miércoles, 26 de abril de 2017

TRABAJO Y CAMBIO TECNOLÓGICO: ¿SÓLO DESCONEXIÓN DIGITAL?



MIQUEL ÀNGEL FALGUERA BARÓ
Magistrado especialista TSJ Cataluña
En las últimas semanas han aparecido distintas informaciones sobre la posibilidad de implantación de la denominada desconexión digital en este país; por tanto,  el reconocimiento del derecho de las personas asalariadas a no estar pendiente de comunicaciones laborales fuera de su horario de trabajo. Se trata de un simple mimetismo de la descafeinada normativa francesa al respecto, tras la entrada en vigor de la denominada Loi El Khomri.

De entrada el lector puede tener la sensación de que se trata de una excelente idea, en tanto que esa posibilidad comportaría limitar el ámbito de las obligaciones de prestación de servicio a los concretos límites temporales a los que se circunscribe el horario laboral. Sin embargo, si reflexionamos un poco más sobre la cuestión emergen dudas importantes.

* Un cambio radical en las formas de trabajar

Las nuevas tecnologías están presentes en el mundo de las relaciones laborales desde hace ya más de tres décadas. Y lo están con creciente intensidad, en forma tal que las formas de trabajar actuales tienen escasa vinculación con las anteriores al cambio tecnológico.  
Uno empieza a tener ya cierta edad. Y si intento recordar cómo hacía un recurso de suplicación hace treinta y cinco años (era entonces un aprendiz de abogado) rememoro que me sentaba ante una máquina de escribir, colocaba los variados folios con su correspondiente papel carbón –teniendo a mano  aquél Tipex que te untaba de blanco los dedos- y así había que ir escribiendo poco a poco, meditando previamente cada frase. Pero antes, debía diseñar la “trama” del recurso y haberme provisto de las fotocopias de las sentencias y la normativa aplicables tras una búsqueda –a veces complicada- en los inagotables tomos de jurisprudencia y legislación. Un error en esa operación de confección del recurso devenía fatal, en tanto que obligaba a volver a empezar. El escrito así obtenido debía presentarse en el juzgado al día siguiente (o, entonces, en el juzgado de guardia, antes de las doce de la noche si finía el plazo)

Hoy un abogado que se enfrente a esa situación lo hace en forma radicalmente distinta: empieza a escribir por dónde quiere, rectifica lo que no le parece adecuando en el momento que cree oportuno, readecúa el texto cuándo le viene en gana, incluye –el maldito “corta y pega”- textos de sentencias, de legislación o de doctrina que obtiene fácil e inmediatamente de una base de datos on-line, etc. Y el recurso se presenta en el mismo momento de su finalización a través de LexNet.

Comparemos el resultado de ambos escenarios: mis recursos ocupaban, como mucho, cinco o seis páginas y tenía que dedicarles, con suerte, toda una tarde. El abogado de hoy puede escribir los suyos en menos tiempo con una extensión de muchas decenas de folios (para desesperación del ponente en el tribunal al que corresponda en reparto). Conclusión de esta breve reflexión propia: las formas de trabajar –y de pensar en el trabajo- de un abogado han sufrido un cambio radical por causa de las nuevas tecnologías. Y ello ha ocurrido en un sector en principio tan “artesanal” como el de los juristas…

Estas modificaciones en la forma de trabajar ya no son las microdiscontinuidades que caracterizan –como afirma el maestro ROMAGNOLI- nuestra disciplina: se trata de un cambio sísmico que está afectando a la orografía del iuslaboralismo.

*  Los inexplicables silencios del legislador, las insuficiencias de la negociación colectiva y el papel de los jueces

Pues bien, en esa tesitura no deja de llamar la atención que el legislador siga mirando hacia otra parte y permanezca ajeno a las implicaciones que ese choque en las capas tectónicas está teniendo en el contenido de derechos y obligaciones del contrato de trabajo. Si acudimos a la norma básica en materia de relaciones laborales, el Estatuto de los Trabajadores (ET), podremos comprobar como la mención a la tecnología es prácticamente inexistente. Aparte de la indeterminada referencia a la “técnica” contenida en los artículos 12,4 e), 39.2, 40.1 y 4, 41,1, 45.1 j), 47, 49.1 i), 51.1, 52 b) y 82.3) el ET únicamente  utiliza el término “tecnológico” en la letra b) del artículo 68 –en relación a la prioridad de permanencia de los representantes de los trabajadores, como sinónimo de causas técnicas-. Sólo el artículo 19.4 (como el artículo 19.1 LPRL) contiene una previsión normativa al respecto en materia de prevención de riesgos laborales (en un precepto, además, que no es otra cosa que la transposición de la Directiva 89/391/CEE). La conclusión resulta evidente: con la única salvedad de una puntual mención en salud laboral, la norma legal que por mandato constitucional deviene el eje central en la regulación del contrato de trabajo contempla el cambio tecnológico únicamente desde la perspectiva de lo que se conoce como flexibilidad interna o externa, situándolo en el marco de las medidas legales de reestructuración; esto es: el impacto del cambio tecnológico en las necesidades de gestión de mano de obra de la empresa. Ninguna mención a los derechos de los trabajadores ante el nuevo paradigma…

Podría pensarse que esa anomia ha sido cubierta por la negociación colectiva. Pero ocurre que no es así: si acudimos al Anuario de Estadísticas Laborales del 2015 publicado por el MEYSS podremos comprobar como apenas el 3,2 por ciento de los convenios registrados en ese período hacían mención a la regulación de la implantación de nuevas tecnologías (en porcentajes prácticamente inmodificados en los últimos años).

La inexistencia de una normativa reguladora del cambio tecnológico pone en evidencia un grave problema: el marco jurídico de las relaciones laborales está diseñado para un escenario que ya no es actual. Y en tanto que las garantías históricas devienen desfasadas –porque están pensadas sobre un modelo obsoleto- la desigualdad contractual entre las partes comporta que se incrementen en la práctica las potestades decisorias de los empleadores en detrimento de las tutelas las personas asalariadas.

Hace tiempo que he llegado a la conclusión que los silencios de la ley ante los grandes cambios del mercado de trabajo obedecen a una clara voluntad desreguladora. El legislador lleva casi un cuarto de siglo interviniendo, cual  elefante en cacharrería, en el complejo juego de derechos y obligaciones de lo que podríamos denominar “flexibilidad contractual”; pero lo ha hecho sólo en beneficio de una de las partes, negándose a regular el carácter bidireccional de esa flexibilidad (el empleador tiene concretos mecanismos de modificar horarios y condiciones de trabajo, pero esa opción no se contempla para el trabajador, más allá de declaraciones genéricas). Ese parcial intervencionismo se explica por razones de productividad y de adaptación de la producción. Sin embargo, la ley guarda un ominoso silencio ante los numerosos cambios del modelo de relaciones laborales; así ocurre, como se acaba de ver, respecto a los cambios derivados de los nuevos medios de producción. Pero ocurre también ante las nuevas formas de organización de la empresa (grupos de empresa, empresas-red, etc.) y de organización de la producción (externalización). Esas carencias del marco legal sólo son explicables por dos motivos: o una manifiesta ineptitud o, lo que se antoja más probable, una política no expresamente reconocida de potenciar la capacidad decisoria de los empresarios.

La obsolescencia de la ley obliga a jueces y tribunales a intentar adaptar –a martillazos- las antiguas tutelas al nuevo panorama, lo que provoca múltiples incertidumbres a los justiciables. Y a ello cabe añadir una creciente tendencia de la doctrina judicial de sustentar el progresivo deterioro de las garantías de las persona asalariadas, lo que se deriva del horror vacui y, por tanto, la negativa a suplantar el papel del legislador. Como prueba de esta afirmación: baste con observar la evolución de la doctrina casacional en relación con las capacidades empresariales de control del uso extraproductivo de los medios tecnológicos (no es lo mismo lo que se afirma en la STS UD 26.09.2007, Rec. 966/2006, que lo se indica en la STS UD 06.10.2011, Rec. 4053/2010) o respecto a la validez como prueba de los registros videográficos en el centro de trabajo (es suficiente comparar la conclusión de la STS UD 13.05.2014, Rec. 1685/2013, que la de la STS UD 07.07.2016, Rec. 3233/2014).

A ello cabe sumar que el propio Tribunal Constitucional –que sí tiene competencias para forzar la interpretación de la ley supliendo el papel del legislador- ha dejado de jugar en los últimos años el papel de impulsor del ejercicio de derechos fundamentales en las relaciones laborales que históricamente había venido cumpliendo. No está de más recordar cómo en la STC 114/1984, de 29 de noviembre se afirmaba que el secreto de comunicaciones no se limitaba únicamente al contenido de la misiva, extendiéndose asimismo a “otros aspectos de la misma, como la identidad subjetiva de los interlocutores o de los corresponsales”; y que la impenetrabilidad para terceros no se aplicaba únicamente respecto a los poderes públicos, sino que también era postulable en el ámbito interprivatus. A lo que se añadía que “el concepto de secreto en el art.  18.3 tiene un carácter formal, en el sentido de que se predica de lo comunicado, sea cual sea su contenido y pertenezca o no el objeto de la comunicación misma al ámbito de lo personal, lo íntimo o lo reservado”. Así el derecho constitucional al secreto de comunicaciones sólo podía ser afectado por una resolución judicial suficientemente motivada y con carácter proporcional.

Una lógica que también se aplicó en el terreno de las nuevas tecnologías (STC 173/2011, de 7 de noviembre). Sin embargo, cuando años después, el TC tuvo que aplicar su doctrina en el terreno de las relaciones laborales optó por una clara opción propietarista, aceptándose el acceso del empresario a ámbitos de privacidad del trabajador por el mero hecho de ser el titular del mismo (SSTC 241/2012, de 17 de diciembre, 170/2013, de 7 de octubre, etc.). El papel de cuasi legislador histórico –por tanto, de cubrir las carencias de la ley- del TC es claramente denotable en su sentencia 281/2005, reconociendo el derecho de los sindicatos a remitir información a los trabajadores, imponiendo, sin embargo, una serie de condicionantes. Por el contrario, la reciente STC 17/2017, de 2 de febrero, pone en evidencia cómo nuestro órgano de interpretación constitucional se ha negado a declarar contrario al derecho de huelga el esquirolaje tecnológico.

*  ¿Qué hacer?: no es sólo el derecho a la desconexión

Parece evidente que la inercia de potenciación de las competencias del empleador ante el nuevo paradigma tecnológico está afectando sensiblemente al juego tradicional de poderes del contrato de trabajo, rozando situaciones que en la práctica conllevan una limitación casi absoluta del ejercicio de derechos fundamentales por los trabajadores. Y ello sólo tiene una posible alternativa (obviamente, si lo que se pretende en un reequilibrio de fuerzas en el contrato de trabajo): una modificación legislativa. Se trata, pues, de regular por ley la incidencia del cambio tecnológico en las relaciones laborales. Ahí van algunas ideas:

- En primer lugar desde una perspectiva meramente contractual, hay que romper la tendencia propietarista del uso extraproductivo de las nuevas tecnologías en el trabajo. Ciertamente, el ordenador es propiedad del empresario; sin embargo, cuando ese ordenador se conecta a Internet es algo más: es un instrumento de comunicación. Por ello, las limitaciones que pueda imponer el empleador al respecto no son universales (en tanto que esto conlleva negar el ejercicio de un derecho fundamental) sino que deben ser causales, proporcionadas y objetivas. No está de más recordar, en este sentido, que la ONU ha declarado el acceso a Internet como un “derecho humano altamente protegido” (lo que ha empezado a aceptarse en algunos países, como México o Grecia.

- En segundo lugar, deben regularse los límites de las afectaciones de ámbitos de privacidad de la persona asalariada en el trabajo o en relación al mismo. Se trata, por tanto, de establecer las normas compositiva por la colisión del derecho a la libre empresa con los derechos al secreto de comunicaciones (acceso a los contenidos personales en el ordenador de la empresa), a la intimidad (grabaciones videográficas o de voz, instrumentos de seguimiento o reconocimiento, prueba de detectives, etc.), a la libertad informática (aspecto éste que tendrá que ser abordado por la trasposición del Reglamento 2016/79), a la libertad sindical (el tablón de anuncios virtual) y al derecho de huelga (esquirolaje tecnológico).

- En tercer lugar, parece imprescindible un cambio en la normativa procesal que regule plenamente aspectos como la prueba digital y su adaptación al régimen de recursos, así como la ilicitud de la prueba y su prueba.

- Por último, no estaría de más empezar a diseñar marcos legales ante fenómenos emergentes vinculados con la prestación laboral, como el teletrabajo (pese a los cambios experimentados en el art. 13 ET tras el RDL 3/2012 quedan aún múltiples aspectos del Acuerdo Marco por trasladar a nuestro ordenamiento) o la ubereconomia (que me resisto a llamar “economía colaborativa”).

Ni el mero propietarismo, ni el régimen de obligaciones contractuales justifican que el derecho a la libertad de empresa y el derecho a la propiedad enerven el ejercicio de otros derechos constitucionales (en especial cuando éstos tienen la condición de fundamentales). Es ésa una visión basada en la lógica de producción del paradigma fordista que, por tanto, está hoy en claro declive. El fin del fordismo no es únicamente predicable del contenido de la prestación laboral (la flexibilidad contractual), también se extiende a las formas de organización del trabajo y de la producción y al modelo de ejercicio del poder en la empresa. En otro caso, la subordinación autoritaria del anterior sistema deviene, por mor de las nuevas tecnologías, en una situación en la que se agudiza el sometimiento del trabajo a la esfera de poder del empleador.

En esa tesitura, iniciativas como la regulación de la desconexión digital pueden ser positivas… siempre que se acompañen de una efectiva normativización de las nuevas tecnologías en el trabajo. Lo contrario –quedarse ahí- conlleva un evidente mensaje implícito: mientras se está dentro de la empresa no existen derechos fundamentales (como escribió el gran Dante: “lasciate ogne speranza, voi ch'intrate”).

Empezar a regular las nuevas realidades productivas en el trabajo por la desconexión digital es, simplemente, empezar la casa por la ventana. La tendencia legislativa debería ser exactamente la contraria




martes, 25 de abril de 2017

¿Primero de Mayo o Uno de Mayo?

¿Primero de Mayo o Uno de Mayo? De un tiempo a esta parte las convocatorias del Primero de Mayo, 1º de Mayo, algunas convocatorias –manifiestos, carteles – hablaban del Uno de Mayo, 1 de Mayo. De ello se habló en este mismo blog en años anteriores. Ahora, se ha extendido y es raro ver un llamamiento que indique que el Día Internacional de los trabajadores se llama Primero de Mayo. O, para abreviar, 1º de Mayo. Incluso los órganos centrales de CC.OO. y UGT nos hablan del 1 de Mayo. Algo peor que una estupidez, es un error. Está ocurriendo igual que el Día Internacional de la Mujer trabajadora que, mutatis mutandi, se está convirtiendo en el Día de la Mujer. A secas. O sea, el día de la señora Botín y el de una trabajadora del textil Sabadell. ¿A qué se debe este cambio de carácter, que el sindicato ha ido asumiendo silenciosa y despreocupadamente. ¿Es irrelevante lo que estamos planteando? ¿Es una pejiguería propia de un viejo sindicalista?

El Uno de Mayo, 1 de Mayo, es solamente una fecha del almanaque con la misma personalidad que otro día del año. El Primero de Mayo, 1º, es la conmemoración de un acontecimiento histórico, la unidad ocasional de los trabajadores en el mundo entero, la celebración de un complejo itinerario de luchas en todos los países, y la oportunidad para reflexionar –renovando y repensando el sindicalismo--  sobre la transformación y humanización del trabajo. Este es el significado de un significante tan importante como el Primero de Mayo. Por el contrario, el significado y el significante del Uno de Mayo es irrelevante.

Me pregunto por qué se fue diluyendo el nombre de la cosa, y por qué nadie con mando en plaza ha llamado al orden. Esto del uno de Mayo es, sin duda, parte de una moda currutaca. Y que, de no corregirse, puede formar parte del almacén de aquellas denominaciones antiguas. Por ejemplo, las que intentaban disfrazar ese Día como San José Obrero o San José Artesano.


Lo nuestro es Primero de Mayo, Primer de Maig, Primo Maggio, Premier Mai. Lo otro es una gilipollescencia, que –sin querer, desde luego--  erosiona la fuerza de una conmemoración y de un proyecto. Por lo que se ruega encarecidamente un respeto a algo que es, además, memoria histórica. O, si se prefiere, historia. Perdón Historia. 



domingo, 23 de abril de 2017

Discurso de Eduardo Mendoza tras recibir el Cervantes 2017



No creo equivocarme si digo que la posición que ocupo, aquí, en este mismo momento, es envidiable para todo el mundo, excepto para mí.
Han transcurrido varios meses desde que me llamó el señor Ministro para comunicarme que me había sido concedido el premio Cervantes y todavía no sé cómo debo reaccionar. Espero no haber quedado mal entonces, ni quedar mal ahora, ni en el futuro.
Porque un premio de esta importancia, tanto por lo que representa como por las personas que lo han recibido a lo largo de los años, no es fácil de asimilar adecuadamente, sin orgullo ni modestia. No peco de insincero al decir que nunca esperé recibirlo.
En mis escritos he practicado con reincidencia el género humorístico y estaba convencido de que eso me pondría a salvo de muchas responsabilidades. Ya veo que me equivoqué. Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia.
Pero no soy yo quien ha de explicar las razones del jurado ni menos aún justificar su decisión. Tan sólo expresarle mi más profundo agradecimiento y decirles, plagiando una frase ajena, que me considero un invitado entre los grandes.
En el acta que nos acaba de ser leída, se me honra mencionando mi vinculación con la obra de Cervantes. Es una vinculación que admito con especial satisfacción. He sido y sigo siendo un fiel lector de Cervantes y, como es lógico, un asiduo lector del Quijote. Con mucha frecuencia acudo a sus páginas como quien visita a un buen amigo, a sabiendas de que siempre pasará un rato agradable y enriquecedor. Y así es: con cada relectura el libro mejora y, de paso, mejora el lector.
Pero en mi memoria quedan cuatro lecturas cabales del Quijote, que ahora me gustaría recordar.
Leí por primera vez el Quijote por obligación, en la escuela. En algún sitio he leído que la presencia obligatoria del Quijote en la enseñanza no pasa de ser una leyenda urbana. Es cierto, pero toda regla tiene su excepción. En nuestro copioso surtido de planes de enseñanza, hubo, tiempo atrás, un curso llamado preuniversitario, coloquialmente “el preu”, cuyo programa era monográfico, es decir: un solo tema por cada materia. A los que hicimos preuniversitario el año académico de 1959/60 nos tocó leer y comentar el Quijote, tanto a los que habíamos optado por el bachillerato de letras como por el de ciencias. A diferencia de lo que ocurre hoy, en la enseñanza de aquella época prevalecía la educación humanística, en detrimento del conocimiento científico, de conformidad con el lema entonces vigente: que inventen ellos.
Las cosas cambian de nombre en función de la distancia. El suelo que ahora piso se llama paisaje cuando está lejos. Y cuando ya no está, se llama Geografía.
Del mismo modo, la pomposa abstracción que hoy llamamos Humanidades, antes se llamaba, humildemente, Curso de Lengua y Literatura. Y para mis compañeros de curso y para mí, aún más humildemente, la clase del Hermano Anselmo.
El colegio donde se encontraba esta clase era un edificio vetusto, de ladrillo oscuro, frío en invierno, en una Barcelona muy distinta de la que es hoy. Por las ventanas se veían las cuatro torres de la Sagrada Familia tal como las dejó Gaudí, negras de hollín y felizmente dejadas de la mano de Dios. En la clase de Literatura nos enseñaban algunas cosas que luego no me han servido de mucho, pero que me gustó aprender y me gusta recordar. Por ejemplo, la diferencia entre sinécdoque, metonimia y epanadiplosis. O que un soneto es una composición de catorce versos a la que siempre le sobran diez.

Y allí, contra aquel fiero rebaño compuesto por treinta adolescentes sin chicas que era la clase del Hermano Anselmo, arremetió lanza en ristre don Alonso Quijano el Bueno, no sé si en la edición de Riquer o en la de Zamora Vicente para la lectura, y en la desmesurada edición de Rodríguez Marín para ir por nota. Porque de esto hace mucho y el Profesor don Francisco Rico aún no había alcanzado el uso de razón.

La verdad es que don Quijote y Sancho no fueron bien recibidos. Nuestra imaginación literaria se nutría de El Coyote y Hazañas Bélicas y las sesiones dobles del cine de barrio eran nuestro Shangri-La. Pero el Siglo de Oro, francamente, no.
Hay que decir, en nuestro descargo, que en aquellos años, que Juan Marsé llamó de incienso y plomo, la figura de don Quijote había sido secuestrada por la retórica oficial para convertirla en el arquetipo de nuestra raza y el adalid de un imperio de fanfarria y cartón piedra. También, solo o con Sancho, a pie o a caballo, se vendía a la gruesa en estaciones y aeropuertos, y en muchos hogares estaba presente como cenicero, pisapapeles o apoyalibros. Malas tarjetas de visita para un aspirante a superhéroe.
Pero entonces no se iba a la escuela a jugar, sino a estudiar y a obedecer. Tampoco nos apetecía aprender de memoria los afluentes del Ebro. Y con el mismo entusiasmo emprendimos la lectura de lo que parecía ser una tortura dividida en dos partes. Como es de suponer de inmediato y casi contra mi voluntad me rendí a su encanto.
Curiosamente, lo que me fascinó entonces no fue la figura de don Quijote, ni sus empresas y sus infortunios, sino el lenguaje cervantino. Desde niño yo quería ser escritor. Pero hasta ese momento los resultados no se correspondían ni con el entusiasmo ni con el empeño. Las vocaciones tempranas son árboles con muchas hojas, poco tronco y ninguna raíz. Yo estaba empeñado en escribir, pero no sabía ni cómo ni sobre qué.
La lectura del Quijote fue un bálsamo y una revelación. De Cervantes aprendí que se podía cualquier cosa: relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje, transcribir un diálogo, intercalar un discurso o hacer un comentario, sin forzar la prosa, con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia.
“Apeáronse don Quijote y Sancho y, dejando al jumento y a Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a las alforjas y, sin ceremonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo comieron lo que ellas hallaron”. No se puede dar una información más expresiva con palabras más sencillas y una sintaxis más limpia.

Cuál no sería mi entusiasmo que traté de compartirlo con mi padre, hombre aficionado a la literatura. Mi padre me escuchó y me respondió que sí, que bueno, pero que era mejor Lope de Vega. Hasta en eso teníamos que disentir.

Leí el Quijote de cabo a rabo por segunda vez una década más tarde. Yo ya era lo que en tiempos de Cervantes se llamaba un bachiller, quizá un licenciado, lo que hoy se llama un joven cualificado, y lo que en todas las épocas se ha llamado un tonto.
Llevaba el pelo revuelto y lucía un fiero bigote. Era ignorante, inexperto y pretencioso. Pero no había perdido el entusiasmo. Seguía escribiendo con perseverancia, todavía con pasos aún inciertos, en busca una voz propia.
Como tenía otros modelos literarios, de mayor graduación alcohólica, por decirlo de algún modo, como Dostoievski, Kafka, Proust y Joyce, en esa ocasión me atrajo sobre todo el Caballero de la Triste Figura, su tenacidad y su arrojo. Porque, salvando todas las distancias, yo aspiraba a lo mismo que don Alonso Quijano: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos.
Algo conseguí de lo primero; en lo segundo me llevé bastantes chascos, y en lugar de deshacer entuertos, causé algunos, más por irreflexión que por mala voluntad.
Tampoco a don Quijote le salen bien las cosas. También él se equivoca en el planteamiento. Cree seguir las normas de la Caballería andante pero es un hijo de Erasmo y de la Reforma. Para él no son las leyes humanas o divinas las que determinan su conducta, sino la ética personal. Cree defender a los débiles pero defiende a los rebeldes y a los que luchan por la libertad, aunque sean delincuentes. Antepone sus deseos a la realidad, y es, en definitiva, el paradigma del idealismo desencaminado, si esta expresión no es una redundancia. Poco importa, porque “la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá oscurecer malicia alguna”.
Y por eso me gustaba. Porque si Cervantes es hijo de Erasmo, yo era hijo del Romanticismo, y no me atraían los héroes épicos sino los héroes trágicos. Un héroe épico se vuelve un pelma cuando ya ha hecho lo suyo. En cambio un héroe trágico nunca deja de ser un héroe, porque es un héroe que se equivoca. Y en eso a don Quijote, como a mí, no nos ganaba nadie.
La tercera vez que leí el Quijote ya era, al menos nominalmente, lo que nuestro código civil llama “un buen padre de familia”.
Cuando emprendí esta nueva lectura del Quijote no tenía motivos de queja. Como don Quijote, había recibido algunos palos, ni muchos ni muy fuertes. Como Sancho Panza, me había apeado muchas veces del burro. Pero había conseguido publicar algunos libros que habían recibido un trato benévolo de la crítica y una buena acogida del público. Hago un paréntesis para decir que, sin quitarme el mérito que me pueda corresponder, mucho debo al apoyo y, sobre todo, al cariño de algunas personas. Y creo que sería injusto silenciar, a este respecto, la contribución especial de dos personas a mi carrera literaria. Una es Pere Gimferrer, que me dio la primera oportunidad y es mi editor vitalicio y mi amigo incondicional. La otra es, por supuesto, Carmen Balcells, cuya ausencia empaña la alegría de este acto.
En aquella tercera lectura del Quijote, descubrí y admiré el humor que preside la novela. Lo que digo puede parecer una obviedad, pero a mi juicio no lo es. Cuando el Quijote vio la luz sin duda fue recibido y leído como un libro cómico. Pero los tiempos cambian y aunque el humor es el mismo, nuestra percepción de lo cómico ha cambiado. En este sentido, en la actualidad el Quijote ha perdido buena parte de su comicidad. Visto desde mi perspectiva, los episodios jocosos no son muchos ni muy variados. Hay alguno espléndido, como el de los molinos de viento, pero el resto repiten un patrón convencional: confusión y paliza. Una parodia del estilo artificioso de las novelas de caballerías y varias intervenciones divertidas de Sancho completan el panorama. Nada de esto desmerecía a mis ojos la calidad de la obra ni rebajaba mi admiración, pero así pensaba yo.
Lo que descubrí en la lectura de madurez fue que había otro tipo de humor en la obra de Cervantes. Un humor que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo. Un humor que camina en paralelo al relato y que reclama la complicidad entre el autor y el lector. Una vez establecido el vínculo, pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma.
Es precisamente el Quijote el que crea e impone este tipo de relación secreta. Una relación que se establece por medio del libro, pero fuera del libro, y que a partir de ese momento constituirá la esencia de lo que denominamos la novela moderna. Una forma de escritura en la cual el lector no disfruta tanto de la intriga propia del relato como de la compañía de la persona que lo ha escrito.

Aunque raro es el año en que no vuelva a picotear en el Quijote, con la única finalidad de pasar un rato agradable y levantarme el ánimo, lo cierto es que no lo había vuelto a releer de un tirón, hasta que la cordial e inesperada llamada del señor Ministro me notificó que me había sido concedido este premio, y por añadidura en el cuarto centenario de la muerte de Cervantes. Así las cosas, pensé que tenía el deber moral y la excusa perfecta para volver, literalmente, a las andadas.

En esta ocasión seguía y sigo estando, en términos generales, satisfecho de la vida. De nada me puedo quejar e incluso ha mejorado mi estado de salud: antes padecía pequeños desarreglos impropios de mi edad y ahora estos desarreglos se han vuelto propios de mi edad.

Sin embargo, cuando se lee el Quijote, uno nunca sabe lo que le puede pasar. En lecturas anteriores yo había seguido al caballero y a su escudero tratando de adivinar la dirección que llevaba su peregrinaje. Esta vez, y sin que en ello interviniera de ningún modo la melancolía, me encontré acompañando al caballero en su camino de vuelta a un lugar de la Mancha cuyo nombre nunca hemos olvidado, aunque a menudo lo hayamos intentado.

Alguna vez me he preguntado si don Quijote estaba loco o si fingía estarlo para transgredir las normas de una sociedad pequeña, zafia y encerrada en sí misma. Aunque ésta es una incógnita que nunca despejaremos, mi conclusión es que don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza. Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera, y por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el mundo.
Pero en una cosa le llevo ventaja a don Quijote: en que yo soy de verdad y él un personaje de ficción.
Una novela es lo que es: ni la verdad ni la mentira. El que lee una obra de ficción y no se cree nada de lo que allí se cuenta, va mal; pero el que se lo cree todo, va peor. Hoy esto es de conocimiento general. Pero el Quijote es la primera novela moderna y el pobre don Quijote no ha tenido tiempo de asimilar los cambios que él mismo trae al mundo. Al contrario, él es el primer caso certificado de lector demasiado crédulo. No es raro que se haga un lío. Y así va, hasta que un mal día, en la misma ciudad de Barcelona, donde yo habría de descubrirlo unos cuantos siglos más tarde, don Quijote visita una imprenta y allí descubre que en realidad es el protagonista de una novela. Y como ya no sabe qué hacer a continuación, da media vuelta y regresa a casa.
Lo que tampoco sabe es que su breve periplo, de poco más de un mes, no ha sido en balde.
Todo personaje de ficción es transversal. Va de lector en lector, sin detenerse en ninguno. Eso mismo hace don Quijote. Exceptuando a Sancho, todos los personajes del libro están donde Dios los puso. Don Quijote es lo contario: va de paso y atraviesa fugazmente por sus vidas. Generalmente les causa un pequeño trastorno, pero les paga con creces. Sin la incidencia atropellada de don Quijote, hidalgos, venteros, labriegos, curas y mozas del partido reposarían en la fosa común de la antropología cultural. Gracias a don Quijote hoy están aquí, con nosotros, tan reales como nosotros mismos y, en algunos casos, quizás un poco más.
Ésta es, a mi juicio, la función de la ficción. No dar noticia de unos hechos, sino dar vida a lo que, de otro modo, acabaría convertido en mero dato, en prototipo y en estadística. Por eso la novela cuenta las cosas de un modo ameno, aunque no necesariamente fácil: para que las personas, a lo largo del tiempo, la consuman y la recuerden sin pensar, como los insectos que polinizan sin saber que lo hacen.
Recalco estas cosas bien sabidas porque vivimos tiempos confusos e inciertos. No me refiero a la política y la economía. Ahí los tiempos siempre son inciertos, porque somos una especie atolondrada y agresiva y quizá mala, si hubiera otra especie con la que nos pudiéramos comparar.
La incertidumbre y la confusión a las que yo me refiero son de otro tipo. Un cambio radical que afecta al conocimiento a la cultura, a las relaciones humanas, en definitiva, a nuestra manera de estar en el mundo. Pero al decir esto no pretendo ser alarmista. Este cambio está ahí, pero no tiene por qué ser nocivo, ni brusco, ni traumático.

En este sentido, ahora que los dos vamos de vuelta a casa, me gustaría discrepar de don Quijote cuando afirma que no hay pájaros en los nidos de antaño. Sí que los hay, pero son otros pájaros.

Ocasiones como la presente entrañan para el premiado un riesgo inverso al que corrió don Quijote: creerse protagonista de un relato más bonito que la realidad. Prometo hacer todo lo posible para que no me ocurra tal cosa.

Para los que tratamos de crear algo, el enemigo es la vanidad. La vanidad es una forma de llegar a necio dando un rodeo. Es un peligro que no debería existir: mal puede ser vanidoso el que a solas va escribiendo una palabra tras otra, con mimo y con afán y con la esperanza de que al final algo parezca tener sentido. La tecnología ha cambiado el soporte de la famosa página en blanco, pero no ha eliminado el terror que suscita ni el esfuerzo que hace falta para acometerla.
Por lo demás, al que se echa a los caminos la vida le ofrece recordatorios de su insignificancia. Hace muchos años, cuando yo vivía en Nueva York, quedé en un bar con un amigo, ilustre poeta leonés. Como vimos que la camarera que nos atendía era hispanohablante, probablemente portorriqueña, cuando vino a tomarnos la comanda nos dirigimos a ella en castellano. La camarera tomó nota y luego nos preguntó si éramos franceses. Le respondimos que no. ¿Qué le había hecho pensar eso? Oh, dijo ella, como habláis tan mal el español... En su momento, esta anécdota nimia me produjo una gran alegría que nunca se ha disipado. Porque comprendí que habitaba un mundo diverso, rico, divertido y con un amplísimo horizonte. Y que todas las lenguas del mundo son amables y generosas para quien las quiere bien y las trabaja.
Y aquí termino, repitiendo lo que dije al principio. Que recojo este premio con profunda gratitud y alegría, y que seguiré siendo el que siempre he sido: Eduardo Mendoza, de profesión, sus labores.
Muchas gracias

sábado, 22 de abril de 2017

La versión totalizante de Puigdemont


“Els 850 anys de l’Hospital de Martorell són possibles gràcies a aquesta gran estructura d’estat que és la nostra societat civil” (1). Tamaño disparate no es necesario traducirlo al castellano en ninguna de sus versiones geográficas. Ni siquiera hace falta ser becario de Metiendo bulla para saber que una cosa es la «sociedad civil» y otra el «Estado».

La primera consideración es la ignorancia caballuna del president de la Generalitat, que es periodista de carrera. La segunda es que la mitografía independentista es capaz de identificar «el Estado» con una talabartería que le sea afín. Estos son los tiempos y la lírica que tenemos en algunos recovecos de Cataluña.

Ahora bien, siendo preocupante lo anterior –la ignorancia y su hija putativa, la mitografía--  más lo son las consecuencias que se desprenden de lo uno y lo otro. A saber, el Estado ya no son sus necesarias estructuras convencionales que llamamos técnicamente los aparatos del Estado. En la versión de Puigdemont y sus masoveros la sociedad civil es también Estado y, por tanto, aparato del Estado. Alerto: no se trata simplemente de un chocante Libro de Estilo, es una concepción que remacha el clavo de una visión totalizante. Todo es Estado. Hasta un puesto de pipas.  Por lo tanto, el Estado debe ocuparlo todo.


En resumidas cuentas, algo más que una empanada rellena de ignorancia. El filósofo Leo Strauss   (en la foto) solía contar que su abuela le decía con frecuencia: «Te sorprenderás si supieras con qué poca sabiduría está dirigido el mundo». Puigdemont se esfuerza en demostrarlo. A destajo.


Jorge, el Egipcio



RELATOS DE BADALONA (5)
Lluis Casas



Le llamaremos Jorge por comodidad y discreción, aunque pienso que su verdadero nombre traducido al castellano es más que parecido al que utilizo.
Jorge es un hombrón de buena presencia. Con un tamaño perfectamente respetable. Mantiene el rostro con una expresión de gran seriedad que podría devenir en alerta para el que le habla.

En realidad, el verdadero carácter de Jorge se descubre en cuanto toma la palabra, aflora una gran timidez, un extremo respeto hacia el interlocutor, una calma y una capacidad de reflexión notables. Para un ex trabajador de la construcción resulta sorprendente. No hay gritos, ni quejas, ningún exabrupto comprensible. Tal vez si la conversación fuera en su lengua las cosas serían distintas, pero no lo creo. Jorge es un ejemplo de moderación en casi todo.

Tal vez Aneda, su mujer, tenga algo que ver. Dispone de un control delegado que la hace casi independiente a pesar de su territorio de origen y las costumbres que se intuyen. Vistos en su domicilio, territorio hegemónico de Aneda, todo encaja.

Jorge y Aneda son egipcios y además cristianos coptos. Lo cual significa que su fe es la más antigua dentro del cristianismo. Una pareja con tres hijos varones pequeños que mantienen en su casa una verdadera delegación eclesial de su religión: hay en el televisor, conectado vía satélite, una misa copta casi permanente.

Existe en la zona de Badalona y municipios adyacentes una pequeña comunidad copta que los mantiene vinculados y menos aislados en el mar del catolicismo descreído y del islamismo un tanto abandonado.
Jorge y Aneda estaban instalados con cierta comodidad para unos inmigrantes en la Catalunya del todo es posible en el mundo de la construcción. Salario alto y administración doméstica moderada prometían una buena vida.

Las circunstancias de imprevisibilidad de la vida condujeron a Jorge a un gravísimo accidente laboral y a la anulación de su capacidad de trabajar en su oficio y en cualquier otro que exigiese la más mínima capacidad física. Después de unas ciertas diatribas con la aseguradora y con el sistema de pensiones a Jorge se le concedió una pensión permanente por incapacidad. La medicina decidió que el riesgo operatorio para Jorge era tan grande que era preferible renunciar y aceptar los dolores permanentes y la disminución de la movilidad. Las muletas primero y el bastón después iban a ser los complementos para siempre para un deambular inseguro y lento.

Con la vida cambiada, Jorge y Aneda se enfrentaron al problema básico de toda familia con hipoteca: como compaginar su pago con el mantenimiento familiar, tres hijos pequeños no son poca cosa a la hora de los gastos, cuando los ingresos se reducen a la mitad.

No estamos hablando de una vivienda de lujo, en absoluto. Dos habitaciones y el estándar habitual de baño, cocina y comedor. Y, algo muy importante para el futuro, una escalera sin ascensor, lo suficientemente estrecha y empinada como para obligar a Jorge a permanecer en casa siempre que no fuera absolutamente imprescindible lanzarse a la aventura del descenso. Para los niños el problema era menor, siempre podían emprender la fuga en plan suicida. Lo que es, evidentemente, un incentivo para los de su edad.

Los impagos producidos de las cuotas de la hipoteca llevaron a la familia de Jorge y Aneda a visitar la PAH de Badalona y a emprender la peregrinación de intentar un acuerdo bancario que les dejase en una situación mínimamente favorable. Se trataba de poder acceder a una vivienda de alquiler social y de eliminar la deuda subsiguiente a la dación de la vivienda.

En el caso de Jorge y Aneda no existía el agobio de la falta de unos ingresos mínimos que permitieran una vida básica. La pensión de Jorge y las trapicharías de Aneda, que fácilmente pueden imaginar, garantizaban la alimentación y los gastos básicos familiares. El problema era la vivienda y la deuda en el marco de una persona que no podía acceder a casi ningún trabajo por elemental que fuera.

Finalmente, la banca afectada (una entidad dependiente de un gran banco creada especialmente para hacerse cargo de las hipotecas de riesgo que el mismo banco madre no consideraba con suficientes garantías) atendió a la negociación e incluso acepto hacerlo en el domicilio de Jorge y Aneda. Una situación que debo reconocer que no se da con la frecuencia necesaria. El que los representantes de un banco se sienten en el comedor que van a apropiarse no resulta cómodo porque los enfrenta muy directamente al problema humano. Pero aceptaron y los felicito por ello.

La oferta bancaria fue total: asumían el alquiler social de la vivienda y se eliminaba toda la deuda resultante. Un resultado satisfactorio para la familia de Jorge y Aneda. Ahí saltó el problema, el banco carecía de viviendas en la zona que tuvieran ascensor o al menos un acceso adecuado al estado definitivo de Jorge. La vivienda en la que estaban era un riesgo demasiado elevado como para continuar en ella. La posible oferta de vivienda de alquiler pública era y es una quimera, todo y hacerse con los papeles necesarios y realizar la solicitud obligada. Un trámite burocrático sin futuro, pero de obligado cumplimiento para prevenir un “por si acaso” o su equivalente, un milagro.

El eje principal de la política de vivienda es inexistente en España: una oferta de alquiler que cubra las necesidades de los sectores que no pueden enfrentar la especulación del submundo inmobiliario. Por ello pasa lo que pasa y pasará lo mismo en la próxima e ineludible próxima crisis.

Jorge y Aneda tuvieron que hacer de tripas corazón y buscar una vivienda por su cuenta que fuera congruente con sus necesidades y sus posibilidades económicas. El esfuerzo, me explicaron, lo hacían pese a que un hipotético regreso a Egipto con la pensión disponible era una opción muy práctica en términos económicos, pero los hijos tenían escuela, sanidad y un entorno del que no dispondrían en su país. La apuesta familiar está aquí, cueste lo que cueste.

Finalmente, Jorge y Aneda consiguieron una vivienda ajustada a sus necesidades más básicas y con la ayuda de su comunidad copta se trasladaron a su nueva aventura. Es un final casi feliz dentro de un drama considerable.

Les adjunto una fotografía de Jorge y Aneda, representando su drama. Fue una sesión fotográfica con muchos afectados hipotecarios que duró dos días.

Lluís Casas egiptólogo


Publicado por Radio Parapanda en 1:06 
JUEVES, 13 DE ABRIL DE 2017
RELATOS DE BADALONA (4)


Lluis Casas 




Les dejé al final de la primera entrega con la alegría de los pisos nuevos, de las comisiones a espuertas y de un futuro inimaginable para todos los agentes de la historia.

La constatación de que el futuro es inimaginable rara vez frena a las personas, a las entidades y demás órganos sociales de tomar decisiones arriesgadas y muy probablemente equivocadas. No hay más que leer la prensa para confeccionar una lista de errores y de victimas de ello lo suficientemente larga para ser precavidos…a posteriori.

A nuestros conciudadanos UNO, DOS y TRES les va a ocurrir lo mismo. La especulación inmobiliaria y su socia ineludible la marrullería financiera dieron al traste con les expectativas vitales de las tres familias paquistaníes, junto a muchas más de todos los patronímicos.

UNO perdió sus diversos trabajos y quedó a expensas de trapicheos múltiples difíciles de calificar. Dos vio reducir su facturación diaria, a pesar de su permanencia absoluta a pie del cañón de su comercio. TRES se vio en la necesidad de pasar del trabajo completo a la chapuza y el remiendo a precio de coste.
El que más rápidamente se encontró en la indigencia fue DOS, puesto que además de la hipoteca tenía una deuda considerable con una entidad informal de crédito, cuya característica principal era la poca paciencia y la falta de maneras. De la noche a la mañana, el estoc almacenado en la trastienda desapareció en pago a unos intereses de casi tres dígitos. DOS cerró el comercio ya sin nada que vender.
Alertado por lo sucedido, DOS se dirigió al agradable director de sucursal de la Caixa del Principat para ver de amañar de alguna manera su inminente falta de pago hipotecario. Su idea era que el agradable director de la sucursal de la Caixa del Principat le allanaría benévolamente un camino paralelo a los rigores hipotecarios en espera de una remontada económica, que obviamente no tardaría en llegar. Su sorpresa fue mayúscula al observar el cambio en las maneras del agradable director. Solo con verle ya advirtió que la gestión no iría por muy buen camino.

Mala cara, agresividad, amenazas, dudas respecto a su honorabilidad. Hubo de todo lo malo un poco o un poco más. La conclusión fue clarísima: si no pagaba, perdería la vivienda y con ello arrastraría a UNO y a TRES en su caída. Además, la pérdida de la vivienda en instancia judicial le dejaría un regalo complementario en forma de deuda pendiente y de costes judiciales que lo inhabilitaría como agente económico estándar.
A ello, el mudado en desagradable director de la Caixa del Principat añadió como única posibilidad al margen de la guerra total, ofrecía la firma de un nuevo crédito que cubriese la deuda acumulada, con la inclusión por un modesto interés de una carencia de un año.

DOS se veía no solo en la indigencia, sino en la calle con lo puesto. Por lo que firmó lo propuesto, liándose la manta a la cabeza y cayendo en un futuro incremento de la deuda de no te menees.

Con la carencia escondió su situación inmobiliaria a la familia y a su entorno, incluidos UNO y TRES y se lanzó en pos de ingresos haciendo cualquier cosa que se presentara, tanto si era el caso, como si no. Imaginen.
Podemos decir que tanto UNO como TRES pasaron por el mismo trance en la sucursal de la Caixa del Principat. Los dos lo hicieron en un plazo de pocos meses a medida que los ahorros disponibles desaparecían del todo y los ingresos alternativos menguaban de semana en semana.

El asunto afectó de mala manera al que antaño había sido un agradable director de sucursal de la Caixa del Principat, puesto que además de los tres paquistanies, otros clientes de las etnias más diversas, pero sobretodo los nativos badaloneses fueron en procesión a ver que se podía hacer con lo de cada uno.
La bronca que el preocupado director se ganó en las oficinas centrales de la Caixa del Principat fue de órdago y el señalamiento de que redujese rápidamente los fallidos el objetivo de su propia salvación.

Me abstengo de relatar los dieciocho meses posteriores, pueden ustedes imaginarlos sin mayor problema si se ponen simplemente pesimistas. Las familias de UNO, DOS y TRES se empecinaron en hacer de la capa un sayo en trabajos de todo tipo, a cualquier hora y para todas las edades. Incluidas las procesiones a los servicios sociales del Municipio, a Caritas, a la Cruz Roja, al comedor gratuito y a todos los conciudadanos que se ponían a tiro. La posible huida a Dacca, como solución definitiva no se contemplaba por motivos obvios y comprensibles: la sanidad, la educación y el entorno de sus hijos hacían poco atractiva la vuelta a los orígenes. Había que aguantar como se pudiera.

Finalmente, vencido el tiempo de prórroga financiera, la Caixa del Principat a la vista del insistente impago los citó en los juzgados en el inicio del procedimiento para subastar la vivienda y lanzarlos en términos jurídicos a la calle. El procedimiento incluía de hecho a los avalistas, como hipotética solución a cada uno de los casos, lo que definía la situación como un enorme globo hinchado a punto de explosión. El otro hora amable director de la sucursal de la Caixa del Principat contaba que los casos de subasta y lanzamiento son individuales y el Juez al cargo no llegaría a averiguar el sorprendente juego de avalistas con que llenó el juzgado. El notario, sujeto a peores consecuencias si había lugar a revisar expedientes, ni se enteró, ocupado como estaba cubriendo agujeros con bodas y bautizos.

La casualidad llevó a UNO, a través de sus amistades, al local de la PAH de Badalona, convirtiéndolo en el caso 1001 de la larguísima lista de afectados dispuestos a buscar alguna solución, si era posible encontrarla. En cuanto UNO se implicó en el asunto reclamó la presencia de DOS y TRES dada su compacta deuda inmobiliaria y la comunidad de intereses creada.

Volveré a saltarme unos meses en los que entre la PAH de Badalona y la Caixa del Principat se estableció sobre el caso llamado de los “tres paquistanies” y otros muchos una dialéctica compleja y preñada de amenazas y reencuentros.

Finalmente, sin llegar a los juzgados, se acordó el fin del negocio: los tres paquistanies entregaban sus viviendas a la Caixa del Principat y se comprometían a pagar una asequible cuota mixta que englobaba el alquiler de la vivienda (por tres años) y un resto de la deuda (por veinte años). Las familias permanecían en casa, de momento, a la espera de recuperar cierta estabilidad económica. Perdían el estatus de propietarios y la posibilidad del beneficio del 20% prometido per el simpático API. La Caixa del Principat anotó pérdidas elevadas, aunque estocó viviendas sobre las que no sabía qué hacer. En conjunto la operación de los "tres paquistaníes" fue tratada con la delicadeza pertinente para evitar que la contabilidad tradujera al Banco de España la asombrosa verdad. Lo cierto es que para el Banco de España, como se ha visto después tanto daba la verdad como las coliflores.

El API, hay que explicarlo, tuvo que cerrar por falta de contratos (me dicen que está intentando renovar el negocio). El director de la sucursal fue trasladado al desierto del Gobi, como avanzadilla para casi toda la plantilla de la Caixa del Principat, esta fue adquirida por un coste exorbitante por el gobierno y vendida posteriormente por cuatro cuartos a otra entidad financiera. El notario vio reducida su frenética actividad hasta que el gobierno le otorgó poderes sobre materias nuevas y oportunas.

Un fin de fiesta de lo más edificante.



Lluís Casas, antropólogo por segunda vez