jueves, 31 de diciembre de 2015

El Diablo creó los números y la CUP hizo el resto.



«Esto es cosa de unas matemáticas diabólicas», exclamó un sorprendido Antonio Baños, tras conocerse el famoso empate de 1515 a 1515 en la asamblea de la CUP. Es una extraña y novedosa idea pues hasta la presente quienes habían relacionado dicha ciencia con lo sobrenatural (los pitagóricos y los cantorianos rusos, entre otros) siempre la vincularon con lo divino, sea esto lo que fuere. De manera que podemos atribuir a Baños una inflexión entre las Matemáticas y lo diabólico. Si ello es una primera explicación a los resultados de la asamblea de marras o no, es cosa que se verá en breve plazo. Y tal vez la decisión final que adopte la CUP –investir a Artur Mas o no--  no será de las Matemáticas del más acá, sino de las del más allá.

En todo caso, Baños reabre un histórico debate, a saber, ¿quién creó los números: Dios, Lucifer o eso que genéricamente se entiende como el hombre?  Leopold Kronecker hizo un síntesis pastelera, posiblemente para guardarse las espaldas: «Dios creó los números enteros; la humanidad hizo lo demás». Ahora bien, si seguimos esta idea podemos convenir en lo siguiente: Dios creó los números y la CUP organizó el empate. Que Lucifer estuviera detrás o no, sólo tiene como creativo valedor a Antonio Baños, que es arte y parte en esa historia.

Por lo demás, en ese debate historicista --¿quién creó el número?--  yo mismo fui testigo de un sucedido en mis lejanos tiempos de estudiante: tuve un profesor, don Miguel Cañadas, seglar, que nos decía que el número era obra de Dios; en cierta ocasión me atreví replicarle que el cura don José Rodríguez afirmaba que los números eran una construcción social. La respuesta de Cañadas fue la que sigue: «Don José Rodríguez, el cura de Santa Fe, ¡ese sí que sabe!». Con lo que nos quedamos a dos velas: no sabíamos si creer a un laico o a un cura de olla que efectivamente sabía más del particular que Henri Poincaré. Pronto llegué a una conclusión, no necesariamente cierta: Cañadas no quería problemas con el arzobispo, y el cura Rodríguez iba por libre: la matemática es una ciencia positiva y racional. O sea, bastantes problemas tiene Dios en torcer el mundo para preocuparse por estas minucias (contrariando a Kronecker)  y  con los males de cabeza que tiene el Diablo en arreglar el mundo ¿por qué se va a meter en esos jardines?, anticipándose a las antipáticas formulaciones de Antonio Baños.

Ustedes se preguntarán a qué viene lo que he dejado escrito. Muy fácil. Hace días el profesor Gregorio Luri publicitó un hermoso libro desde las páginas del Café de Ocata: http://elcafedeocata.blogspot.com.es/2015/12/hoy.html.
Se trata de El nombre del infinito, escrito por Loren Graham y Jean-Michel Kantor, dos reputados matemáticos. Oído cocina: no confundan a Kantor con el celebérrimo George Cantor, padre de la teoría de conjuntos que tantos dolores de cabeza nos dio.

Dicho entre nosotros: recomiendo vivamente la lectura de este libro, que edita El Acantilado. Se trata de las trifulcas entre el misticismo religioso y la creatividad matemática, de las discusiones entre las escuelas francesa y rusa, de las pugnas entre los monjes ortodoxos de los monasterios del monte Athos, en Grecia, a principios del siglo XX con el Zar de todas las Rusias. Que acabó aquello en una escabechina descomunal. Total, que te mantiene en vilo. Más o menos lo mismo que ese vilo que aprieta a Artur Mas en el forro del escroto. Como hipótesis les diré que, mediante este libro, tal vez puedan establecer una conexión entre el misticismo de la política catalana con lo que encarte. 


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