidir» [el derecho a decidir]  para asuntos políticos empiecen practicando en su propia casa exactamente eso, el derecho a decidir?

En conclusión, la participación –derecho y necesidad— para no ser mera retórica debe tener sus propias reglas con rango estatutario de obligado cumplimiento.  De esta manera se va avanzando en la configuración de un «sindicato de los trabajadores», que no es exactamente igual que un sindicato para los trabajadores como tantas veces he señalado.       


6.--  Sobre el conflicto 


Empecemos por una cuestión que el sindicalismo no parece haber comprendido de manera suficiente: la victoria del conflicto social depende de un conjunto de variables, tales como la justeza de las reivindicaciones, la relación entre formas de movilización y la plataforma reivindicativa, los niveles cuantitativos y cualitativos de la afiliación y el consenso que despierta el sindicato, en tanto que tal, entre el conjunto asalariado. Condición indispensable: que todo ello esté inserto en esta fase que ya, como se ha dicho repetidamente, no es la fordista.  

Históricamente el ejercicio del conflicto se ha caracterizado por un acontecimiento rotundo: si la persona dejaba de trabajar, la máquina se paralizaba por lo general; este detalle era el que provocaba la realización de la huelga. Hoy, en no pocos sectores, la ausencia de vínculo puntual entre el hombre y la máquina (esto es, que la persona deje de trabajar) no indica que la máquina se paralice. Más aún, gran parte de los conflictos se distinguen porque las personas hacen huelga (dejan de trabajar), pero las máquinas siguen su plena actividad. Podemos decir, pues, que la disidencia que representa el ejercicio del conflicto no tiene ya, en determinados escenarios, las mismas consecuencias que un antaño de no hace tanto tiempo. Esto es algo nuevo sobre el que, a nuestro juicio, vale la pena darle muchas vueltas a la cabeza. Parece lógico, pues, que el sujeto social se oriente en una dirección práctica de cómo exhibir la disidencia, promoviendo el mayor nivel de visibilidad del conflicto. En otras palabras, la visibilidad del conflicto tendría como objetivo sacar la disidencia del espacio de la privacidad para hacerla visiblemente pública. En suma, para una nueva praxis del conflicto, apuntamos los siguientes temas de reflexión: 1) el carácter y la prioridad de las reivindicaciones, tanto generales como aquéllas de las diversidades; 2) la utilización de la codeterminación; 3) los mecanismos de autocomposición del conflicto; 4) la utilización de las posibilidades reales que ofrecen las nuevas tecnologías para el ejercicio del conflicto; 5) nuevas formas de exhibición de la disidencia, dándole la mayor carga de visibilidad en cada momento.

Importa hablar de los servicios mínimos. Yo siempre he planteado que quien convoca el conflicto debe gestionarlo con plena independencia y autonomía. De ahí mi rotunda oposición a los servicios mínimos.  Como alternativa a ello me he manifestado reiteradamente a favor de un Código de autorregulación del ejercicio de la huelga. Lo dije en "L´ acció  sindical en els serveis públics", Nous horitzons, Abril 1979 y, entre otros escritos, en  http://www.comfia.info/noticias/37445.html. A este último me remito.

El Código de autorregulación de la huelga sería un especial instrumento para el ejercicio del conflicto en aquellos sectores donde dicho ejercicio afecta directamente a la ciudadanía: enseñanza,  sanidad, transportes, limpieza de las ciudades. Entiendo que las orientaciones generales irían por: 1) proponer una acción colectiva en los sectores públicos que sea la fiel expresión del vínculo entre los asalariados del sector y el conjunto de los usuarios que utilizan los servicios públicos;
2) buscando las alianzas, estables y coyunturales, entre los que van a ejercer el conflicto y los usuarios;
2) lo que es posible mediante unas formas de presión que no provoquen bolsas de hostilidad entre los huelguistas y los usuarios.


7.--  Nuestras responsabilidades como sindicato


He procurado sacar a la superficie toda una serie de cuestiones que, en mi opinión, debe corregir el sindicalismo. Lo he hecho sin pelos en la lengua. Ello, tal vez, provocará algunos zarpullidos en determinadas pieles sensibles. Y quizá algunos dirán que mi ejercicio de redacción no tiene en cuenta los niveles de agresión que recibimos desde muchos sitios. Me limitaré, con una famosa anécdota, a explicar mi atrevimiento.

Como hemos explicado en diversas ocasiones en 1956 la FIOM-CGIL sufrió una severa derrota en las elecciones sindicales de FIAT. Las primeras explicaciones que dieron no pocos dirigentes fueron tan perezosas como vulgares: «La culpa la tiene la dirección de la empresa y el resto de los sindicatos que se han vendido a ella». Pues bien, Giuseppe Di Vittorio –el primer dirigente de la CGIL--  interviniendo en Turín en un salón atestado de gente, habló de esta manera: «Pues sí, la responsabilidad de la dirección de la empresa es grande, pongamos que tiene en ella un 95 %. Nosotros tenemos, pues, un 5% de responsabilidad en esta derrota. Lo que sucede es que nuestro 5 por ciento se convierte ante nosotros en nuestro cien por cien».

Dicho lo cual, la CGIL pasó a una investigación propia de su quehacer en la fábrica. De esa manera, Sísifo remontó la cuesta y la parábola del sindicato empezó a remontar. 


Parapanda, 1 de septiembre de 2014