lunes, 21 de mayo de 2018

¿Cuántas Cataluñas hay?


El rotundo dicho «Catalunya es un sol poble» se va desvaneciendo. Ya no se sigue con tanto énfasis como antaño. Es más, ahora no tengo claro si dicha formulación tuvo más carácter político que ideológico. Sea como fuere el paso del tiempo y sus circunstancias han ido erosionando la unicidad –real o imaginada-- del pueblo de Catalunya. Más todavía, de un tiempo a esta parte aparecen --¿o reaparecen?--  toda una serie de consideraciones de estricto carácter político que afirman ya que «hay dos Cataluñas». Aquí encontramos una primera coincidencia entre el separatismo político y sus contrarios de la derecha de Ciudadanos y el Partido Popular. La idea está haciendo fortuna en ambos lados de la barricada.

¿Dos Cataluñas? Posiblemente es una consecuencia de la tradición binaria de Occidente, que perezosamente se encoge de hombros ante la complejidad de las sociedades. Dos Cataluñas. Que ya no se patrimonializan desde la política sino que atraviesa ciertos movimientos subalternos de aquella.

Sin embargo, tengo para mí que hay mucho que hablar sobre el particular. Porque está claro que hay amplios sectores ciudadanos que no se sienten representados ni por los hunos ni por los hotros. Ciertos sectores que han sido bautizados despectivamente en el rio Jordán como «equidistantes». Se trata de una concepción que va más allá del carácter geométrico y quiere alcanzar la naturaleza política de la traición. O de la inanidad: ciudadanos de chichinabo estos equidistantes.

¿Quiénes somos los equidistantes? Los que vivimos y trabajamos en Cataluña que aborrecemos intelectual y políticamente las dos versiones del nacionalismo: el del soberanismo y el del neo lerrouxismo. Equidistantes, sí. Pero no pasivamente sino con un compromiso militante contra los hunos y los hotros.


También de esto hablaré en Mataró en el acogedor Café de Mar. Mañana antes de que el Sol se ponga por Llavaneras. Sí, en el Mataró de Joan Peiró, Antoni Martí Bernasach y Teresa Cortina. Teresa Cortina, madre noble de la izquierda y de Comisiones Obreras. Yo soy de Teresa Cortina.  

domingo, 20 de mayo de 2018

Ante las próximas elecciones municipales


El diablo de los números
(Homenaje a Hans Magnus Enzensberger)
Escribe Javier Terriente

En la antesala de las próximas elecciones municipales, el debate sobre las fórmulas de representación local se ha convertido en uno de los principales campos de batalla de las fuerzas políticas con aspiraciones de gobierno. Entre ellas, sin duda, el formato adoptado por las candidaturas municipalistas ha demostrado ser el más convincente: El 25% de la población española está gobernada por este modelo de candidaturas, claro está con sus matices y peculiaridades.

Esto es así, puesto que simbolizan el encuentro entre tradiciones, personas y movimientos diversos (feminismos, sindicalismos, movimientos juveniles y culturales…) que trasciende a los partidos y sus entes instrumentales. De hecho, las Candidaturas del Cambio (Madrid, Barcelona, Santiago, La Coruña, Zaragoza, Pamplona, Cádiz, Puerto Real, La Zubia, Peligros, Atarfe…) son una excelente muestra de ello. En todo caso, su atractivo reside en dar respuesta a la necesidad de construir una voluntad unitaria, plural y diversa, en torno a un proyecto local, apartidista (¡no apolítico ni antipartidos!), en línea con el despliegue de un nuevo municipalismo democrático.

En un plano muy diferente, desde las trincheras de la izquierda tradicional, se suele alzar la bandera del sorpasso (la unidad de la izquierda auténtica frente al PP/PSOE) como el alfa y omega de sus estrategias. Pareciera que proclamarla a voz en grito, tanto más fuerte cuantos más sean sus críticos, le añada un valor heroico a semejante desatino.

Por eso, en política, cualquier propuesta unitaria, sin una valoración lo más concreta posible de su significado práctico, aquí y ahora, no es en sí misma una receta mágica e infalible que garantice avances electorales. Es ahí, precisamente, donde entra en juego el diablo de los números. Si bien 2+2=4, también es cierto que esa ecuación puede convertirse, por el efecto diabólico de los números, en una resta igual a 0 ó -4. Depende del signo aritmético que se utilice, es decir, del por qué y para qué, cómo y con quién(es) unirse en este momento preciso.

Por ejemplo, pese a sus principios programáticos unitaristas, Izquierda Unida no ha dejado de retroceder desde su fundación hasta convertirse en un partido casi extraparlamentario a nivel de Estado. De ahí que haya  buscado un espacio de subsistencia a la sombra de Podemos a través de Unidos Podemos.

Otro ejemplo próximo, que confirma que el signo + no siempre es garantía de suma: La reconversión/refundación de Podemos en Unidos Podemos.

Esta nueva denominación se presentó como un acuerdo de convergencia estratégica entre Podemos e IU, con la finalidad de progresar juntos política y electoralmente (igual a +). En cambio, ha ocurrido exactamente lo contrario: la estimación de voto y la credibilidad política de Unidos Podemos es hoy inferior a cuando ambos partidos actuaban por separado. Y aún en estos momentos, Unidos Podemos obtendría peores resultados que en otros períodos con la misma marca. Es lógico pensar, entonces, que la agregación de ambos partidos ha supuesto una resta, además de  acelerar sus crisis respectivas (igual a -).

Este retroceso no era inevitable. La razones habría que buscarlas en el giro radical de Podemos al asumir las tesis y estrategias frentistas de la izquierda tradicional, lo que lo llevó a confluir con IU en Unidos Podemos, en detrimento de los valores democráticos horizontales que propulsaron al Podemos fundacional sobre las aguas estancadas de la política española.

El éxito de Por Atarfe Si (PASI) en las pasadas elecciones municipales, y de otras candidaturas similares en Granada, Málaga, Sevilla, Cádiz, Córdoba, Jaén…, representan el polo opuesto ya que optan por la conformación de una voluntad popular con métodos y contenidos programáticos completamente  diferentes  a los de los partidos de la izquierda dogmática, cuya sumatoria habría supuesto, en realidad, una regresión.

Esa alternativa, dirigida al conjunto de los ciudadanos, y no simplemente a un sector de irreductibles de izquierda, está obligada a dar una respuesta actualizada y concreta a las siguientes preguntas:

¿Por qué y para qué?:

Es indispensable sustituir las estrategias de sorpasso, por una nueva guía para la acción política, en la que prevalezca la cuestión central de los derechos. Derechos todos, ahora, y en toda su amplitud:

1)   Promoviendo iniciativas político-electorales apartidistas de amplio espectro y, a la vez, incorporando a los programas y candidaturas los nuevos retos de las ciudades y poblaciones locales.

 2)  Superando el esquema izquierda- derecha, en función  de candidaturas y programas que representen los intereses del conjunto de los ciudadanos.

¿Cómo?:
Sería ineludible que  las futuras candidaturas reúnan una serie de rasgos identificativos:
1-   No incluyendo siglas ni denominaciones de partidos, o de formaciones instrumentales sustitutivas.

2-   Prescindiendo de cualquier sistema de cuotas  de partido, y dando prioridad a la convergencia entre sectores, movimientos sociales, sindicales y vecinales, y personas representativas.

3-   seleccionando a sus candidatas/os y programas mediante procedimientos abiertos, personalizados y radicalmente democráticos.

¿Con quién?:
Es fundamental renovar a fondo las listas electorales, en coherencia con las nuevas interpelaciones y exigencias de regeneración política:
1-   Apostando por la participación mayoritaria de jóvenes y mujeres socialmente comprometidos.

2-   Optando por jóvenes, preferentemente mujeres, como candidatas/os a las alcaldías y para los puestos, teóricamente, de salida.

3-   Descartando de las listas electorales, salvo en lugares meramente simbólicos,  a quienes hayan sido representantes políticos durante más de dos legislaturas.

En resumen:
Es fundamental manifestar que la dirección de Podemos, que en Andalucía está bajo el control del partido Anticapitalistas, ha suprimido de forma radical el 90% de los Consejos Ciudadanos. En Granada, sólo el de la Ciudad ha sido homologado por la dirección andaluza. En el fondo, lo que hay en juego es la simplificación y la reducción drástica de las dimensiones de Podemos para adaptarlo a la capacidad de intervención de un pequeño núcleo dirigente (anticapitalistas), que le permita un control exhaustivo del Partido.

La consecuencia inevitable ha sido una dinámica de acoso y derribo al antiguo Consejo Ciudadano de Granada, por parte de dicha dirección, al igual que a otros de la Comunidad Andaluza, lo cual ha provocado que una serie de organizaciones como Vamos Granada emprendan vías independientes (y divergentes) de Unidos Podemos.

En ese contexto, sería un despropósito participar en coaliciones de izquierda con Podemos e IU, o en otras formas instrumentales como En Marea, etc, sumergidos como están en una profunda crisis de confianza cívica que va camino de ser irreversible. He ahí, un caso claro de suma aparente que se convertiría en resta.

Otra cuestión sería que haya personas representativas de esos partidos con una trayectoria incuestionable, que deseen formar parte de  proyectos municipalistas ya constituidos o por constituir.

Conclusión: Las candidaturas municipalistas deberían ser el marco básico de referencia para la formación de alternativas con vocación de gobierno. Con una razón añadida, si son la fuerza política local mayoritaria que actualmente gobierne el Ayuntamiento, o la más importante entre los partidos progresistas.

            

sábado, 19 de mayo de 2018

¿Por qué la izquierda casi nunca polemizó ideológicamente con los nacionalismos?





El próximo martes predicaré en el Café de Mar, en Mataró. La hora: cuando la tarde languidece y renace la sombra. El tema: el federalismo en tiempos de la cólera. No sería cortés publicar mi intervención hoy; estaríamos ante una desconsideración hacia los amigos, conocidos y saludados que acudan a la charla. No obstante, doy a conocer, esquemáticamente –casi como un boceto--  las líneas centrales de mi exposición. Será algo así como una guía para perplejos, como anticipo de las sorpresas que puedan encontrarse los asistentes.

Me haré, entre otras, las siguientes preguntas: ¿por qué las izquierdas políticas no se confrontaron casi nunca, a través de una lucha de ideas, con los nacionalismos? ¿Cuál es el momentum que provoca el inicio del procés catalán? En el Café del Mar daré cumplida respuesta a ambas. No será apta para quienes padezcan taquicardia. Ahora bien, no es cosa de dejar a nadie con el regomello dentro del cuerpo, así es que –insisto, esquemáticamente y para que no se diga--  daré ahora mismo dos pespuntes sobre el particular.

1.--  Las izquierdas casi nunca se confrontaron ideológicamente con los nacionalismos desde que dejaron ser netamente internacionalistas. Unos, desde que votaron los créditos de guerra en 1914; otros, con Palmiro Togliatti al frente, tras la puesta en marcha de las «vías nacionales al socialismo». Se trata de una metamorfosis poco estudiada por la historiografía o, si se prefiere, no analizada convenientemente.

Parece de cajón que si, por las razones que sean, se opta por enfocar la acción política en el marco nacional sin conexión con lo internacional –ahora ya global--  la conversión en partido nacional es su conclusión deseada. De ahí a ser un partido nacionalista hay sólo una diferencia de grado. La izquierda nacional realiza su acción en el Estado nacional; la política nacionalista lo hace en la periferia del Estado nacional. Así las cosas, la crítica de la izquierda nacional no tiene argumentos consistentes para polemizar ideológicamente con la política nacionalista. La una y la otra se instalan en la política de campanario.

Pongamos un ejemplo de las políticas nacionalistas de los Estados nacionales y de sus fuerzas políticas más importantes, estén o no en el gobierno. Cada vez que hay elecciones al Parlamento Europeo la contienda se desarrolla, sola y solamente, con planteamientos nacionales, esto es: nacionalistas de gran campanario, pero campanario en suma. Ningún debate sobre Europa. Ni antes, ni ahora que Europa está hecha unos zorros.

Aclaro: no impugno las vías nacionales al socialismo. Simplemente refiero la desconexión y, sin duda, el olvido que supuso la vertiente internacionalista. 

2.--  Sobre el momentum en que arranca avasalladoramente el procés catalán habrá que esperar  al día que se publique la charla. No es cosa de incrementar la taquicardia de quienes lean estas líneas. 

viernes, 18 de mayo de 2018

La hormiga y el elefante




Mini-crónicas catalanas/89

Andreu Claret

Ya conocen la fábula. Cansadas de que un elefante pisoteara su hogar, las hormigas penetraron en la oreja del paquidermo. Éste enloqueció, se tiró por un barranco y el hormiguero se salvó. El independentismo catalán es un gran consumidor de fábulas y mitos en los que David acaba con Goliath, el hombre honrado de la Biblia puede con el Leviatan, Venus le gana la partida a Marte, y Asterix lleva de cráneo a los romanos. La analogía del elefante funciona porque el Estado se le parece. Es un animal implacable pero mastodóntico. Cerebral pero obsesivo. Capaz de hacer frente a la mayoría de las bestias de la sabana, pero torpe frente a un ejército de hormigas.

Esta analogía viene al caso porqué la justicia belga rechazó la extradición solicitada por Llarena. Mala noticia para el elefante que se pasó el día sacudiéndose las hormigas. No es la primera vez que el Estado español recibe una puya. Ni será la última, porqué la respuesta jurídica al Procés es un disparate. No lo era que el Estado defendiera la ley frente a quienes pretendieron proclamar una DUI, pero lo es la formulación que el juez del Supremo ha dado a este propósito. La justicia europea no comparte su planteamiento. De ahí que hoy sea otro día de solaz para el independentismo (al revés de lo que ocurrió con la difusión de los escritos xenófobos de Quim Torra). El más chico ha vuelto a ganar una batalla.

Hace un par de días vi a Paco Marhuenda gesticulando en televisión. Con una mano alzada señalaba lo que es España, con sus 47 millones de habitantes y su lugar entre las economías del mundo. Con el pulgar y el índice de la otra caricaturizaba Catalunya. Una nimiez. Debería saber que no basta con medir casi tres metros, como Goliath, o pesar seis toneladas como los elefantes para ganar todas las batallas. En cuanto a Torra y Puigdemont, más le vale recordar que, en la vida real, los elefantes nunca se tiran por un precipicio porqué unas hormigas les atormenten el oído. A veces enfurecen y se cargan el hormiguero.

jueves, 17 de mayo de 2018

Jubilados y pensionistas: prever es dirigir




Muchas veces nuestro Marcelino Camacho enseñó que «prever es dirigir». Formidable pedagogía en poquísimas palabras. Este es un concepto que se debería tener muy presente en la formidable movilización de los jubilados y pensionistas.

Se ha dicho, y con razón, que el movimiento de los movimientos de pensionistas y jubilados es una novedad con relación a tiempos anteriores. Sus componentes (Mareas y sindicatos) han ocupado las plazas de España. No sólo lo hacen en las principales ciudades del país, también en no pocos pueblos que, por decirlo así, se han tirado a la calle. La movilización sostenida tiene un carácter doble: la dignificación de las pensiones actuales y las futuras. Es, por tanto, una acción colectiva solidaria. Así lo han dejado claro.

«Prever es dirigir», dijo el maestro. Pues bien, podemos prever que la lucha no será fácil. Por dos motivos que conviene dejar claros: uno, la resistencia del Gobierno y la patronal; dos, porque los sujetos movilizadores (Mareas y sindicatos), que tienen objetivos similares, no han encontrado todavía una unidad de acción explícita en estas movilizaciones. Unidad de acción explícita. Es más, parece como si se mirasen con el rabillo del ojo en una pugna de a ver quién es más.  Querer «ser más» no es necesariamente negativo. Pero cuando son dos sujetos que no se miran directamente a los ojos dicha falta de relación no parece productiva.

«Prever es dirigir». Pues bien, si las Mareas y los sindicatos van cada cual por su lado como líneas paralelas será complicado llegar a buen puerto. Así pues, es preciso desbloquear esa falta de relación. Ambos sujetos deben reconocerse mutuamente como legítimos representantes de los jubilados y pensionistas. Hay que partir, pues, de que nadie tiene el monopolio de la representación. Esta la conceden los jubilados y pensionistas. Lo que quiere decir que ni Mareas ni sindicatos son sujetos auto legitimados.

«Prever es dirigir». Es decir, comoquiera que la solución no será fácil hay que prever que para dirigir se precisa una unidad de acción explícita. Que en principio pasaría por el reconocimiento mutuo. Lo que implica la elaboración de una propuesta urgente común. Y, más todavía, hay que poner encima de la mesa, con determinación y coraje, qué tipo de representación unitaria va a negociar la plataforma que, necesariamente, ha de ser común.

En todo caso, hay algo que se debe tener en cuenta: la movilización de los jubilados y pensionistas ha ganado la batalla de la opinión pública. Casi nunca se había dado una simpatía tan visible en nuestro país.     

miércoles, 16 de mayo de 2018

El tuiter escondido de Quim Torra




Satisfacción en ciertas cancillerías europeas por la publicación de los tuiters del presidente a medias de la Generalitat de Catalunya. Celebración por todo lo alto en las escuderías xenófobas. La frase común es «este Torra es de los nuestros». Es la internacionalización de un pensamiento que, aunque minoritario, siempre estuvo en ciertos recovecos de la vida política y cultural de Cataluña. Y simultáneamente estupor al por mayor en los gobiernos de la Unión, en los medios de comunicación y en las opiniones públicas. Es como si se dijeran que con eso no contaban. El acto de atrición de Torra, desmarcándose de sí mismo, es algo ya visto.

Quienes con toda la razón del mundo le han sacado los colores al presidente a medias han denunciado el carácter directamente xenófobo de los tuiters. Las derechas políticas han golpeado el esófago de Torra. Pero nadie ha sacado otro famoso tuiter que, provisionalmente, dormía en los archivos ciberespaciales. Es éste: «Aquesta colla de ximples dels indignats ens porta directamente al cinqué món». Que traducido literalmente afirma que «estos tontos de los indignados nos llevan al quinto mundo». Un tuiter clasista.

La historia es la siguiente: la aparición del movimiento de los indignados provocó en Cataluña una fuerte conmoción. Los estados mayores del independentismo tomaron nota de que los indignados utilizaban indistintamente las lenguas catalanas y castellanas en sus intervenciones; que nunca usaron las claves del nacionalismo y que, por así decirlo, aquello no tenía visos de ser domesticado como lo estaba siendo una parte de la izquierda y algunos movimientos. Los indignados eran otra cosa, que interfería un proyecto todavía no explícitamente indicado de transformar el nacionalismo en independentismo tout court.  Los estados mayores tomaron nota, además, de que aquel movimiento tampoco era subalterno de las izquierdas acomodaticias. Por lo tanto, era el momento de proponer un relato rupturista para taparlo todo. Que convenía al gran convergente, acosado por el fango de la corrupción y de los recortes en las políticas sociales. En ese contexto aparece el tuiter del presidente a medias. Los indignados son unos tontos (ximples) que nos llevan al quinto mundo, es decir, a lo que no es Cataluña.

Llamo la atención a que, desde las derechas, nadie ha hablado de ello. Normal. Lo tienen archivado a la espera de que puedan utilizarlo cuando Quim Torra siente la cabeza. (De esto y otras cuestiones hablaré en Mataró el martes, día 22, cuando la tarde languidece y renacen las sombras) 



martes, 15 de mayo de 2018

Quim Torra o vuelve la burra al trigo




Escribe El dómine Cobra

«Vuelve la burra al trigo». Esta es una frase que la usamos en referencia al animal que regresa una y otra vez al campo de trigo y lo destroza por muchos desvelos que ponga el dueño del animal en que éste no incurra en la misma acción, pues en su terquedad no aprende ni aprenderá. Ni por pienso estoy llamándole burra al vicario del hombre de Berlín, simplemente utilizo un conocido y viejo refrán, que se resiste al paso de los tiempos y sus transformaciones. Ahora bien, no tengo empacho en reconocer que Quim Torra vuelve al trigo. Y en esa vuelta al cereal ha sido elegido presidente de la Generalitat. Presidente demediado y provisional tras el dedazo de Carles Puigdemont.

Torra que es considerado por algunos analistas como un intelectual. No seré yo quien les contradiga, naturalmente. Pero ello debería conllevar una redefinición del vocablo para que no se convierta en terminacho. Si debe ser considerado como intelectual porque ha escrito centenares de páginas, no veo –por simple analogía--  que debamos oponernos a distinguir á don Marcial Lafuente Estefanía, prolífico autor de novelas del Oeste en los años cincuenta, con la misma consideración. Francamente, no veo por ningún sitio atributo alguno que distinga a este caballero como intelectual. Al menos en lo referente a una tradición que nos viene de Julien Benda. Intelectual o no tengo por cierto que Torra bebe sus fuentes en Cesare Lombroso y Louis-Ferdinand  Celline. Italiano el primero, francés el segundo. Dos ultramontanos de mucho cuidado: etnicistas y xenófobos hasta el cielo de la boca. De hecho toda la abundante literatura tuitera de Torra es una recreación de la retórica lombroso-celiniana. Aunque, para mayor abundamiento, hemos de señalar que no es el único ni el primero que ha bebido de esos calostros en Cataluña. En resumidas cuentas, si este Torra es un intelectual, lo es por delegación de aquellos dos personajes. Pues bien, este es el personaje que ha sido elegido por la mayoría independentista del Parlament. Con la abstención de la CUP. Ya se sabe: los caminos de la revolución son inescrutables.

Cuesta poco pedir perdón. De ahí que Torra lo haya hecho tres veces, a propósito de sus tuiters, en la sesión de investidura. No obstante, pedir perdón no deja de ser una treta retórica. Es algo así como aligerar el zurrón para seguir pecando, según deja sentado la teología del confesionario. Pero Lombroso y Céline siguen vivos y coleando en el colodrillo de Torra.

Torra va ahora camino de Berlín para entrevistarse con el Holandés Errante. A rendirle pleitesía y recibir sus bendiciones patriarcales. Por lo que entiendo que quienes han llamado intelectual a Torra o han exagerado o dicho cometido ha sufrido una degradación, que pudiera ser,  desde los tiempos de Benda.

Apostilla.  ¿Quién paga los gastos del viaje Barcelona – Berlín – Barcelona?

domingo, 13 de mayo de 2018

El alocado discurso de Quim Torra




El candidato a la presidencia de la Generalitat, (im)puesto por el hombre de Berlín, ha presentado su discurso de investidura. Responde al nombre de pluma de Quim Torra y ha sido recibido con diversos calificativos: el Masovero (Joan Coscubiela) y el Vicario (Enric Juliana), que responden a la perfección de la vinculación de este caballero con el hombre de Berlín.

Tras el dedazo de Puigdemont, el candidato concede una entrevista a Tv3. En un momento dado nuestro hombre, al que sus parciales le atribuyen una potente capacidad intelectual, se suelta el pelo y bombásticamente afirma que «Cataluña tiene una grave crisis humanitaria». La militante audiencia televisiva lo cree a pies juntillas. Orgasmo mental. No es un tuitter fabricado por unos dedos espasmódicos, es la voz de quien se ha preparado antes de entrar en el plató. Posiblemente algunos de nuestros intelectuales del movimiento amarillo habrán exclamado que ya era hora de dejar las cosas meridianamente claras. Crisis humanitaria. Que no fue una improvisación lo demuestra el hecho de que tal formulación, crisis humanitaria, volvió a repetirla en el discurso de investidura. Ahora con más proyección, toda vez que determinados canales retransmitieron dicha sesión. Estupor en toda España y parte del extranjero. Cataluña ya no es, según el candidato, el país donde se atan los perros con longaniza.

Y como Cataluña sufre una crisis humanitaria es preciso, según el candidato, ponerse manos a la obra para  abrir –no dijo cómo--  un proceso constituyente republicano. Puigdemont en estado gaseoso. Los problemas reales de la gente de carne y hueso se solucionan con proclamas simbólicas, con espejismos milenaristas. Todo queda pendiente a unas hipotéticas calendas graecas de la independencia. Diarrea a granel.

Algunos comentaristas atribuyen el locuelo discurso a una búsqueda compulsiva del voto favorable de la CUP. No tal, el caballero dice lo que piensa. Es la hechura del hombre de Berlín.

El candidato Torra insistió ad nauseam en el mismo proyecto que distinguió los momentos más álgidos del procés. Alejado años luz del posibilismo del candidato Turull, que se disfrazó de noviembre para no infundir sospechas. Torra o la reedición de Puigdemont –el «puto amo», según afirmó la musa del independentismo--  en estado gaseoso. Ahora bien, si este Torra propone reiniciar el itinerario del procés es porque, en pura lógica ha fracasado. Un fracaso real, que no simbólico.

Ya lo saben ustedes: los votos de la CUP impidieron que saliera investido el candidato. Han empezado las apuestas sobre qué hará esta formación el próximo lunes. Los cuperos consideran que el caballero es más de derechas que John Wayne. Mañana lo sabremos.



sábado, 12 de mayo de 2018

Resistencia y alternativa




Reproducimos las intervenciones del acto de presentación del libro de Javier Aristu El oficio de la resistencia. Por orden de aparición en la escena hablan José Luis López Bulla, Nuria López, Javier Pacheco y el autor.

Clique aquí:


viernes, 11 de mayo de 2018

Cataluña de Anás a Caifás




Ciertas convenciones democráticas se han degradado en Cataluña. Primero fue Artur Mas que decidió orientar su dedo índice en dirección a Carles Puigdemont como presidente de la Generalitat.  Ayer mismo el hombre de Berlín repite el gesto y señala como candidato a Quim Torra. Comoquiera que no cuentan ni el partido, ni el grupo parlamentario el Ausente ni siquiera respeta las formas. Es el Enviado de Macià en la Tierra y cree tener la potestad para ello y lo que encarte. Más todavía, la designación le atribuye facultades en precario: presidente del «gobierno interior», vale decir: desde el cabo de Creus hasta Sant Carles de la Ràpita. Sólo con funciones vicarias. La presidencia mundial seguirá en manos del Ausente. Torra, así las cosas, sería en delegado del gobierno de la República catalana en el exilio. O lo que es lo mismo: cualquier decisión político-administrativa estará bajo sospecha: ¿viene de Berlín o de las covachuelas del Palau de la Generalitat? Naturalmente, este Torra respondería que sarna con gusto no pica.

Artur Mas decidió que su candidato fuera uno de sus fieles seguidores. El Ausente ha hecho tres cuartos de lo mismo. Ha buscado en su escudería y, finalmente, decidido que un hombre sin gestión política y de gestión conocidas fuera el hereu. Ni siquiera ha tenido en sus manos el bastón de mando de una alcaldía.   

Cierto, los hechos dirán. Pronto sabremos si este maestrillo tiene su propio librillo o qué. ...No sería justo que presumamos fatalmente que todo está cantado en Cataluña. Es verdad que de la biografía de Torra –me resisto a llamarle familiarmente Quim--  se desprende que será «más de lo mismo», pero no sería prudente darlo como definitivamente dado. Hay experiencias numerosas que cuentan que no pocos designados asesinaron al padre y mentor. En todo caso siempre le perseguirá toda una serie de twitters exhibiendo un supremacismo de la más pura escuela lombrosiana. 




jueves, 10 de mayo de 2018

De la astucia de Puigdemont y otras cosas




Escribe El dómine Cobra

Los escribas sentados recibieron, en su día, el encargo de loar a Artur Mas y darle el sobrenombre de el Astuto. Los fondos de reptiles fueron naturalmente generosos con tales exageraciones. Más tarde, a Artur depuesto, astuto puesto. Los fondos de culebras empezaron a subvencionar a los mismos escribas que cambiaron el destinatario: el nuevo Ulises, camino de Itaca, pasaba a Carles Puigdemont. De la astucia del primero tenemos información de cómo acabó. La del segundo va camino de lo mismo.

Mi amigo Paco Rodríguez de Lecea ha tratado --permítaseme decir aquí «con jolgorio»-- el asunto de la astucia vinculado directamente al Ausente. Lo hace en su post Tiempo muerto, antológico escrito que hará sin duda las delicias de los militantes de la retranca santaferina, que allí llamamos malafoyá (1). Hela aquí:

«No guardo memoria clara de quiénes fueron los protagonistas, ni de las circunstancias exactas en las que se produjeron los hechos, de modo que les ruego que no atiendan a los pormenores sino a la sustancia del acontecimiento en sí. Se trata de un entrenador de baloncesto que, a falta de digamos siete segundos para el bocinazo final del partido, y perdiendo su equipo por más de treinta puntos, pidió a la mesa un tiempo muerto. ¿Para arreglar qué? ¿Para dar vuelta de qué modo al resultado? El tiempo muerto, sin embargo, estaba dentro de las atribuciones reglamentarias del coach, y la mesa lo concedió. El técnico rival pilló un mosqueo de cuidado y se negó a estrechar la mano del perdedor cuando, agotados sin mayores incidencias los siete segundos que faltaban, los jugadores de ambos equipos tomaron por fin el camino de las duchas».

¿Un entrenador astuto? Yo diría que un mandanguilla, simplemente un mandanguilla.



miércoles, 9 de mayo de 2018

LOS TRABAJADORES EN CATALUÑA: RETROCESO Y SUBORDINACION



Escribe Juan Ignacio Marín

Mi amigo Rafael Pillado me pregunta sobre la situación de los trabajadores en la Cataluña de ahora. Lo primero que se me ocurre decir es que están desaparecidos. No es que no se les vea, porque siguen trabajando –los que pueden y en las condiciones que pueden-, sino que están oscurecidos como clase. Parece como si sus problemas hubieran dejado de existir y la realidad es que sus intereses como asalariados no cuentan en una sociedad alienada. Intentaré explicar por qué.

Ya se sabe que la amenaza más importante a los derechos de los trabajadores es, en particular desde la última crisis, el desmantelamiento del Estado social, esencial en el modelo de convivencia europeo. La embestida neoconservadora por la privatización de la sanidad, la educación o el sistema de seguridad social pretende además que la relativa seguridad conquistada por los trabajadores desaparezca, y, tras ella, su capacidad reivindicativa.

A menudo se oculta que el concepto de democracia política como se conoce hoy es obra de la acción de los trabajadores desde hace más de un siglo: democracia es sinónimo de igualdad. Cuando la izquierda comprendió que el objetivo de los trabajadores no era la destrucción del Estado, sino su democratización para convertirlo en instrumento de redistribución, había ganado una batalla histórica. Tras muchos años de luchas y organización política y sindical, los trabajadores habían conseguido hacer valer su peso como clase. Se había impuesto una visión del Estado como garante de la seguridad de los más débiles. La Constitución de 1931 fue el primer paso en España y, tras la larga noche del franquismo, se consiguió definitivamente en la Constitución de 1978. Los que vivimos aquella época sabemos, aunque ahora esté tan de moda denostar nuestra democracia, el papel que jugó la clase obrera organizada en la transición. Las libertades políticas y sindicales han permitido a lo largo de cuarenta años el mayor periodo de progreso en las condiciones de vida y de trabajo en toda nuestra historia. Hemos construido también en España un espacio de libertad y de democracia que nadie nos ha regalado y que compite sin problemas con las democracias más desarrolladas del mundo. El segundo paso decisivo para la consolidación de nuestro modelo de convivencia se produjo con nuestra integración europea. A pesar de todas las contradicciones, de todos los retrocesos, Europa sigue siendo –al menos por ahora- un ámbito privilegiado de democracia en el contexto del mundo actual.  

Nadie vea en lo que digo ningún atisbo de triunfalismo. Ni todo está bien, ni estamos a salvo de retrocesos. Sólo trato de combatir un vicio muy arraigado en la izquierda, que las derechas siempre celebran, como es la infravaloración sistemática de nuestros avances, con la suicida y ahistórica manía de querer comenzar siempre de cero, como si las generaciones anteriores estuvieran equivocadas por definición.  

La crisis engendra miedo entre los más débiles. La amenaza del paro, la precarización y el cuarteamiento de la clase son sus consecuencias conocidas. Siempre ha sido así y lo seguirá siendo. Sabemos que las tendencias conservadoras se agudizan y que el individualismo crece. Pero también sabemos que nuestra arma es la insistencia en la solidaridad de clase, en la defensa de los valores colectivos y en el rearme sindical y político, a pesar de todas las dificultades. Pero cuando se confunde, como ahora, la acción (o inacción) política de un gobierno de la derecha con el sistema o con el Estado, las consecuencias son desastrosas para los trabajadores, que somos los más interesados en su defensa.

Lo cierto es que el conservadurismo va ganado la batalla. Se impone la huida del derecho del trabajo, el trasvase de las rentas de los trabajadores a las del capital, la involución en el respeto de dos de los derechos básicos de los trabajadores: el de negociación colectiva, dejando inermes a los trabajadores, y el de huelga con las nuevas amenazas punitivas del código penal. La izquierda política no es capaz de hacer frente a esta ofensiva. Primero, por su inconcebible división en el diagnóstico de lo esencial, que debería ser la recuperación de la presencia y la fuerza organizada de los trabajadores para recuperar su peso como clase en la sociedad. Segundo, por la incomprensible deriva de una parte de esa izquierda que sustenta la idea de que nuestra democracia es herencia directa del franquismo. O no saben lo que fue o se equivocan profundamente: la principal tarea hoy de la izquierda española –y europea- debería ser la defensa de nuestro Estado social y democrático de derecho, que tanta lucha y esfuerzo costó conseguir. Socavarlo, contribuyendo a esa especie de que España es una democracia fallida o poco menos, solo favorece a la derecha económica y política más ultramontana, interesada en todo lo que huela a deterioro del Estado.

Si en el conjunto de España las políticas desarrolladas durante la crisis han supuesto un retroceso de las condiciones de vida y trabajo y de las organizaciones obreras, en Cataluña han tenido más éxito que en ningún otro lugar. El proceso secesionista tiene su origen en la necesidad de la burguesía catalana de perpetuarse en el poder en el momento en que en Cataluña se ponían en práctica los más brutales recortes sociales como continuación de la para entonces consolidada deriva privatizadora de la enseñanza y la sanidad pública. Cataluña es, de lejos, la comunidad autónoma con la administración más corrupta durante decenios. Si Artur Mas, el adalid de los recortes y máximo dirigente de los convergentes, no quería entrar de nuevo en el Parlament bajando de un helicóptero quería hacer olvidar los estragos del 3%, tenía que agitar un espantajo: “España nos roba” y si somos independientes viviremos estupendamente sin el lastre de los españoles. No es de extrañar que la burguesía catalana, con gran tradición de brutalidad con los trabajadores – la misma que les perseguía a tiros en los años veinte y que se aprovechó como ninguna otra con las ventajas del franquismo- se pusiera inmediatamente manos a la obra. Y que el miedo de las clases medias catalanas a las consecuencias de la crisis, bien agitado por la propaganda institucional, hiciera el resto del trabajo. La agitación de los más bajos instintos supremacistas e insolidarios siempre es rentable para las derechas en momentos de crisis.

De manera paulatina pero constante, el objetivo ha sido el desgaste y la demolición del Estado para construir un enemigo externo. La provocación continua, el doble lenguaje y la insistencia en la diferencia (naturalmente, la superioridad frente a todo lo español) han sido el mensaje avasallador en una sociedad, al principio perpleja y después, en una parte, beligerante. La grosera sustitución de la perspectiva de clase por la nacional durante seis largos años ha permitido llenar de bruma las relaciones sociales en Cataluña. Esta pseudo-revolución de ricos contra pobres ha conseguido desviar la atención de los verdaderos problemas. Porque no se trata sólo de los “pobres” españoles, sino sobre todo de una acción política calculada y perseverante contra los trabajadores catalanes, hasta el punto de que su voz ha quedado callada, sus problemas inéditos y sus organizaciones de clase mareadas en un papel subsidiario de los intereses de las clases dominantes. No se olvide que la emancipación no puede ir nunca de la mano de la insolidaridad y que democracia es incompatible con desigualdad.

No ha bastado con el golpe antidemocrático de septiembre, aprobando vergonzosamente en el Parlament la derogación del Estatuto de Autonomía y la Constitución, instituyendo el nombramiento de los jueces por el Gobierno –estos que hablan de la separación de poderes-o despojando de la ciudadanía a más de la mitad de los catalanes al erigirse en interpretes únicos de la voluntad popular. La organización desde el poder público de las llamadas “huelgas de país” no es sino la versión más reaccionaria y caricaturesca de una noble acción obrera que tanto costó constitucionalizar. Cuando se asiste a la llamada de todos los órganos de la Administración pública a que los funcionarios dejen de trabajar sin perder su sueldo, como un acto patriótico, es difícil identificar la acción con una huelga.  

La resistencia, tras las últimas elecciones, a admitir que la independencia ilegítima y antidemocráticamente proclamada fue un absoluto fracaso político, jurídico y de reconocimiento internacional, conduce ahora a la consolidación de la división y el enfrentamiento social. El victimismo se recrudece para intentar que quienes a sabiendas rompieron el orden democrático no asuman su responsabilidad. Las continuas invocaciones totalizadoras al conjunto del “pueblo de Cataluña”, los repetidos intentos de uniformización de la sociedad en el altar de la patria, sólo pretenden enmascarar un nuevo bonapartismo del que su principal víctima son, como siempre, las clases trabajadoras. El nuevo culto al líder, ahora en la persona de un aventurero como Puigdemont, junto con la asfixiante intimidación del disidente, produce escalofríos en quienes conservamos la memoria.

Y estos son los que van diciendo que España no es un país democrático. Han engañado a muchos y tienen a su favor el desastre de gobierno del Partido Popular que todos padecemos. Confundir un gobierno de derechas, por muy inútil que sea, con un Estado democrático puede ser un buen argumento de propaganda que, si se repite muchas veces puede llegar a ser creído. Creer que por invocar la república (su furor de apropiación no tiene límites) son herederos de los valores republicanos, -basados, estos sí, en los derechos de los ciudadanos y no de los territorios, y en el respeto, la igualdad y la solidaridad-  puede contentar a los que se han creído la mentira de que la guerra del 36 la libró España contra Cataluña y no las clases trabajadoras de toda España contra la reacción y el fascismo, presentes -y bien presentes- también en Cataluña. Pensar que la división de los trabajadores en una Europa constantemente amenazada en su modelo de democracia social es un buen negocio, puede ser compartido por gentes como la Liga Norte, la ultraderecha europea o los conservadores del Brexit. Pero que la izquierda caiga en esas trampas no sólo es inconcebible, sino que constituiría una grave traición a la clase que dice defender. Sustituir el avance democrático en la igualdad por el debate identitario ha sido -y es aún- la mayor victoria en años de la derecha económica y política catalana sobre los trabajadores. ¿Seguiremos así o nos caeremos del guindo alguna vez?  


martes, 8 de mayo de 2018

Puigdemont y la Moreneta



Observen ustedes detenidamente esta foto. Decoración austera tal vez para desviar la atención del lector y, en nuestro caso, mirón. Encuentro en Berlín entre el Empecinado Chico y el representante de Òmnium.

Llama la atención la cuidadosa escenificación del evento: un sillón do sienta sus reales el Empecinado Chico y un sofá multiusos para Marcel Mauri. Hasta aquí lo evidente. Pero el sagaz mirón cae en la cuenta de que el sillón es más alto que el sofá. Es lo que corresponde al rancio protocolo monarquizante, que siempre fue extraño en Cataluña. El sofá y su eventual inquilino muestran no sólo la diferencia de ringorrango sino la sumisión de la servidumbre voluntaria. Nunca vimos a Companys ni a Maciá en tan chocante postura. Otra consecuencia, quizá, de la observación del profesor Andreu Mayayo: Puigdemont es la caricatura de Companys.

Y sigan mirando: la Moreneta –“la fe del poble català”--  a medio camino entre ambos personajes. Eso sí, despojada de todo ornato, cual si fuera un lar pagano de los viejos romanos. La Moreneta dejando constancia del histórico encuentro berlinés. Mensaje a la transversalidad de los creyentes catalanes –sean o no del movimiento amarillo— dando fe de que el relato tiene ahora su continuidad por otros medios.


Ya lo advertí ayer: un servidor tampoco se resiste a usar estos dos vocablos --´transversalidad´ y ´relato´ en la pipirrana actual. Dos vocablos que ha se han convertido en lo que Unamuno llamaba voquibles. 



lunes, 7 de mayo de 2018

La transversalidad ese vocablo multiusos


De un tiempo a esta parte se ha puesto de moda una palabra en los ambientes políticos. Es la transversalidad. Se trata de un vocablo –Unamuno lo llamaría voquible--  usado de una manera tan recurrente que todos simulan entender, a pesar de que se utiliza lo mismo para un barrido que para un cosido. La transversalidad que compite con otra palabra para figurar en el primer puesto del pódium: relato, pero de ésta  hablaremos en otra ocasión.

Hay sindicalistas que usan a destajo la palabra de marras, siendo recurrente su uso a la hora de argumentar unos u otros planteamientos. Es como si un argumento no tuviera credibilidad ni fuerza expositiva si no fuera acompañada de tan rotunda palabreja. Pongamos que hablo de los razonamientos que se dieron por parte de los sindicatos catalanes para participar en la manifestación convocada por las entidades soberanistas: “acompañamos a las organizaciones convocantes de la manifestación, porque se trataba de un acto transversal”. Pero que sea un acto transversal no quita ni añade argumentación ni a favor ni en contra a la hora de decidir si se acompaña la mencionada movilización.

En todo caso, la relación machacona entre acto trasversal y justificación del acompañamiento hace suponer que transversal, en ese caso, es sinónimo de pluralismo político. Pero todo pluralismo político tiene sus límites. O si se prefiere, la transversalidad no es ilimitada. Porque todo acto plural no es completamente transversal. La prueba del nueve indica que más de la mitad de la población catalana no es independentista. Con lo que el argumento sindical no tiene consistencia. Más todavía, el pluralismo político –o la transversalidad--  no es lo determinante en la relación entre el sindicalismo confederal y las fuerzas políticas y otros movimientos y en la acción que promueve el sindicato. Lo determinante del sindicato es su propio pluralismo social: de sexos, intergeneracionales, de oficios, de situaciones en el trabajo, territoriales. Este, este pluralismo.

Otro día hablaremos de lo que también se abusa a discreción, a saber, el relato.



domingo, 6 de mayo de 2018

En el Parlament se juega al escondite inglés



Carles Puigdemont ha vuelto a las andadas. Otra vez se postula para recibir la investidura por vía telemática. La sesión del Parlament será el próximo día 12. En todo caso ha tenido la picardía de poner esa fecha, porque espera que tanto el gobierno de España como el Tribunal Constitucional les tumbe la jugarreta. De eso se trata, de acumular agravios y, después, que el Sol salga por Llavaneras.


1.--  El pasado viernes hubo nueva sesión del Parlament de Catalunya. Y volvió a repetirse el bochornoso espectáculo de un encuentro donde los diputados amarillos impusieron el rodillo y se aprobó  en lectura única –o sea, aquí te pillo y aquí te mano--  un ley que permite investir al Ausente. Todas las convenciones, usos y costumbres del debate parlamentario hechas trizas por una serie de diputados (y diputadas) que se distinguen por jugar al escondite inglés.

No es, a decir verdad, un embrollo. Ni tan siquiera estamos ahora empantanados. No es un embrollo sino la banalización de la vida parlamentaria por una serie de personas ociosas mediante la técnica del perro del hortelano. Ya no es tampoco la política de los amarillos, es un divertimento a mayor gloria del Ausente. Sombras chinesca. La fase ya no es la denunciada por Joan Coscubiela, esto es, el empantanamiento. Ahora es la putrefacción como fase superior del empantanamiento.

Llevamos demasiados meses  donde los ociosos dicen que están buscando un candidato perdido a la presidencia de la Generalitat y todavía no hallado en el templo. Ya se ha perdido la cuenta. La última, Elsa Artadi, la Enviada de von Hayek en la Tierra, ha dicho a sus compañeros de pupitre que no puede asumir el papel simbólico que le asigna el Ausente. O sea, o César o nada. ¿Era lo que buscaba el caprichoso Puigdemont?

2.--  Ya no me parece sorprendente la subalternidad de las fuerzas parlamentarias amarillas hacia el Ausente. Es el sometimiento activo, pasivo y perifrástico de los neoconvergentes y de Esquerra Republicana de Catalunya hacia el cesarismo de campanario. Como consecuencia de una derrota mayúscula del procés, que les ha dejado sin plumas y sin cacareo. La voz, la única voz es la del Ausente.  Una voz que no sería exagerado afirmar que hace tiempo que perdió el oremus. Que peligrosamente se desliza hacia el autoritarismo. Y sin embargo, en el interior de los neoconvergentes hay movimientos de hartazgo y un cierto intento de salir de tan descomunal embrollo.

Días pasados se celebró en Rubí una cena con un centenar de asistentes con la idea de manifestar el desacuerdo con la indefinición del grupo dirigente del PDCat, el partido heredero de Convergencia.  Figuras tan representativas como Xavier Trías, ex alcalde de Barcelona, se encontraban allí. No solo se manifestó hartazgo, también el encuentro olía a protesta. De todas formas, nadie amenazó con romper la baraja. El miedo a sentirse señalado por el movimiento amarillo es superior a cualquier otra consideración. Los neoconvergentes tienen miedo de saltar hechos pedazos; los de Junqueras están en un permanente quiero y no puedo que les paraliza. Y la oposición va dando tumbos del coro al caño y del caño al coro. 


3.--  Dígase lo que se quiera, pero en Cataluña no se hace política. Simplemente se chicolea. Allí los niños juegan al escondite.