martes, 23 de noviembre de 2010

LA DETENCIÓN DE MARCELINO CAMACHO SÓLO FUE UN RASGUÑO



Nota editorial. Se publica un esbozo de mi intervención en un acto que organiza el Arxiu Històric de Comisiones Obreras de Catalunya el dia 2 de diciembre con el siguiente cartel: Eduardo Saborido, Jaime Sartorius y un servidor de ustedes. La foto se corresponde con el homenaje de Comisiones Obreras de Catalunya al pintor Antoni Tàpies.



Desde el Plan de Estabilización hasta la primera crisis del petróleo España fue el segundo país del mundo en crecimiento real, sólo superado por Japón. Pero de sopetón, tras la guerra del Yon Kippur, pasamos a una situación bastante estrafalaria. De golpe nos encontramos con que, a partir de octubre de 1973, sólo las importaciones de productos petrolíferos representaban el 4 por ciento del producto bruto. Ahora bien, España hace en principio como si no existiera la crisis, como si no pasara nada. Más todavía, Antonio Barrera de Irimo, Ministro de Hacienda, no sólo ignoró la crisis sino que, en unas declaraciones públicas, negó taxativamente que existiera, creando de esa manera un cierto precedente de posturas más recientes.
Este es el somero cuadro sinóptico de la situación económica cuando se produce la detención de Marcelino Camacho y sus compañeros en junio de 1972. Mi maestro Cipriano García, Armando Varo y yo mismo nos escapamos de la redada.


¿Qué novedades hay en ese contexto? La reaparición de un movimiento de masas tras la confusa situación en la que nos encontramos, CC.OO., a finales de la década de los sesenta. Es un movimiento rotativo por zonas geográficas que tiene su arranque en la huelga de la construcción de Granada en el verano de 1970. Digamos que, en esa acción colectiva, durísimamente reprimida con tres asesinatos de dirigentes obreros, reaparecen, agigantados, los rasgos definitorios del nuevo movimiento obrero que impulsaba Comisiones Obreras.


A mi juicio, la etapa que estamos relatando –esto es, el largo contexto de las secuelas del llamado Proceso 1001-- tiene como principal característica el paso de la parcial desintegración (especialmente de los años 69 y primer semestre del 70) a un itinerario de lenta pero irreversible reintegración del movimiento de los trabajadores, de un recorrido de parcial desintegración centrifuga a los esfuerzos por la coordinación implícita de las acciones colectivas que se van sucediendo. En resumidas cuentas, tras la huelga granadina y las grandes movilizaciones de la primavera del Ferrol en 1972 ya no se dará ninguna situación como el año verdaderamente de plomo del 69. Ello explicaría que, por ejemplo, en aquel contexto de la crisis de 1973 se dieran importantes victorias salariales.


Se trata de grandes movimientos de lucha. De ellos surgen nuevas formas de representación, nuevos sujetos colectivos que curiosamente tienen una serie de características de la acción colectiva de organizaciones de otros países, que rompen definitivamente con su anterior forma de ser. Por ejemplo, los italianos enterrando las “comisiones internas” y creando los consejos de fábrica, con Bruno Trentin al frente; los ingleses que ensayaron la experiencia de los delegados sindicales "puenteando" a los sindicatos de oficio; los brasileños (con Lula a la cabeza) que sobrepasan a los sindicatos corporativos (los pelegos); los sindicatos autónomos polacos contra los estatalistas … Y por supuesto la acción colectiva española. El epicentro de toda esa acción es el centro de trabajo, que ya inicia las grandes transformaciones que vendrán los próximos decenios, mediante la asamblea deliberativa (nuestra singular ortopraxis): la base de la independencia y autonomía, instrumento de la democracia participativa y pilar de la unidad social de masas.
Concretamente, fue en aquellos momentos cuando se apunta, a trancas y barrancas en el sindicalismo español, un eficaz modelo de representación que, curiosamente, todavía se mantiene; un modelo que habría que repensar.


Vale la pena señalar que la detención de Marcelino Camacho, Eduardo Saborido y el resto de los compañeros sólo representó un rasguño para la organización y el movimiento. Tan selectiva represión (la flor y la nata del sindicalismo español) no impidió que la lucha siguiera su curso. Francamente, los suplentes que estaban en el banquillo no desmerecieron. Soy de la opinión que todavía no se ha hecho suficiente justicia a la personalidad de Cipriano García. En eso me recuerda la figura de Luigi Longo, emparedado entre dos figuras tan gigantescas como Palmiro Togliatti y Enrico Berlinguer. Quiero decir que a Longo todavía no se le ha hecho la justicia que se merece. De Cipri se ha hablado largo y tendido con motivo de su aportación al movimiento obrero y sindical de Catalunya, pero todavía no ha sido valorado suficientemente su guía española en todo el itinerario que va desde julio del 72 hasta la salida de Marcelino, Eduardo y Nicolás Sartorius de la prisión años más tarde.


El puñado de movilizaciones (la mayoría de las grandes con características de huelga general locales o de sector) que se irán produciendo –Vigo, el Baix Llobregat, Navarra, Construcción, los Textiles, el campo andaluz, la Banca etcétera— junto con las realizadas en las catedrales (cuasi)fordistas –Seat, Olivetti, en Sevilla y Madrid) tienen como dirigentes a una nueva generación de líderes sindicales que actúan abiertamente, es decir, a pecho descubierto que es, simultáneamente, una garantía de relación personal, de compromiso sentimental con la gente (en la acepción que Gramsci le daba a compromiso sentimental) y de protección frente a la represión. No es un tópico afirmar que cada detención de un dirigente le costaba caro a la dictadura. Digamos que el itinerario post 1001 es un consolidado proceso de salida a la superficie que ya no tendrá vuelta atrás. La culminación de ese recorrido de conquista de la libertad sindical, todavía bajo el franquismo, tiene su momento culminante en el copo por parte de las candidaturas obreras y democráticas (mayoritariamente de Comisiones Obreras) en las elecciones sindicales de 1975, el gran momento de asalto a las estructuras del sindicalismo putativo de la vieja CNS, ya disfrazada de Organización Sindical Española que, como la mona, se había vestido de seda. Se diría que, tras el resultado de esas elecciones, todas las "franquicias" de Comisiones Obreras están en un movimiento que ya no es espasmódico sino fisiológico.


A grandes rasgos podemos decir que nos salimos con la nuestra. Es más, tal como he afirmado en otras ocasiones, esa agregación de fuerzas nos llevó a la ruptura sindical. En cambio, no hubo ruptura democrática.


Pero hubo algo que no conseguimos: la unidad sindical orgánica. Precisamente fue a discutir este tema al que estábamos convocados en la reunión de Pozuelo de Alarcón, cuando la famosa detención que dio lugar al Proceso 1001. En concreto se trataba de un documento, preparado por la mano sabia de Nicolás Sartorius que nosotros habíamos discutido concienzudamente en Catalunya. Como homenaje a don Joaquín Ruiz-Jiménez recuerdo que el informe de Sartorius, limados algunos adjetivos para que pasara la censura, fue publicado por Cuadernos para el Diálogo con la firma de N.S.A., vale decir, Nicolás Sartorius Álvarez.


Digamos que en el imaginario de Comisiones Obreras siempre estuvo presente la unidad sindical, que se convirtió en un planteamiento recurrente en aquellos tiempos. Se diría que incluso lo convertimos en un mitologema. Es claro que nuestro gozo acabó en el pozo. No es el momento ahora de entrar en más consideración de la unidad que pudo haber sido y no fue. Tan sólo una muy breve reflexión al respecto: ahora que no consideramos la unidad como un mito, tal vez sea posible empezar a enhebrar paciente y gradualmente los primeros retales para llegar a ella.
Lo que no puede ser, en mi modesta opinión (poco documentada, naturalmente) es que se pase del mito de la unidad sindical a la desgana y al acostumbrarse a no buscarla. Hombre, ni tanto ni tan calvo.


Radio Parapanda. Vietnam 2010 - Una aproximación sindical II (Relata Isidor Boix)


sábado, 20 de noviembre de 2010

DE LA IZQUIERDA CONSIDERADA MALDITA


“¿Qué relación existe entre Sade, el divino Marqués, y el sistema industrial capitalista, más allá de una coincidencia temporal en el lapso histórico en el que ambos despliegan sus potencialidades en Francia?”. La respuesta la proporciona Antonio Baylos en dos partes: 1) Recomendándonos el estudio y lectura de un libro de Antonio Casilli, La fabbrica libertina, muchas de cuyas formas de enfocar el tema resultan hoy, tras las turbulencias financieras y empresariales producidas tras la crisis del 2008, de rabiosa actualidad; 2) más despaciosamente en un trabajo que Izquierda y Futuro, la revista granadina que reaparecerá por sus fueros antes de que Granada se vista de año nuevo. [Por supuesto, estos comentarios son inocentes maniobras para calentar motores, vale decir, como recordatorio de que ya viene el cortejo y suenan los claros clarines de la revista]. Me sumo a la indirecta recomendación del profesor Baylos: la lectura de La fabbrica maldita tiene, además, el encanto de la literatura de la izquierda maldita. Recuerden las recomendaciones de nuestro Bruno Trentin acerca de la necesidad de aprender de aquella izquierda que nunca venció.


Y ya que estamos de recomendaciones, voy por la segunda: se trata de la obra de
Bruno Rizzi La burocratización del mundo”, cuya versión castellana se debe a la sapiencia de nuestro amigo Juan Ramón Capella, el caballero de la foto, que ya de por sí es toda una garantía como saben los pobladores de aquende y allende los mares. Esta versión castellana la debemos a Península y, aunque es de 1980, todavía hay ejemplares; mi eficaz librero de cabecera, Domènec Benet –de calellense natío— me la ha proporcionado: pagant Sant Pere canta. Se trata de otro ejemplo de la izquierda (considerada) maldita.


Ciertamente, el libro de Rizzi forma parte de aquella alta literatura que, a mediados de los años treinta, polemizó acerca de la naturaleza del Estado soviético, a saber, si era un estado socialista o un estado buocrático, y otras cuestiones más. Entre conspicuos teóricos brilló –con o sin razón, en este caso— la potente pluma de aquel león de comunismo que fue Trostky. Ahora bien, así las cosas ¿esta obra es, por ello, pura arqueología? No, padre. Porque la obra es una honda reflexión de las causas que motivan el nacimiento y la génesis de los procesos de burocratización. Por lo tanto, su lectura es útil también en nuestros días al personal de una cooperativa y al bloque de escalera; a los círculos sindicales y políticos; a las oenegés y, por supuesto, a las Hermanitas de los Pobres.


Lean, no se corten con la literatura de la izquierda (considerada) maldita: pro captu lectoris

Radio Parapanda y Radio Tantarantana emiten ENCUENTRO DE TARSO GENRO, GOBERNADOR DE RIO GRANDE DO SUL, CON GENTES DE LA CULTURA, LA UNIVERSIDAD Y LA INVESTIGACIÓN EN ESPAÑA.

martes, 16 de noviembre de 2010

ANTONI TÀPIES, COMISIONES OBRERAS Y EL VIETNAM



El jueves Comisiones Obreras de Catalunya haremos un homenaje al gran pintor catalán Antoni Tàpies. Mi intervención en el acto dirá, más o menos, lo que sigue.



Querido maestro Tàpies:


Permita usted a este viejo sindicalista que le rinda el más sentido de sus respetos y la más alta consideración a su compromiso por las libertades que, como todos sabemos, son inseparables las unas de las otras. Este es un homenaje que le debíamos por lo menos desde 1974, y que, por fin, se ha materializado. El caso es que en la primavera de 1974 …

… Cipriano García nos propuso al grupo dirigente de Comisiones Obreras de Catalunya una acción solidaria orientada a facilitar la reconstrucción del Vietnam. Él mismo concretó la manera: podríamos hablar con Antoni Tàpies para que hiciera un cuadro; las correspondientes “copias” las distribuiríamos en los centros de trabajo a un precio módico (más bien “la voluntad”) y el dinero recogido lo enviaríamos a las autoridades vietnamitas.


Se pensó en usar los buenos oficios de Xavier Folch ya que sabíamos de buena tinta que era el Enviado de Tàpies en la Tierra. Y encargamos a Tito Márquez que hiciera todas las gestiones. Tito y Xavier Folch hablaron con el maestro y el resultado fue, como no podía ser de otra manera, óptimo. Tàpies nos regaló el cuadro original y Tito puso en marcha todo el engranaje: la impresión de las copias y la distribución de las tarjetas en las fábricas. El resultado fue una colecta de un poquito más de cincuenta mil pesetas. Una cantidad que hoy podría parecer irrisoria pero que, para la época, no era despreciable, especialmente por las condiciones en que se desarrollábamos la acción colectiva antifranquista.


Lo cierto es que teníamos canales suficientes para enviar directamente ese dinero a nuestras amistades vietnamitas. Pero fue nuestro Ángel Rozas quien, desde la delegación exterior de Comisiones Obreras en París, nos reorientó. Más o menos nos dijo: como tenéis que venir a París para … (ahora no recuerdo exactamente para qué), vosotros mismos se lo entregáis al embajador del Vietnam. Y eso hicimos. De manera que Cipriano García y un servidor –con dos pasaportes más falsos que Judas-- fuimos a París a lo que fuera. Y, tras las gestiones oportunas, Cipri, el mismo Rozas y yo mismo, fuimos recibidos por el embajador. Este amigo y sus colaboradores nos invitaron a unas copitas y a unos pastelillos de guirlache. Explicamos la historia del cuadro, la distribución y nos excusamos por la cifra tan modesta. Ni qué decir tiene que el embajador no salía de su asombro.


Mucho debemos al maestro Tàpies. También a otros grandes artistas. Recuerdo ahora algo sobre lo que, hasta la presente, se ha dicho poco. Por ejemplo, Joan Miró, en 1968, regaló un cuadro con motivos y figuras del Primero de Mayo. Se hicieron miles y miles de litografías que se vendieron como rosquillas dentro y fuera de los centros de trabajo; su destino fue la ayuda solidaria a los presos y sus familias. Es posible que, en no pocas casas de viejos afiliados y amigos del sindicato, sigan todavía mostrando el testimonio de otro gran artista con la causa de los trabajadores, la libertad y la democracia.


Eran tiempos en los que existió un ethos entre artistas y movimiento de los trabajadores en torno a un objetivo explícito: las libertades democráticas en toda España y las nacionales de Catalunya. En todo lo alto estaban Tàpias y Miró, Ibarrola y Genovés, entre otros. Con un gran compromiso que, además de político, era sentimental, en la acepción que Gramsci daba a ese concepto. Posiblemente el momento más clamoroso de ese compromiso fue la gran exposición que se hizo en Milán y otras ciudades italianas en solidaridad con la lucha de los trabajadores contra la dictadura franquista. Que contó con el gran acompañamiento de gentes como Picasso, Miró, Alberti, Pablo Neruda, Joan Brossa, Ibarrola, Tàpies, Genovés, Valdés, Guinovart, Quessada, Seoane, Díaz Pardo, Mercedes Ruibal, Cristóbal, Ortega, Arroyo, Saura, Equipo Crónica... No pocos de estos cuadros y materiales salieron clandestinamente de España; el compañero Alfredo Conte, dirigente del sector de la Alimentación, coordinó todos los detalles de la muy noble intendencia y en Italia fue Carlitos Vallejo quien se ocupó de todos los problemas de la noble intendencia.


Que hoy se rehaga ese compromiso entre artistas y el sindicalismo sería de gran interés. Existe un antecedente, ya en democracia, fue la exposición itinerante Arte y solidaridad. Los pintores españoles y el cartelismo sociopolítico, que recorrió las más importantes de nuestras ciudades.


Querido maestro, le reitero nuestro afecto y nuestra admiración por su coraje democrático y civil.

lunes, 8 de noviembre de 2010

EL AGOTADO MODELO DE CONCERTACIÓN SOCIAL


Este blog publicó el otro día la importante intervención de Quim González en la clausura del Comité Federal de Fiteqa-CC.OO: DESPUÉS DE LA HUELGA DEL 29, ¿QUÉ? HABLA QUIM GONZÁLEZ Lo hicimos por la anomalía que representa una intervención que es, a todas luces, clarificadora desde su mirada crítica. Con una crítica, a su vez, muy constructiva. Se diría que lo que realmente hace Quim es formalizar lo que desparpajadamente se dice en corrillos informales, pero que pudorosamente se calla en la solemnidad de las reuniones. De hecho esta es la tradición, hasta donde la memoria me alcanza, de los químicos y textiles. La novedad, en esta ocasión, es que afortunadamente le han dado cuatro cuartos al pregonero, esto es, la han publicado en la web federativa. De ahí la sacamos y, en el argot del medio, la pirateamos. De paso, nos permitimos la imprudencia impertinente de comentar la jugosa intervención del secretario general de los fitecos.


Primero. Pienso que la exigencia que se plantea en el informe de trasladar la visión panorámica de la huelga del 29 de septiembre a una observación microscópica –esto es, sector por sector y lugar por lugar— no es solo una exigencia de verificación formal sino un método obligado de rendirnos cuentas a nosotros mismos. O lo que es lo mismo: la mirada al por mayor o granel debe conducirnos a la observación al detalle. Precisamente porque la movilización fue importante estamos obligados a relatar lo que el ponente califica, junto a los aciertos, como cardos, y yo mismo definí como burgos podridos. Concretamente lo dije en
¿DÓNDE HA HABIDO GARBANZOS NEGROS? Más todavía, incluso desde la mirada panorámica parece obligado que reflexionemos en torno a lo que un servidor apuntaba en una de las “entradas” en este blog pocos días después del día 29 de septiembre: Convengamos –según los datos que tenemos todos en el armario de la realidad-- que en esta huelga los sectores industriales, que ya cuantitativamente son minoritarios por su demografía como por los niveles de afiliación al sindicalismo confederal, han sido los que han corrido con el peso mayoritario del desarrollo de la huelga. Los sectores terciarios, que ya son mayoría en número de asalariados y en índices de afiliación, han tenido una participación muy, muy desigual: de gran importancia en los transportes y medios de comunicación, y en el resto –salvo excepciones— ha conocido un gran número de garbanzos negros. Seamos claros: esta fue una asincronía que viene de hace algunos años y que –precisamente por no tenerla en cuenta-- se ha repetido clamorosamente en la huelga del 29 de septiembre. Este es un asunto de extrema importancia porque se refiere al carácter y amplitud del conflicto social, especialmente cuando adquiere dimensiones generales.


Segundo. Puesto a seguir hilando fino, Quim González afirma: “creo que la huelga general se mide en los centros de trabajo, se mide con las empresas vacías y no con las calles vacías”. Sorprendentemente, esta afirmación que parece tener una cierta dosis de heterodoxia es, fundamentalmente, la más brillante tradición de la acción sindical del siglo XX cuando se va conquistando, gradualmente, derechos de ciudadanía en el centro de trabajo. Esta es nuestra memoria colectiva y así lo ha dejado escrito la investigadora norteamericana Beverly Silver. Que ha estudiado en Las fuerzas del trabajo (Akal, 2005) las formas de lucha de los trabajadores, en sus rasgos generales, a lo largo de todolos siglos XIX y XX. En aquellos tiempos lejanos los obreros en la manufactura expresaban su acción colectiva no tanto dentro de la fábrica sino en el exterior: la organización del trabajo no ofrecía, todavía, instrumentos particularmente ventajosos para la lucha, de ataque al poder del patrón, hecha la excepción de la huelga; de ahí que la movilización obrera tendiera a basarse en las relaciones sociales del y en el territorio: un ámbito social externo a la fábrica.

Ocurre, sin embargo, que sin saber exactamente porqué el enfoque sindical, en esta cuestión, se ha ido deslizando a la panorámica mediática que, con razón o sin ella, han impuesto los medios de comunicación. Que los medios tengan esa visión es algo que les afecta (o debería afectar) a ellos y solo a ellos. Pero no al sujeto social convocante, director y “gestor” de la acción colectiva que es la huelga o el conflicto social.


Pienso que Quim González acierta, con la ortoxia del siglo XX. Porque, si se me permite la altisonancia, la vis histórica del sindicalismo surge del y en el centro de trabajo, y es ahí donde se ejerce principalmente (aunque no únicamente) el conflicto social que es la huelga, sea general o sectorial. Luego la valoración de ese conflicto no puede ser otro que “la fábrica vacía” o, para mayor precisión, el centro de trabajo en huelga. Comparado con ello, las calles vacías son un perifollo. En resumidas cuentas, la madre del cordero está en el centro de trabajo, y ese –y no otro— el rasero de cómo valorar la huelga. Ni siquiera lo es la manifestación multitudinaria que, aunque importantísima, no puede suplir la vis histórica del sindicalismo. Entiéndase bien, no estoy contraponiendo la huelga en el centro de trabajo a la manifestación multitudinaria; estoy citando prelaciones.


Tercero. En un momento determinado Quim González nombra la bicha. Viene a recordar que nuestra debilidad está en la empresa: “Nuestro déficit está en cómo influimos en la humanización de las condiciones de trabajo, en la seguridad del puesto de trabajo, en la cualificación y la organización del trabajo, en como somos parte activa y principal de la transformación que viven las empresas centralizando funciones, descentralizando decisiones, etc… Nuestro déficit esta en arañar derechos colectivos e individuales para los trabajadores y trabajadoras, en avanzar en la participación de éstos y de sus sindicatos en la marcha de la empresa: es en estos aspectos en los que tenemos, sin duda, muchos más déficits de propuesta, iniciativa, debate y reflexión sindical, que en los relativos a las políticas públicas”. Son cosas sabidas desde hace mucho tiempo; es más, yo diría que esta es otra de las gangas que los sindicalistas de mi quinta dejamos a los que nos sucedieron. Pero que las nuevas generaciones han corregido muy levemente.


Pienso que la tradicional debilidad del sindicalismo en el centro de trabajo responde dos elementos que se condicionan mutuamente. De un lado, la desubicación del sujeto social con relación a las gigantescas mutaciones de época que vienen de hace unas décadas; de otro lado, el envejecido modelo de representación en el centro de trabajo que representa ese ilustre anciano que es el comité de empresa. Estos dos grandes problemas –sobre los que vengo insistiendo desde hace mucho tiempo-- explicarían porqué nuestro sindicalismo confederal no está suficientemente ancorado en el centro de trabajo, esto es, el déficit de su vis histórica.


Cuarto. Si la generación fundadora de Comisiones Obreras –en tiempos de dura represión y ausencia de libertades-- provocó una radical discontinuidad con “lo viejo”, los actuales grupos dirigentes deberían hacer lo propio, esto es, poner las bases de un cambio profundo. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que no es posible mantener el anclaje cultural que todavía se tiene en las culturas y prácticas del fordismo, ya que este sistema es ya pura chatarrería. En ese anclaje me parece que radican todos los problemas que tenemos. Para decirlo en palabras rotundas: debemos ser el sindicalismo que, en el actual estadio de la sociedad informacional, exprese su personalidad de sujeto-conflicto. De ahí que piense que el tipo de concertación con nuestras contrapartes, que se ha ejercido hasta la presente, esté definitivamente agotado. Agotado en sus contenidos que siguen estando en sintonía con el fordismo y no en el nuevo estadio de la innovación-reestructuración. La salida que propongo la he expuesto en
DESPUÉS DEL FORDISMO, ¿QUÉ? Ello me ahorra insistir en el tema.


Con todo, algo me queda por aclarar. El actual modelo de concertación prima el carácter legislativo sobre el contractual propiamente dicho. En ese modelo hemos crecido y –queriendo o sin querer— hemos participado de un abundoso contagio legislativo de nuestras relaciones laborales. Que, además, siempre acaba con la confrontación entre el movimiento de los trabajadores (con el sindicalismo a la cabeza) y la representación popular que representa el Parlamento. Eso es lo que ha ocurrido bajo los diversos gobiernos de no importa qué color aparentan sus banderas.


Pues bien, si este modelo está definitivamente agotado, parece claro que hemos de reinventar uno nuevo. Que no tenga como baricentro un elemento puntual, aunque no lo excluya. Sino un itinerario de largo recorrido, es decir, la negociación permanente en torno a la gran cuestión de la innovación tecnológica. Y el engarce de esta con los grandes temas del Estado de bienestar, estableciendo los vínculos y compatibilidades con la cuestión medioambiental.


Radio Parapanda. Conclusiones XIX Encuentro de Expertos Latinoamericanos de Relaciones Laborales

viernes, 5 de noviembre de 2010

LA LARGA MIRADA DE MARCELINO CAMACHO


La muerte de ese gran dirigente sindical que fuera Marcelino Camacho propone una serie de reflexiones sobre su decisiva y original aportación al movimiento organizado de los trabajadores. Sin duda, Marcelino representó una profunda discontinuidad en la historia del movimiento sindical español, una cesura muy original con relación a la práctica de las organizaciones tradicionales UGT y CNT. Digamos, además, que el nombre de Marcelino tiene una similar significación en dicha historia como en sus momentos fundacionales lo tuvieron Pablo Iglesias y Anselmo Lorenzo. Tan disciplinadamente estudioso, tan pedagogo de multitudes y tan austero en su comportamiento como ellos. Y, de la misma manera que Iglesias y Lorenzo, Camacho vio las novedades de su época con su larga mirada.

Nuestro hombre vio lo siguiente: … “[...] A la capital administrativa ha sucedido el Madrid industrial; hoy son millares de obreras, que con sus batas blancas o azules, pasan por Atocha camino de Standard, Telefunken o Phillips hacia las máquinas-herramienta y las cadenas de montaje”. Así lo escribió en un importante artículo "El fetichismo y la realidad", Cuadernos para el diálogo (Junio de 1964). Aparentemente esta descripción camachiana podría ser interpretada como un relato costumbrista. Pero tiene mucha más miga. Es la percepción de un paisaje socioeconómico que ha desplazado definitivamente lo anterior: por la calle --de la fábrica hasta casa-- el mono azul de un tipo de trabajo asalariado ha emergido y de esa visibilidad antropológica Marcelino saca sus conclusiones sociopolíticas y culturales. Los talleres de modistillas han sido substituidos por las grandes empresas matalúrgicas: la artesanía ha sido licenciada y, en su lugar, surge un fordismo que, aunque muy particular, representa un nuevo paradigma. Ese es el trasfondo del artículo de Marcelino en la revista "Cuadernos para el Diálogo".

Es, a principios de los años sesenta, cuando nuestro hombre –en plena Dictadura franquista— plantea que la acción colectiva no debe ser clandestina para cumplir sus objetivos de mejorar la condición de trabajo y vida del conjunto asalariado. Lo que supone, a su vez, la puesta en marcha de un movimiento abierto y reivindicativo, basado en la unidad social de los trabajadores. Pilar básico de la propuesta es la independencia y autonomía sindicales cuya base es la democracia deliberativa en el taller y la oficina: la asamblea, expresión real de lo que podríamos denominar democracia próxima, elemento central de la independencia yn autonomía del nuevo sindicalismo que estaba en sus primeros andares. Todo ello dicho en unos momentos de intensa negación y persecución de todas las libertades suponen una radical heterodoxia en los planteamientos teóricos y prácticos de la lucha contra la Dictadura. Esta aportación camachiana no es el resultado de una abstracción sino de su concreta experiencia como trabajador de la empresa madrileña Perkins. Salvando las distancias de todo tipo, se diría que los planteamientos camachianos entroncan con algunas aportaciones de gente de tanta solvencia como Joan Peiró (especialmente el de la etapa contra el general Primo de Rivera) y Giuseppe Di Vittorio en lucha clandestina contra Mussolini. Camacho comparte con ellos lo siguiente: considera que el objeto de los sindicalistas no es exactamente el sindicato sino los trabajadores de carne y hueso, el amor apasionado por la formación intelectual y el estudio y la relación caliente con las personas.


Ya en aquellos tiempos –esto es, a principios de los sesenta— Marcelino era una persona querida y respetada: una condición que le acompañará toda su vida. En realidad, en mi larga vida como sindicalista, nunca he conocido una persona de la vida pública que haya concitado ese respeto y afecto de masas como vi en Marcelino. Acompañarle por la calle era un todo un baño de saludos y abrazos, incluso (y especialmente) de aquellas gentes, de cualquier edad, que se paraban a darle la mano, a “tocarle”. Era, por así decirlo, la metáfora de la democracia próxima. Recuerdo un sucedido en Lleida: estábamos comiendo en un restaurante; estábamos separados por una mampara de una familia numerosa que estaba celebrando la primera comunión de uno niño. El padre del jovencito vino y le pidió a Marcelino que fuera a tomarse una copita. Dicho y hecho, después le pide que diga unas palabritas. Pues bien, habla Marcelino durante dos minutos (¡una proeza en él!) y le dice al chaval que aproveche el tiempo, que estudie y sea muy formal. La gente aplaudió como si aquello fuera una magna asamblea de la SEAT o cosa por el estilo.


Así era Marcelino. Una persona de la que dijo un viejo sindicalista mataronés: “En Marselinu es com jo, però que en sap mes”. Sólo desde esa naturalidad podía poner en marcha esa discontinuidad histórica que se llama Comisiones Obreras. Un hombre que, a pesar de los larguísimos periodos de prisión, siempre tuvo la sonrisa de par en par. Un hombre que gestó un gran movimiento, que lo vio crecer y crecer … Un hombre del que nuestro Manuel Vázquez Montalbán dijo : "Asistiremos a la autoconstrucción de un dirigente obrero, que luchó como peón de la Historia en la Guerra Civil, y que, a partir de la derrota personal y de clase, se movió como un héroe griego positivo, en la lucha contra el destino programado por los vencedores, personal y coralmente.... Toda su vida será un trabajador que considera que el mundo no está bien hecho. Es decir, que no está hecho a la medida de los débiles".



Radio Parapanda. Homenaje a Marcelino: REVISITANDO LOS ORIGENES DE COMISIONES OBRERAS