martes, 29 de enero de 2013

EL MOVIMIENTO DE LOS MOVIMIENTOS



Nota editorial. Sigue nuestra conversación en torno a Hundimientos y promesas (2), otro capítulo más del libro de Fausto Bertinotti Las ocasiones perdidas. Tiene la palabra Paco Rodríguez de Lecea.



Habla Paco Rodríguez de Lecea


Por supuesto, querido José Luis, lo que estamos leyendo no es la descripción de un diálogo real sino un artificio bien diseñado que sus protagonistas apenas se molestan en disimular. Danti se comporta como el peón de brega de confianza de Bertinotti:

–¿Ande le pongo el bisho, maestro?
–En los medios, Darío, en los medios. Y luego dejarme solo, que hoy armo el alboroto...

Entonces el capote experto de Danti da salida a la potente metáfora de Tom Benetollo sobre los “lampadieri” medievales (no he querido traducir la palabra por “faroleros”, por el doble sentido del término en nuestro idioma; y “portalámparas” significa decididamente otra cosa), y Fausto se arrima al morlaco y compone una faena de filigrana, llena de belleza y de verdad. ¡Olé, Fausto!

La cuestión sobre dónde colocamos el punto de luz en nuestro camino hacia un cambio de sociedad, no es anecdótica. Hay en el tema de la ‘salida’, bien sea de la derrota histórica a la que alude Fausto, o bien sea de la crisis, como nos ocurre en este momento, dos tareas distintas pero ambas imprescindibles: la primera, reunir la fuerza suficiente, o dicho al modo convencional, la política de alianzas; la segunda, avanzar en la buena dirección, lo que significa establecer un proyecto, fijar unos objetivos y un itinerario adecuado para alcanzarlos. «Quien no cata los fines, fará los principios errados», decía el consejero Patronio al conde Lucanor. Fausto nos dice lo mismo, y recuerdo que nuestro Isidor Boix también hizo una observación parecida, en respuesta a Miquel Falguera, en unos trabajos publicados hace muy poco en este blog. Esa es la razón por la que sigue siendo necesaria, entre las instancias del poder político y las iniciativas que surgen de la sociedad, la mediación de los partidos. O como dice Fausto en su texto, de la “subjetividad político-partidaria”.

¡Qué empresa descomunal describe Fausto en relación con aquella “ocasión perdida” en el año 2001! Rifondazione, dice, habría tenido que disolverse para recomponerse como una especie de columna vertebral del movimiento de los movimientos, para dar solidez, experiencia y coherencia a aquel magma, para guiarlo y protegerlo de tropezones y encontronazos en su camino hacia la madurez. Para servirle de lampadiere, piensa irresistiblemente el lector, atraído por la fuerza de la metáfora. Es fácil ironizar sobre esa pretensión, y yo no voy a hacerlo. Me importa más detenerme en el meollo de la propuesta.

Es cierto que la izquierda asentada, vincente en la expresión de Trentin, se situó escrupulosamente al margen de los movimientos. Hubo incomprensión, recelo, vacío en las relaciones entre ambos. Es cierto que esa situación condujo a la larga al fracaso de unos y otros, y a la victoria desatada, terriblemente tóxica, de la derecha global neoliberal. Los partidos políticos y en buena parte también los sindicatos funcionaban –y siguen funcionando, ni el menor atisbo de rectificación en ese sentido– desde un sólido principio jerárquico en el que las ideas y las consignan circulan predominantemente de arriba abajo, se difunden desde la cúpula hacia la base. Los movimientos lo hacían, y también siguen haciéndolo, a partir de una organización horizontal, de base, con una red organizativa amplia y muy laxa. Sus antenas están pegadas al terreno, detectan a la perfección los movimientos telúricos del subsuelo, reaccionan con rapidez, son ágiles en la convocatoria. Pero el poderoso impulso que son capaces de generar puntualmente se agota pronto por falta de estructuras estables capaces de sostener y dar continuidad a las acciones.

Son esas estructuras las que Fausto piensa que pudo aportar su formación, entre 2001 y 2003, al movimiento de los movimientos. Cambiar la forma-partido haciéndola más flexible y polimorfa, más participativa también, para encauzar y dar mayor persistencia en el tiempo a la acción de los movimientos. Falló entonces, dice Fausto, la “conexión sentimental”, y se frustró la posibilidad de nacimiento de un nuevo sujeto político, un partido movimientista, libre de la disciplina férrea de los partidos tradicionales, y también de las carencias derivadas de la espontaneidad efímera de los movimientos.

Nadie puso ese tema en el orden del día entonces, dice Fausto, pero eso no significa que no fuera necesario. Alguien tendría que ejercer la función de lampadiere, tantear una senda inexplorada y dar pasos un poco a ciegas para alumbrar el camino a los que se animaran a seguir detrás. No faltarán escépticos que sostengan que una operación de ese tipo está destinada al fracaso. A mí me parece que valía la pena entonces, y sigue valiendo la pena ahora, intentarlo, a la vista de cómo está el panorama general. En el peor de los casos Fausto podría haber dicho, como Don Quijote en respuesta a las burlas que recibió después de emprender la portentosa aventura de Clavileño: «Nadie podrá quitarme la gloria del intento.» Paco.


Querido Paco, comparto el contenido de tu comentario. Ello significa, claro está, que me encuentro cómodo con los planteamientos que hace, en este capítulo, nuestro amigo Fausto Bertinotti. Quisiera, por otra parte, detenerme un momentito en algo que nos dice Fausto con la franqueza que le caracteriza: «Antes que nada, hemos de reconocer que la izquierda radical no posee la masa crítica suficiente para asumir la suplencia de la izquierda moderada y mayoritaria en Europa…»  Está hablando de la fase actual, desde finales del siglo XX hasta nuestros días. Pero lo cierto es que esa misma situación se ha dado a lo largo del siglo XX. No es necesario recurrir a Bruno Trentin para constatar ese dato.

Desde luego, este no era tal vez el momento para que Fausto nos explicara el por qué de esa carencia de “masa crítica” de la izquierda radical para suplir a la izquierda moderada. Pero el caso es que nunca nos ha explicado qué piensa al respecto. Lo digo porque he leído su abundante literatura política y ensayística y me he quedado con las ganas de saber a qué se debe que la izquierda radical ha tenido y (todavía) tenga menos perímetro que la moderada.

Por lo demás, me parece que Fausto “se impacienta”, aunque tenga motivos para ello. Al final de este capítulo nos dice que «el movimiento de los movimientos ha sido premonitorio y ha ejercido una crítica eficaz de las grandes injusticias llevadas a cabo por la globalización neoliberal, pero no ha conseguido poner en pie una real y auténtica alternativa de sociedad. Por lo tanto, hemos de hablar de otra ocasión perdida.» Cuando habla de que eso ha sido otra ocasión perdida ¿está dando a entender que pensaba que dicho movimiento de movimientos podía construir, a las primeras de cambio, una real y auténtica alternativa de sociedad?  ¿En tan poco tiempo y sin relación con la política?  Así pues, francamente me parece una exageración afirmar que, también ésta, fue una ocasión perdida.

Mis saludos, JL  
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domingo, 27 de enero de 2013

NEOLIBERALISMO CARPETOVETÓNICO, NEOLIBERALISMO CATALÁN


Catalunya registra ahora el mayor número de parados de su historia. Sin embargo, la situación política está monopolizada por el tema del derecho a decidir su relación institucional con España. O lo que es lo mismo: la cuestión social está fagocitada por la politique politicienne.  Mientras tanto, el gobierno de la Generalitat, aprovechando que el Besós pasa por Sant Adrià, pone en marcha un conjunto de medidas que (como en el caso del troceo del Institut Català de la Salut) significa una especie de pasaporte para el tránsito hacia la privatización o –como sostiene Lluís Casas--  “a ser colonizado por las empresas multinacionales o simplemente inversoras”.  Pregunto: ¿no había figurado en los pactos públicos entre CiU y Esquerra Republicana de Catalunya algo así como el freno a esas privatizaciones? ¿O es que hay algunas cláusulas, secretas o reservadas, que estipulan la contrario? Pregunto otra vez: ¿qué énfasis está poniendo la izquierda política y la izquierda social en contra de todo ello?

Y, mientras se está dando esta situación –el mayor número de desempleados de la historia de Cataluña y en ese contexto de cambio de metabolismo de la sanidad catalana--  sigue la pertinaz y autoritaria reestructuración de los aparatos productivos en las empresas que tienen sus instalaciones en Cataluña? Pongamos que hablo de Nissan, que es sólo un ejemplo entre tantos. ¿Dónde está la propuesta de la izquierda política y social de Cataluña? ¿Dónde se encuentra su capacidad de intermediación política que pueda ayudar a quienes, en los centros de trabajo, defienden sus nobles intereses?

Digamos las cosas por lo derecho: la izquierda política (y en otro orden de cosas, la izquierda social) está atrapada en la revolución pasiva –de gramsciana factura-- que lidera la derecha nacionalista y sus proveedores. La revolución pasiva entendida así: el proceso político, social y cultural, cuya dirección está en manos conservadoras.

Cierto, el choque entre las derechas políticas (Partido popular y CiU) tiene una importante componente sobre, dicho de manera esquemática, el modelo de distribución de los poderes en España. No hace falta decir que se trata de una áspera batalla que viene de antiguo. Pero ambas derechas están empeñadas, y eso les une, en la exportación del modelo neoliberal norteamericano, que en nuestro país tiene menos controles y más impudicia. Un modelo que se va implantando, además, de la mano de una turbia promiscuidad entre el dinero y la política. Ahora bien, existen percibo ciertos contrastes en el neoliberalismo español: el que podríamos denominar de matriz carpetovetónica con un personal toque chusquero –el que está poniendo en marcha el Partido Popular--  y el de matriz académica de los proveedores de la derecha catalana. Ambos se orientan a romper las cuadernas del arca de Noé, ciertamente. El primero lo hace de manera prusianamente cuartelaria; el segundo en clave de power light, en el sentido que le da Joseph S. Nye. Es decir, el PP intenta su operación, podríamos decir, manu militari; la derecha catalana lo hace a través de oro, incienso y mirra donde cada cosa de estas tres tiene su propio cometido con el objetivo de cooptar sujetos sociales.  El primero arremete cual fiel espada toledana; el segundo intentando diluir el conflicto social e, incluso, mistificándolo, es decir, publicitando indecorosamente que es un apoyo al liderazgo de Artur Mas.  

Ahora bien, ¿en qué coinciden? En algo que, para otro menestar, dice el profesor  Juan Laborda: “en que las políticas que nos están imponiendo [los neoliberales]  son pura ideología y no economía” (1).   Sin embargo, el carácter de uno y otro neiliberalismo (y, sobre todo, su puesta en funcionamiento) tiene sus diferencias. Pero eso lo dejaremos para otra ocasión. No conviene agobiar demasiado a quien tiene la amabilidad de leer ese ejercicio de redacción. 

(1) LAS FALSEDADES DE LA ORTODOXIA NEOLIBERAL, publicado en el blog hermano Ciudad Nativa.




sábado, 26 de enero de 2013

VIOLENCIA Y NO VIOLENCIA

  


Nota editorial. Seguimos pegando la hebra Paco Rodríguez de Lecea y un servidor, ahora en torno a Hundimientos y promesas (1)




Querido Paco, debo decirte que me gustan las respuestas de Fausto Bertinotti al amigo Dario Danti. Es más, entiendo que Fausto eleva la discusión a cotas que, hasta donde yo sé, me eran desconocidas. Ya ves, en este tema de la violencia yo había estado bastante distraído desde siempre. Lo diré sin ambages, nuestro hombre atina y lo hace de una manera sobria. 
    
Lo primero: la humildad responsable de Fausto cuando reconoce que sobre determinados asuntos “no sabe”. Lo que no deja de ser una anomalía, ya que la mayoría de los dirigentes políticos parecen ser un almacén de conocimientos que van desde su oficio hasta los más aspectos más intrincados de la física cuántica pasando por la reproducción del ganado caballar en los Apalaches. En esta ocasión me refiero a al no sabe sobre determinados aspectos de la conducta humana. Por otra parte, su no saber lo relaciona con las limitaciones de la política, que no es, en su opinión, la política no es omnipotente, “no es ilimitada ni lo abarca todo; por el contrario, la alta política es la que acepta el límite para ella misma, incluso porque asume el hecho de que el hombre es un ser limitado”. Como debe ser.  Desde luego, tendremos que convenir que el nivel de lecturas de, al menos nuestra clase política doméstica, es baste precario.

Lo segundo: hay un giro conceptual y lingüístico en Bertinotti al final de este capítulo. Tras la experiencia de Génova 2001, y situándose ya en la perspectiva, ya no habla de movimiento anti globalización sino de movimiento alterglobalización. El giro no es irrelevante. De negar la globalización se pasa a construir otra globalización: otro mundo es posible.

Por último, sólo tengo un contraste con Fausto. Concretamente cuando dice que ese movimiento “es el primer movimiento posnovecentista que puede abrir una brecha tras la derrota histórica del movimiento obrero. Después de la respuesta que se dio a la Cumbre de Seattle en 1999, el movimiento y sus razones se expandieron por todo el planeta (las cursivas son mías). Me parece que la expresión –derrota histórica (sconfita storica)--  es desproporcionada. En primer lugar, por lo caballuno del término; y, en segundo lugar, porque la derrota, dicha de ese modo, da la sensación de que es definitiva.

Bueno, de todas estas cosas hablaremos el sábado largo y tendido. Mientras tanto, como decía el gran Anselmo Lorenzo, tuyo en la Idea. JL 


Habla Paco Rodríguez de Lecea

Derrotas históricas, querido José Luis, el movimiento obrero ha sufrido muchas, incluso sonadas. Yo intuyo que cuando Fausto habla de ‘la’ derrota histórica, la derrota digamos por antonomasia, se está refiriendo al derrumbe del socialismo real, a la desaparición de la URSS del mapamundi.

Y es cierto que, aunque el movimiento obrero en el mundo sigue activo y capaz por consiguiente de acumular nuevas derrotas en su currículum, aquel acontecimiento ha marcado una divisoria, un antes y un después en muchos aspectos cruciales. En las coordenadas geopolíticas, por supuesto, pero también en otras facetas más sutiles del modo de ser de las izquierdas. Uno de los valores que han emergido con fuerza es el del pacifismo. Hoy es un elemento incluido con entera naturalidad en cualquier manual de cambio social, revolucionario o no. Supongo que eso ha ocurrido a partir de que incluso los más recalcitrantes tomaron conciencia de que nunca iban a ver aparecer los tanques rusos por los pasos pirenaicos; porque no hace tanto tiempo que Gandhi, al que Fausto recuerda con respeto, nos lo vendían como un bobo iluso y desfasado.

La terrible hecatombe de las torres gemelas ha dejado al descubierto también las falacias implícitas en posturas como la de Sartre en torno al terrorismo. La violencia terrorista puede ser explicada y comprendida racionalmente, pero no justificada. Por muchas razones, pero en primerísimo lugar porque la espiral agresión - reacción tiene un efecto paralizador en la conciencia de las personas y acaba por representar un retroceso para los esfuerzos emancipadores. Fausto lo señala con razón al referirse al nivel unitario y combativo alcanzado por el movimiento alternativo a la globalización en Génova 2001, y a cómo la voladura de las torres apenas unos meses después no sólo abrasó aquellos ‘brotes verdes’ sino que dio la excusa idónea al imperialismo para llevar la guerra y la destrucción a Irak y Afganistán, con la adhesión explícita o implícita de muchas gentes de buena fe que meses antes se habrían opuesto rotundamente.

El punto más problemático del razonamiento de Fausto lo encuentro yo en la naturaleza y el posible crecimiento y desarrollo de los ‘brotes verdes’ aludidos. ¿Eran capaces de verdad aquellas plataformas, por sí solas, de abrir una brecha en el sistema global neoliberal? De paso, ¿qué hemos de entender por ‘abrir una brecha’, igual que por tantas otras metáforas que utilizamos cada día tomadas del léxico militar (tomar la ofensiva, asaltar una trinchera o las casamatas, emprender una retirada estratégica, etc.), desde el momento en que nos declaramos pacifistas y preconizamos la no violencia? Y más allá de cuestiones léxicas, si el movimiento obrero ya no es un elemento significativo en el tablero de juego, ¿cuáles son las fuerzas concretas que han de cambiar la sociedad existente, y qué política de alianzas es posible establecer entre ellas?

Pensaba en estas cosas la otra noche mientras visionaba la rueda de intervenciones que ofreció Radio Parapanda, promovida en Sevilla por el blog En campo abierto, sobre las soluciones de la izquierda a la crisis. Debo decir para empezar que me habría gustado que las tres opciones políticas participantes se hubieran puesto de acuerdo previamente entre ellas para ofrecernos un programa unitario coherente. Presentar cada cual su receta particular no es, creo yo, de recibo en esta coyuntura, y puede tener un tufillo electoralista. Después, la reivindicación enfática de la política no deja de ser un gesto vacío. Política lo es todo, el hombre es un animal político según dejó dicho Aristóteles hace ya un montón de años, y uno no puede evitar la sensación de que quienes hablan así en el vídeo lo que de verdad reivindican no es la política sino la figura del político profesional, por un lado, y la labor de los partidos políticos por otro. Ahora bien, si no abordamos la salida de la crisis desde una reconsideración a fondo de nuestro propio modo de estar en la izquierda y de los errores, deslices y desventuras que nos han llevado paso a paso a la posición nada envidiable en la que nos encontramos, las recetas para la salida de la crisis serán voces en el desierto.

Vuelvo a la cita de Foa que me pareció importante incluir en mi anterior intervención. No sólo Vico, también la experiencia nos dice que el mejor programa de salida a la crisis que podamos elaborar no se realizará nunca, o se realizará de un modo distinto y a veces contrario a como fue previsto. Pero eso es algo que debemos dejar en manos de la historia. La política es otra cosa, ya que estamos reivindicándola. Y la política nos exige hacer planes; y definir de forma concreta cada etapa del itinerario que queremos seguir, a ser posible con pelos y señales; y especificar quiénes, y de qué manera, y en base a qué alianzas, van a protagonizar cada uno de los pasos que hemos previsto. Por más que a fin de cuentas todo transcurra de otra manera.

Por lo menos esa es la Idea en la que yo, querido José Luis, comulgo contigo. Paco.



viernes, 25 de enero de 2013

MEMORIA HISTÓRICA Y RECUERDOS PERSONALES



Nota editorial. El historiador Javier Tébar entra en la conversación sobre EL PROCESO “ADAPTATIVO” DE LA IZQUIERDA





La historia en acto o el recuerdo verdadero

Javier Tébar Hurtado
Historiador

Preguntarse por el “momento” (¿tal vez por el “momento justo”?) de la “separación que conduce a la mutación genética del Partido Comunista Italiano”, tal como lo plantea Dario Danti, sin duda es una cuestión que suscita interés en su conversión con Fausto Bertinotti publicada recientemente. No obstante, ese mismo interrogante sobre el “cuándo” puede despistarnos sobre un tema que, en mi opinión, es posiblemente más central, me refiero al “cómo” (1). Bertinotti articula tesis variadas que han ido proponiéndose, todas ellas conducentes a la explicación de ese “cómo”, es decir, del “proceso” y no del “momento” por el cual se habría producido lo que denomina “mutación genética” del proyecto del comunismo italiano. De esta manera se centra la posible discusión sobre el asunto y se ofrece una respuesta: ese proceso del PCI tiene una naturaleza “adaptativa”, viene de lejos, no es una reacción al derrumbamiento del referente de la URSS. Y es una operación adaptativa, realizada desde el partido-organización-dirección, distante del partido-comunidad de militantes, que, más adelante, “iría acompañado”, dice, de la “mutación genética”, que no es difícil entenderla como la culminación del mencionado “proceso”. Sólo a la luz de este planteamiento, uno trata de explicarse la respuesta de Bertinotti a la pregunta de Dante respecto al hundimiento de la URSS. Y, es necesario subrayarlo, es una respuesta que sorprende, en la medida que fija una “memoria vaga”, como ha señalado López Bulla:
            
D. Danti.- En el año 1991 el final de la Unión Soviética señala el fin del mundo dividido en dos bloques contrapuestos. ¿Cómo recuerdas aquel hundimiento?
            
F. Bertinotti.- Siempre he intentado comprender por qué mis recuerdos de aquel año son tan confusos. No se trata de un banal proceso de abandono. Son confusos porque me es difícil rastrearlo. En realidad podría parecer una paradoja porque es un año en el que sucede casi todo; y, sin embargo, no es así.

            Indudablemente, el epicentro es el hundimiento de la Unión Soviética. ¿Qué sucede, entonces, cuando no se tiene memoria concreta de un acontecimiento que, según las tesis de Hobsbawm, clausura el siglo breve?  ¿Por qué este verdadero final de un mundo no es perceptible por naturaleza? Probablemente, para los de mi generación, aquella experiencia la habíamos considerado antes como concluida. El hundimiento de la URSS no produce emoción. Naturalmente, produce una percepción del fenómeno, pero no una emoción. Por el contrario, tengo un recuerdo nítido de la invasión de Checoslovaquia: el 20 de agosto de 1968 mientras repartía octavillas en una fábrica textil, en Verbano. Se me acercó un sindicalista quien me dijo que había tanques soviéticos en Praga. Inmediatamente me quedé consternado, tuve la percepción de una tragedia. Como la secuencia de una película: aquello podría ralentizar esa historia. Del hundimiento soviético no recuerdo nada; tendría que repasar la crónica de aquellos acontecimientos. Es porque aquello ya se había consumado antes en nuestras cabezas.
            
Si la memoria, en este caso individual, siempre es el resultado de la tensión entre recuerdo y olvido, la asimetría en el recuerdo de Fausto Bertinotti entre los acontecimientos de Praga en 1968 y el hundimiento de la URSS en 1991 constituye, por así decirlo, un arco temporal que enmarca y, al mismo tiempo, ofrece la lógica de un relato personal sobre la progresiva crisis y el proceso “adaptativo” del PCI, como, con variantes, del resto de los partidos comunistas occidentales. Contiene todo un ello una determinada “economía memorial” –que el historiador Ricard Vinyes para otros menesteres ha definido como “el sistema de administración de bienes morales y simbólicos, de datos, fechas y actos”- en la que la “memoria buena”, la de 1968, contrasta, y de qué manera”, con la “mala memoria”, en este caso la falta de recuerdo, respecto a 1991.

            Pero además, en la entrevista se pasa del plano de los recuerdos personales sobre el hundimiento de la URSS a la propuesta de una interpretación sobre el pasado del comunismo italiano. La interpelación a la memoria de Bertinotti se ha transmutado, de manera abrupta,  en otra cosa distinta, su aproximación abandona una de las vías de relacionarse con el pasado, para situarse en la vía de la historia política e intelectual del PCI. Nos ofrece una interpretación: no hubo hundimiento (“Es porque aquello ya se había consumado antes en nuestras cabezas”, afirma Bertinotti) -ni mucho menos implosión-, sino un “arrumbamiento” (dice el diccionario de la RAE: “Poner una cosa como inútil en un lugar retirado o apartado”, “Desechar, abandonar o dejar fuera de uso”). El nervio central de este relato está en lo que llama “mutación genética”. Un fenómeno que, al parecer, sólo afectaría al grupo dirigente al “partido-iglesia”, desde cuyas alturas se diseñaron y tomaron decisiones al margen del “partido-comunidad”.    Sin embargo, se señala muy poco sobre las respuestas del “pueblo comunista”, de esta comunidad, de sus respuestas, de los cambios en su seno, ya sean de actitudes o bien de naturaleza generacional. Si no hubo cambios, es decir, si la militancia comunista mantuvo una naturaleza inmutable a lo largo del tiempo, o si los hubo, estos cambios en ella sólo fueron aquellos inducidos por los dirigentes del partido, podría decirse entonces que las políticas “adaptativas” fueron realmente eficaces y efectivas hasta el último momento, hasta el giro occhettiano. Por lo tanto, es una historia clásica sobre los dirigentes como protagonistas de la historia y los dirigidos como simples figurantes en ella. En esta presentación de la historia política e ideológica, por supuesto, la sociedad es un paisaje de fondo.

            En mi opinión, una interpretación tan rectilínea sobre la evolución del comunismo italiano en la segunda mitad del siglo XX, deja de lado, con excesiva premura, el cambio “molecular”, imperceptible, en el que tanto empeño analítico puso Antonio Gramsci: las formas de un cambio imperceptible, por medio de cual las personas responden a los cambios históricos, antes de que éstos constituyan una nueva realidad. En este terreno hubiera sido interesante que Bertinotti entrara en el terreno de la “autobiografía” al ser preguntado sobre 1991, en la medida que ésta puede potencialmente relacionar la vida personal con la social, acercar los límites de la historia a los de la vida de las personas. Tal como el mismo Gramsci reflexionó de manera contra-intuitiva en sus notas de justificación de la “autobiografía”, solamente a través de las “autobiografías” puede atisbarse en acto, es decir, encarnado en individuos reales, el “mecanismo” de los hechos históricos. El relato autobiográfico constituiría, de esta forma, una fuente histórica de enorme potencial, “en cuanto que muestra la vida en acción y no sólo como debería ser según las leyes escritas o los principios morales dominantes (…)  sólo a través de las autobiografías se ve el mecanismo en acción, en su función real que muy a menudo no corresponde para nada a la ley escrita. Y sin embargo la historia, en sus líneas generales, se hace sobre la ley escrita: cuando luego aparecen hechos nuevos que transforman la situación, se plantean cuestiones vanas, o por lo menos falta el documento de cómo se ha preparado el cambio “molecularmente”, hasta que ha explotado en la transformación”.
           
Podría pensar que de esta manera se está sosteniendo aquí que la memoria es el instrumento para la exploración del pasado, y no es así. Es una forma distinta a la historia, como disciplina, de relacionarse con el pasado, algo sobre lo que no cabría insistir demasiado. Pero ya que Bertinotti hace referencia a otro marxista ilustre, vale la pena traer a colación la concepción de Walter Benjamin sobre este asunto, cuando plantea, en un lenguaje metafórico de gran potencia sugeridora, que la memoria solamente es un medio para la exploración del pasado: “Así como la tierra es el medio en que yacen enterradas las viejas ciudades, la memoria es el medio de lo vivido. Quien intenta acercarse a su propio pasado sepultado tiene que comportarse como un hombre que excava. Ante todo no debe temer volver siempre a la misma situación, esparcirla como se esparce la tierra, revolverla como se revuelve la tierra. Porque las “situaciones” son nada más que capas que sólo después de una investigación minuciosa dan a la luz lo que hace que la excavación valga la pena, es decir, las imágenes que, arrancadas de todos sus contextos anteriores, aparecen como objetos de valor en los aposentos sobrios de nuestra comprensión tardía, como torsos en la galería del coleccionista. Sin lugar a dudas es útil usar planos en las excavaciones. Pero también es indispensable la palada cautelosa, a tientas, en la tierra oscura. Quien sólo haga el inventario de sus hallazgos sin poder señalar en qué lugar del suelo actual conserva sus recuerdos, se perderá lo mejor. Por eso los auténticos recuerdos no deberán exponerse en forma de relato sino señalando con exactitud el lugar en que el investigador se apoderó de ellos. Épico y rapsódico en sentido estricto, el recuerdo verdadero deberá, por lo tanto, proporcionar simultáneamente una imagen de quién recuerda, así como un buen informe arqueológico debe indicar ante todo qué capas hubo de atravesar para llegar a aquella de la que provienen los hallazgos” (Fin de la cita).

De manera que si el ejercicio “arqueológico” que se nos propone está bien realizado, es probable que su resultado no sea una galería de héroes y villanos, y sobre todo no constituya un homenaje a las piedras.

(1) HUNDIMIENTOS Y GIROS (2)


jueves, 24 de enero de 2013

TRANSFORMISMO POLÍTICO


Paco Rodríguez de Lecea añade un comentario a lo ya dicho en  HUNDIMIENTOS Y GIROS (2)   

Caro maestro,

Releo lo que dejó escrito Antonio Gramsci sobre la ‘revolución pasiva’. En la prosa telegráfica y alusiva propia de los Quaderni, comenta cómo el conservador Cavour desvía hacia sus propios fines el proyecto revolucionario de Mazzini, hasta el punto de que Vittorio Emmanuele, con su estilo cuartelero –dice Gramsci– de ‘sargento mayor’, se exclama jubiloso: «¡Me he metido a Mazzini en el bolsillo!» Gramsci relaciona la ‘revolución pasiva’ en este texto con la guerra de posición (Cavour, dice, era un experto en ese tipo de guerra, mientras que Mazzini sólo entendía la guerra de movimiento); de forma más amplia y política, con un proceso de ‘revolución-restauración’, y en un comentario incidental con la categoría del transformismo, que Dario Danti ha preferido designar con el nombre más científico y por tanto menos peyorativo de ‘mutación genética’.

Dejo en el aire ese debate. Pero encuentro una reflexión paralela, y creo que muy valiosa, en el libro de Vittorio Foa  que me prestaste hace un par de meses y que voy leyendo con esfuerzo y provecho. Foa, oh casualidad, relaciona la svolta del post-Risorgimento con la reconstrucción política de Italia en 1945. Después añade lo siguiente (la traducción es mía): «Quiero detenerme un momento para señalar la mutación en el tiempo de las mismas categorías analíticas de “continuidad” y “ruptura”. Pienso en cómo cambian los juicios con el paso del tiempo. Lo que primero se presenta como ruptura, después se revela como continuidad. La dimensión temporal podría ser el fundamento de la heterogénesis de los fines de Gian Battista Vico, según la cual los proyectos no se realizan  del modo esperado o deseado, pero sí se realizan en definitiva, aunque de forma distinta.»
[...]
«Surgen entonces dos preguntas: ¿por qué fracasan los proyectos? ¿Y cómo es que, en cambio, se realizan de una forma diferente, por ejemplo en el caso específico del postfascismo? ¿Por qué fracasa un proyecto concreto? ¿Sólo porque no es posible prever todas las variables? Si fuera así, el perfeccionamiento y la difusión de los ordenadores resolvería los problemas de la humanidad; se trata de una tesis muy extendida en la cultura tecnológica, y siempre desmentida por los hechos. Puede ser que, cuando proyectamos, consigamos en cierta medida calcular el cambio de los otros, pero no calculemos lo suficiente el cambio en nosotros mismos. Puede ser que el fracaso del proyecto se deba a una sobrecarga debida a nuestro modo de ver a los otros, por no legitimarlos en medida suficiente, por un exceso de iluminismo. No se me ocurren respuestas, sino más preguntas aún. ¿Por qué se proyecta si nunca va a haber una realización, por lo menos del modo como deseábamos? Y luego, ¿ha habido un proyecto de la Resistencia? ¿O más bien hablamos de él pensando en nuestro proyecto? Y este último, ¿era sólo un instrumento para conseguir un fin, o era más bien otra cosa, por ejemplo un instrumento para realizarnos a nosotros mismos, para hacer sentir nuestra presencia en la historia? Debemos distinguir entre historiografía y política: el proyecto como simplificación de una realidad compleja es necesario en la política, pero no tiene lugar en lo que atañe a la comprensión histórica.» Vittorio Foa, Il Cavallo e la Torre. Riflessioni su una vita. Torino, Einaudi 1991, pp. 161-62.

Pido disculpas por la extensión de la cita. Entiendo que no sólo es útil en la polémica abierta por Fausto sobre la svolta  de 1991 (curiosamente, el mismo año de publicación del libro), sino sobre nuestra transición democrática y, más allá, sobre nuestras propias expectativas actuales de salida de la crisis.

Tuyo en la Idea, Paco



lunes, 21 de enero de 2013

EL PROCESO “ADAPTATIVO” DE LA IZQUIERDA


Nota editorial. Sigue la conversación con Paco Rodríguez de Lecea en torno al libro de nuestro amigo Fausto Bertinotti Las ocasiones perdidas. En esta ocasión comentamos lo expuesto en  HUNDIMIENTOS Y GIROS (2) Ruego atención a la addenda que emite, al final, Radio Parapanda




Querido Paco, me he quedado un poco sorprendido del planteamiento que hace Fausto Bertinotti. Me permito transcribirlo porque, tras su lectura, sigo como antes:

En otras palabras, ¿por qué, con el hundimiento del socialismo real, se disuelve también el Pci? Y, más en profundidad, ¿cuándo se dilapida la historia del Partido comunista italiano?  ¿Hay un momento en que esa historia cambia? Para ayudarnos a buscar la respuesta se podría hacer la comparación con el Partido comunista francés. El Pcf, más implicado en la historia de la Unión soviética, no se disuelve. Hoy, este partido –desde el punto de vista de la organización y de la comunidad política (basta ver la fiesta de su periódico, L´Humanité)-- es todavía consistente. Sin embargo, electoralmente, es ya poca cosa con relación a los apoyos que registró en el pasado. Digo esto para significar que el destino de un sujeto político –el nombre que lo identifica--  no está ligado mecánicamente  a la continuidad de la organización que históricamente se consolidó en el tiempo” (Fin de la cita).


Creo que Fausto tiene una interpretación muy bondadosa de la fuerza del Partido comunista francés, cuyo declive es, además, anterior al de los comunistas  italianos. Por otra parte, observo un cierto desorden expositivo: de un lado, se nos dice su fuerza “es todavía consistente”; de otro lado, se afirma que,   “electoralmente, es ya poca cosa con relación a los apoyos que registró en el pasado”. ¿Dónde está, pues, la consistencia de esta argumentación? 


A la pregunta de Dario Dante, “¿cuándo podemos localizar esta separación que conduce a la mutación genética del Pci?, nuestro amigo da tres avances: a) la Cesco Chinello con la impreparación del partido ante los cambios que provoca en neocapitalismo; b) la de Pietro Ingrao con los avatares del XI Congreso; y c) la de nuestro amigo Riccardo Terzi con lo referente al compromiso histórico. Francamente, yo veo las cosas de otra manera. Estos tres elementos, aunque muy importantes (a lo dicho por Chinello hemos de añadir las reflexiones de Bruno Trentin que también señaló a mediados de los cincuenta el retraso del partido ante el fenómeno del neocapitalismo) no producen la “mutación genética” del comunismo italiano. La mutación genética no es achacable a Toglitatti, Longo y Berlinguer, los tres máximos pontífices del partido-curia. La clave de los tres es comunismo puro. Que lo que analizan Chinello, Ingrao y Terzi sea cierto, no niega que el partido siguiera siendo comunista. Y te diré todavía más: todavía en el primer Ochetto no atisbo, ni siquiera, indicios de mutación genética. No obstante, comparto con Bertinotti que   la svolta se hace totalmente en el terreno de la politique politicienne. Es, sin ningún género de dudas, una operación que se hace desde arriba. La operación adaptativa que iría acompañando la mutación genética se produce más adelante.

Siempre pensé que hubo mucha precipitación en la creación de Rifondazione. De hecho –y creo que Fausto Bertinotti no me lo negará— estimo que el nuevo partido era exactamente igual que el que abandonaron. Lo prueba su grupo dirigente: Armando Cossutta y el amigo Sergio Garavini, dos leones comunistas de toda la vida, aunque muy diferentes entre sí. El primero en la curia; el segundo en el sindicalismo con puestos de alta responsabilidad; Cossutta, manifiestamente pro soviético; Garavini, en otra onda. Dos personalidades que tenían pocas cosas en común. Así lo demostraron, por ejemplo, en sus intervenciones en el Comité central del partido comunista cuando la discusión, 11 y 13 de enero de 1982, del informe de Berlinguer sobre los acontecimientos polacos. Cossuta acusa a Berlinguer de haber roto con la URSS (strappo), Garavini comparte el informe del secretario general. Si te interesa el debate completo el libro te está esperando cuando vengas a casa el sábado. 


Que el uno y el otro no se entendían lo pureba el hecho de que, consumada la separación que da vida a Rifondazione, más tarde aparecen entre ellos unas tensiones muy fuertes que acabaron (por parte de Cossutta, no de Garavini) en la creación de otro partido, y Bertinotti pasa a dirigir Rifondazione.  

Me parece de interés la reflexión de Bertinotti sobre la revolución pasiva en el partido. Y entiendo que sugiere importantes lecciones para la izquierda, política y social, de nuestros días. Es más, tengo para mí que no podremos salir de la actual situación si la parte más importante (cuantitativamente hablando) de la izquierda no sale de ese proceso adaptativo en el que está instalado desde hace décadas. Entiendo que la salida de ese escenario es un prerrequisito para que la izquierda abra un diálogo sostenido con los movimientos sociales viejos y nuevos. Por lo demás, no estaría mal que alguien se soltara el pelo y empezara a decirnos lo que parece ser tan querido por Dario Dante, es decir, en qué momento (¿cuál es el proceso que lleva a ese momento?) se entra y por qué en el proceso adaptativo.

Hasta la próxima, ¡choca esos cinco! Como decía Anselmo Lorenzo: Tuyo en la Idea, JL    


Querido José Luis,
Fausto es un parlamentario con mucho oficio y un polemista aguerrido. En tiempos tú y yo le oímos refutar con un discurso lleno de agudeza, erudición y mala leche, una argumentación débil de un compagno de la “tendencia socialista” de la Cgil que la dirección colocó a su lado en las tareas, no recuerdo cuáles, que le habían traído a Barcelona.

Lo digo porque en en este capítulo utiliza una y otra vez un ‘truco’ dialéctico, un mecanismo de analogía o de trasposición, que me incomoda. Por ejemplo, en el tema de la guerra. Danti le da la apertura con una referencia a la guerra del Golfo, un acontecimiento próximo en el tiempo, pero sin ninguna relación lógica con la ruptura del Pci. Fausto reflexiona sobre el tema de la siguiente manera: «Los oprimidos han heredado de los opresores una parte de la cultura prevalente. En gran medida han aceptado la tesis de que la victoria, conseguida de cualquier modo, tiene un valor en sí y la derrota es un disvalor.» Alude de pasada a la vulgata del maquiavelismo más que al propio Maquiavelo, y concluye su razonamiento con una cita de Walter Benjamin, en la que se llama a recuperar las razones de los “vencidos justos” a lo largo de la historia como una propuesta renovada para la liberación. Todo lo cual es irreprochable, y valioso desde un punto de vista ético. Pero sin solución de continuidad aparece en la conversación la crisis del Pci y entonces me entra la sospecha de que Fausto, en lugar de referirse al problema de la guerra justa, estaba tirando antes por elevación contra lo que ahora va a calificar con otro término de tradición ilustre, tomado también en préstamo: la ‘revolución pasiva’.

Vamos pues a la crisis del Pci. Ninguna objeción a tu análisis, José Luis. Como bien dices, tendremos ocasión de volver sobre el tema en general, y más en concreto sobre la gramsciana revolución pasiva, que puede dar alguna pista sobre lo que nos ha ocurrido y sobre cómo salir del atolladero. Pero me importa insistir, de entrada, en la incomodidad que me produce la forma como Fausto presenta los acontecimientos. Después de afirmar que el comunismo se despeña “después de haber alcanzado el cielo”, describe (en realidad es Danti quien avanza la expresión, pero Fausto la acepta sin protestar) la crisis del Pci como una “mutación genética”, y contrapone su historia (“dilapidada”) a la del PCF, que habría encajado de una manera más normal el derrumbe del PCUS y la desaparición de la Unión Soviética como modelo y guía. Hay en todo ello un análisis sesgado y trufado además de metáforas desaforadas. La ruptura del Pci (porque hubo una ruptura) fue, yo así lo creo firmemente, una oportunidad perdida para las izquierdas plurales de reutilizar un patrimonio rico en experiencias prácticas, en construcciones teóricas y en sugerencias de todo tipo, para abrir una nueva reflexión y replantearse a fondo los presupuestos para salir de aquel impasse tanto geopolítico como económico y social. Porque la izquierda, la izquierda vincente, estaba en esos momentos, y desde mucho antes, “distraída” en la expresión de Trentin. (Cosa bastante distinta, dicho sea entre nosotros, a una ‘mutación genética’.)

El caso es que Occhetto se propuso honestamente llevar a cabo el esfuerzo que la situación requería: abrió el proceso de reflexión, redefinió objetivos, estrategias y alianzas. Con una objeción importante, y ahí Fausto pone el dedo en la llaga: «Hubiera sido necesario un gran baño de humildad: poner en el centro los anhelos y deseos del pueblo del Pci para fundar una nueva subjetividad.» Occhetto propuso su svolta a la clase política politicienne, a la ‘curia’ y no a la feligresía. Si me permites un comentario arriesgado y posiblemente injusto, querido José Luis, veo en su actitud el reflejo deformado del taylorismo del que hablamos no hace mucho: la soberbia de los managers que reclaman para sí la exclusiva de pensar y decidir por el pueblo llano.

Pero esa objeción no excusa a Rifondazione. ¿Qué aportó al panorama de las izquierdas italianas, que no fuera politique politicienne, reafirmación en los principios, más de lo mismo? Y la escisión provocó, como provoca siempre, como ya habíamos vivido hasta la saciedad en nuestras coordenadas y sobre nuestras espaldas, una devaluación de todo el conjunto de la opción política implicada, de modo que la suma de las partes resultantes nunca llegó ni de lejos al valor total de lo que antes existía.

A mi entender fue luego, con la ascensión de los dalemas y los veltronis, cuando la revolución pasiva infectó el pensamiento político de los ahora llamados demócratas de izquierdas. Pero en este punto, querido amigo, te devuelvo la palabra. Aún queda mucha tela por cortar. Paco. 

Radio Parapanda:  http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=pP7dlWrPzeE#!







domingo, 20 de enero de 2013

CANTANDO LA CANCIÓN DE LOS MUERTOS


Nota editorial. Paco Rodríguez de Lecea y un servidor, que nos lo pasamos la mar de bien conversando, iniciamos un nuevo diálogo (el primero fue sobre Bruno Trentin y su ciudad del trabajo) con motivo de nuestra traducción del libro de Fausto Bertinotti LAS OCASIONES PERDIDAS    Hoy hablamos sobre HUNDIMIENTOS Y GIROS (1) donde el autor expone toda una serie de cosas que ya se verán.  




Querido Paco, celebro que nuevamente nos veamos las caras en este debate a distancia; lo celebro, todavía más, porque a ello nos convoca un amigo común, Fausto Bertinotti, con su obra Las ocasiones perdidas. Un Fausto Bertinotti, que siempre fue tan solidario con Comisiones Obreras de Cataluña, en su época de dirigente sindical: primero, como secretario de la Cgil piamontesa y, posteriormente, en la dirección nacional del sindicato. Han pasado ya muchos años de aquello. Recordarás que le conocimos en 1980, en nuestro segundo congreso, que tú presidiste con mano ducha. Más adelante Fausto dejaría las responsabilidades sindicales y su militancia en el Partido comunista italiano tras su profundo desacuerdo con el giro (svolta) de Achille Occhetto, que él mismo comenta posteriormente y que, cuando llegue el momento, hablaremos de ello en nuestra conversación. Fausto ingresaría en el nuevo partido comunista, Rifondazione, después de una confusa situación interna de la que salen malparados sus dos principales dirigentes fundadores, Armando Cossutta y Sergio Garavini. Fausto, tras esa melée política, acaba siendo el secretario general de Rifondazione. En lo que a este partido se refiere, al menos en sus primeros andares, ya tendremos ocasión de hablar de ello. Esperemos, pues, los próximos capítulos donde nuestro Fausto habla de la transformación del Partido comunista italiano.

No quiero ocultar, sin embargo, que por lo general he tenido muy pocas coincidencias con Fausto, así en sus planteamientos sindicales, especialmente en su etapa romana, como en su quehacer político. Pero nuestra amistad siempre estuvo por encima de todo. Es una persona que piensa con su cabeza y un intelectual de gran formato. Es más, considero que su voz, siempre fuertemente crítica, fue (y es) necesaria para la izquierda.

Querido Paco, a mí me pasa tres cuartos de lo mismo que Bertinotti: tengo una memoria vaga con relación al proceso inmediato del hundimiento de la URSS; y, al igual que Fausto, todavía me impacta la noticia de la invasión de los tanques soviéticos en Praga. Lo había oído por la radio. Verás, salgo de trabajar y me encuentro en la rambla de Mataró a un compañero de partido, el PSUC, que hacía unos meses se había tomado un descanso en la militancia porque estaba hecho polvo a causa de unos amoríos no correspondidos. El compañero, con una sonrisa de oreja a oreja, me dice: “Oye, que vuelvo a militar. Que ya vienen los rusos”. Me quedé de piedra. Después, en una reunión de urgencia del comité local, la mayoría era partidaria de inundar de octavillas la ciudad saludando la entrada de las tropas soviéticas en Praga. Sólamente Pedro Barrena, obrero metalúrgico, y un servidor estuvimos radicalmente en contra. Finalmente, se impuso una transacción: “Esperemos a ver qué dice la dirección”. Lo demás es cosa sabida.

En todo caso, tengo la impresión de que Fausto no explica en su diálogo con Dante Danti por qué ocurrió el hundimiento de la URSS. Se limita a recordar lo que dicen otros comentaristas. En ese sentido, es bastante chocante que apenas exista literatura de dirigentes políticos que hayan reflexionado a fondo sobre el particular. Es como si eso sólo correspondiera a la competencia de los politólogos. En todo caso, hay una pregunta que todavía no ha salido del fondo del armario: ¿por qué el pueblo no salió a defender aquello? Lo único que podemos constatar es que, cuando los golpistas se rebelaron contra Gorbachov, salieron a la calle unos cuantos miles de personas (sólo unos cuántos miles en la inmensidad de Moscú) con aquel Yeltsin interesadamente al frente. Insisto: ¿por qué nadie defendió lo que se dio en llamar el socialismo real? Me pregunto: ¿y por qué iban a hacerlo? ¿Por qué no defendieron la apertura y la renovación que propiciaba Gorbachv?

Que la situación económica era calamitosa es algo que relata puntillosamente Abel Agambeyan, el economista de cabecera de Gorbachov, en su libro La perestroika nella economia (Rizzoli, 1988), que te tengo reservado para cuando nos veamos en Pineda de Marx. Por cierto, el autor califica a la URSS como “superpotencia subdesarrollada”. Unamos a ese subdesarrollo, la falta de libertades en el centro de trabajo y en la sociedad, una centralización sofocante y un régimen cuartelero-policial y tendremos unas primeras y básicas explicaciones de que la gente no se sintiera concernida a defender aquel putiferio. Pero, con toda seguridad, tiene que haber mucha más miga. Y una parte de esa miga, no irrelevante, es la relación entre la caída in itinere de la URSS y la crisis generalizada que se va produciendo (anterior al hundimiento formal del comunismo soviético) en los partidos comunistas de Occidente. 

Quedamos, pues, en vernos el sábado en mi casa (que es la tuya), pasada ya la ciclogénesis y te pondré al corriente del homenaje que se prepara a Monserrat Avilés y su legendario despacho de abogados laboralistas. Oiremos, si te parece, la música de Agostino Steffani, cantada por la Bartoli. Abrazos, JL              


Querido José Luis,

Fui presentado a Fausto Bertinotti formalmente con ocasión del II Congrès de la CONC, que Higinio Polo y yo moderamos, no ‘presidimos’, con mano más o menos ducha según tu expresión. Pero los recuerdos que tengo de él se focalizan más o menos un par de años más tarde, en una serie de visitas que hizo a Barcelona en la época en que yo tuve el honor de trabajar como secretario de Organización de Catalunya. Fausto era entonces el secretario de la CGIL del Piamonte, pero sobre todo el hombre que había dirigido muy recientemente la ocupación de la fábrica FIAT, en Ivrea, durante 35 días. Siempre exigente consigo mismo, no estaba del todo satisfecho de aquel récord.

Una noche, charlando de sobrecena los tres –quizá lo recuerdas–, salió a colación el compositor Fausto Amodei, y yo comenté que cada vez que oía la canción de los Muertos de Reggio Emilia, no podía evitar que me saltaran las lágrimas a los ojos. “¿Qué te parece la letra de la canción?”, me preguntó, y creo que el adjetivo que empleé fue: “Definitiva.” “En Italia, hay compañeros que la critican”, dijo. Yo no podía creerlo. ¿Por qué? “Es esa estrofa...”, explicó, y tarareó:

Il solo vero amico che abbiamo al fianco adesso
è sempre quello stesso che fu con noi in montagna.
Ed il nemico attuale è sempre ancora uguale
a quel che combattemo sui nostri monti e in Spagna (*)...

Una alusión en exceso prosoviética, decían los críticos. Creo recordar que le expliqué que no me había significado nunca como prosoviético, pero tampoco como antisoviético. “Lo mismo yo”, dijo, y tarareó otro fragmento de la misma canción:

Lauro Farioli è morto per riparare il torto
di chi si è già scordato di  Duccio Galimberti


“Para demostrar que yo no me he olvidado, puse a mi hijo el nombre de Duccio. Esto te dará idea de cuánto aprecio esa canción.”

Recordé la conversación cuando supe que, después de serias dudas y vacilaciones, Fausto había salido del partido de Occhetto para adherirse a Rifondazione Comunista. Sus razones me parecieron entonces confusas, y me lo siguen pareciendo ahora, a pesar de su argumentación. Porque me pareció un paso en la dirección equivocada. Por la laceración; no porque considere que Occhetto tenía la razón. (Por lo menos, no ‘toda’ la razón.)

Quiero referirme al respecto a una cuestión capital, la del partido-iglesia. Fue así. El partido comunista nos ofrecía –in illo tempore– a los militantes una certeza que era al mismo tiempo un consuelo: prometía el paraíso en este mundo. Para más adelante, claro está; pero sin la menor duda ni confusión posible. Vittorio Foa describe con sarcasmo en sus memorias la actitud de los comunistas de hierro que, como Gramsci en la carta citada, abominaban del reformismo y del sindicalismo: “Los comunistas se negaban a hacer nada antes de haberlo hecho todo.”

Aquella fe laica quebró en algún momento indefinible. Hubo tensiones cada vez más fuertes. Me ha sorprendido encontrar en los escritos de algunos excomulgados tempraneros, como Jorge Semprún y Rossana Rossanda, la añoranza de la época en la que el partido se envolvía en un aura de infalibilidad. Fausto hacia 1982 se permitía ironizar con nosotros sobre esa extraordinaria virtud: “El partido no es infalible, ni mucho menos. Pero por fortuna el segretario generale sí lo es. Siempre.”

Coincido de todos modos con Fausto en que el derrumbe del socialismo real fue para la izquierda una ocasión perdida. Los dirigentes políticos se encontraron en aquel momento, en Italia como en España, con una herencia incómoda en las manos que no sabían muy bien cómo gestionar. Y se produjo una laceración, entre los renovadores que se apresuraron a ajustar las expectativas de hacer política a los límites del sistema imperante, y los nostálgicos que se refugiaron en unos símbolos y una liturgia que habían perdido su sentido. Los primeros perdieron por el camino el horizonte del socialismo; los segundos se refugiaron en una oposición numantina sin porvenir ni perspectiva.

Fausto era demasiado inteligente y combativo para marchar al paso de los primeros, pero me sorprendió que eligiese entonces, y defienda aún, los símbolos y la liturgia. Después de todo, él tenía muy próximos a compañeros como Pietro Ingrao y Bruno Trentin. Podía haber sumado esfuerzos para reagrupar los restos dispersos de aquel ejército derrotado y, con todos, con renovadores y nostálgicos juntos, buscar una síntesis política más eficaz en la situación comprometida en la que se encontraba el movimiento obrero.

Han pasado veinte años y seguimos buscando esa síntesis. Ni los renovadores ni los nostálgicos están ya en el centro de la escena. Ahora es el momento de los indignados.

(*)"El único amigo verdadero que tenemos aún a nuestro lado
sigue siendo el mismo que estuvo con nosotros en las montañas.
Y el enemigo actual también sigue siendo igual
al que combatimos en nuestros montes y en España."

"Lauro Farioli ha muerto para reparar la injusticia
de quienes se han olvidado ya de Duccio Galimberti."

(Traducción de Francisco Rodríguez de Lecea)


La Canción de los muertos:


Radio Parapanda. Unas relaciones laborales basadas en el diálogo social, la calidad del empleo y la profesionalidad. A propósito del XVII Convenio general de la Industria Química