lunes, 29 de agosto de 2016

Sugerencias para blogueros de gran cabotaje




Pete Seeger, Gabriel Jaraba y Quico Pi de la Serra

Con el tiempo he ido acumulando una serie de conocimientos chusqueros sobre los blogs o bitácoras, partiendo de mi experiencia personal como capataz de Metiendo bulla.  Llámenme engreído pero lo cierto es que ese blog supera los dos millones de visitas. Que tamaña cantidad coincida o no con la calidad del producto es cosa que no me corresponde dilucidar. De momento diré que el éxito cuantitativo de esta bitácora se explica por el contexto de su nacimiento y, posteriormente, por ciertas cuestiones técnicas que comentaré como sugerencia a quienes gestionan sus propios blogs. 

Metiendo bulla fue uno de los primeros blogs sindicales. Tuvo como primeras palancas de difusión a la agencia de noticias de Comfia y a la prestigiosa revista La Insignia. Cada día una y otra reproducían los trabajos que diariamente publicaba Metiendo bulla. Con lo que el blog iba publicitándose y, por así decirlo, incrementando su audiencia. Mis agradecimientos, pues, a Comfia y La Insignia.

Entiendo que un detalle técnico merece la pena resaltarse: de hecho, el blog publica diariamente un trabajo. Quien lo visita, al margen de la valoración que haga de sus contenidos, sabe que cada mañana, a primera hora, puede desayunarse con el blog. Digamos, pues, que la salida cotidiana de esta publicación es, en muy buena parte, responsable de su considerable expansión. Naturalmente esta cotidianeidad es debido a que un servidor, ya jubilado, tiene todo el tiempo del mundo para éste u otros agradables trajines. De lo que no todo el mundo puede disfrutar. Que nada más salir el artículo diario sea llevado a facebook es otra de las técnicas que ayudan a difundir los escritos.

Mi difunto y querido amigo Carles Navales, uno de los más grandes sindicalistas catalanes que he conocido me recomendaba que los artículos no tuvieran excesiva extensión. Yo, que siempre procuraba seguir sus sabios consejos, nunca le hice caso en esta cuestión. Ejemplos hay de que al lector no está preocupado por la extensión, sino por la calidad. Pruebas hay en Metiendo bulla de ello. Los trabajos que hemos publicado de Bruno Trentin siempre han tenido un gran seguimiento. Y más recientemente los artículos de Pedro López Provencio como Organización, negociación, industria 4.0 y otros  han concitado una audiencia considerable. Que siempre han superado las dos mil visitas (1). Todos ellos han sido de una considerable extensión.

Publicar diariamente es complicado, cierto. Hay momentos en que uno se sienta ante el ordenador y doña Inspiración no aparece de visita. Pues bien, siempre tienes el recurso de o bien recomendar un libro que valga la pena o bien reproducir algún importante trabajo de blogs amigos, pongamos que hablo de los formidables textos del profesor Antonio Baylos, el Enviado de Karl Korsch en la Tierra. Cualquier cosa convincente, que valga la pena, para mantener la tensión y el hilo sentimental con el lector. Con lo que, como contraejemplo, traemos a colación lo siguiente: no es recomendable seguir la técnica de don Joaquín Aparicio, que escribe de higos a brevas y nos priva de su doxa  y magisterio.

Una última sugerencia: ha de procurarse que los titulares sean cortos y, desde la seriedad, deben picar la curiosidad del lector. No es obligado poner fotos, pero según cómo alegran la vista del lector. Más todavía, es preferible que el interlineado sea de 1,5 y la letra un poco más grande que la del imprescindible blog Según Baylos, pues no pocos de los lectores tienen ya una edad otoñal.

Finalmente, vale la pena que hagamos responsables de la buena amistad de Metiendo bulla con sus lectores a un reputado elenco de colaboradores. No puedo nombrarlos a todos, no acabaríamos nunca. En cambio, sí es de nombrar el magnífico recibimiento que concitan los trabajos de Joaquim González i Muntadas. Nada más aparecer su firma se produce una avalancha de visitas.



domingo, 28 de agosto de 2016

Fuerzas de trabajo



Pineda de Marx, Gigantes y cabezudos 2016



Durante esos días este blog hace un sentido homenaje a la obra de Bruno Trentin con motivo del noveno aniversario de la muerte de nuestro amigo italiano. Y también en estos días –entre los baños de mar y el ventilador a todo meter en casa--  el profesor Javier Tébar y un servidor mantenemos una correspondencia a la antigua sobre la socióloga norteamericana Beverly J. Silver, autora de un libro tan imprescindible como olvidado Fuerzas de trabajo (Akal, 2005) traducido por Juan Mari Madariaga.

Es la segunda vez que dialogo sobre la Silver. La primera vez fue con un sindicalista de UGT de una empresa metalúrgica del Vallés Oriental en Octubre de 2010. Los cambios de ordenador y mi mano poco ducha en la cosa tecnológica son los responsables de la pérdida de esa correspondencia con el amigo ugetista. Aquel carteo fue el resultado de mi artículo en este mismo blog Sobre los piquetes (1). Ya que nuestra autora es una estudiosa de las formas de lucha del movimiento de los trabajadores desde 1870 hasta nuestros días. Ahora, la llamada de Tébar a hablar de la Silver me ha provocado felizmente una segunda lectura.

Primera consideración: no es de recibo que los sindicalistas no estén al corriente de la vida y milagros de Beberly J. Silver. Es la misma desatención que hay con obras como La democracia industrial (Beatrice y Sideny Webb), La gran transformación (Karl Polany) y La ciudad del trabajo, izquierda y cris del fordismo (Bruno Trentin). Unos libros que, sin embargo, considero fundamentales en la literatura sindical. Es más, de lectura obligatoria para quienes estén empeñados en el repensamiento o refundación del sindicalismo.

La obra de la Silver es el resultado de una investigación muy seria sobre la relación entre los trabajadores y los procesos productivos sectoriales y de las formas de lucha. Como es de rigor, la autora establece una serie de hipótesis  de largo recorrido sobre lo que convendría cavilar sosegadamente. Pero eso lo sabrás si lees el libro.  


sábado, 27 de agosto de 2016

Bruno Trentin y el sindicalismo europeo




En el noveno aniversario de la muerte de Bruno Trentin.

Antonio Lettieri*


En este frío invierno de Europa les falta a sus viejos amigos el pensamiento y la voz de Bruno Trentin que en el trascurso de su vida de militante político, dirigente sindical e intelectual hizo de la perspectiva europea un constante cuadro de referencia, un ejemplo de discusión y una esperanza para el futuro de la democracia y de los derechos. No podríamos decir qué análisis haría y qué juicio tendría de la actual y atormentada situación de la Unión Europea que tras una década –con el nacimiento del euro--  apareció como el signo de un posible renacimiento de Europa frente a los grandes cambios económicos y políticos en curso y sus relaciones entre las diversas áreas del mundo.

Trentin participó en aquellos tiempos con resposabilidades diversas en la construcción, a menudo controvertida y no lineal, de la Unión tal como se configuró a finales del pasado siglo. Quisiera recordar sobre todo un periodo que fue el tránsitoa la Unión europea en aquel decenio caracterizado por la presidencia de Jacques Delors a partir de la mitad de la década de los ochenta y del papel que jugó Trentin en el debate sobre la “dimensión social” y sobre los nuevos objetivos del sindicalismo europeo. Recordando aquel tiempo no se puede olvidar el papel determinante, probablemente insustituible, de Jacques Delors y la relación de confianza, de estima recíproca y de amistad que reforzaron las relaciones entre Jacques Delors y Bruno Trentin, en su vertiente de dirigente sindical, realmente singular en el panorama europeo.   


Cuando, bajo la presidencia de Delors en la Comisión europea en 1985, se abrió un nuevo capítulo en la historia de la comunidad europea, el mundo occidental (de los Estados Unidos a Europa) atravesaba una fase de cambio destinada a revolucionar los criterios y puntos de referencia culturales, sociales y políticos para muchos años. Con la llegada de Margaret Thacther en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Norteamérica, no sólo se modificó el cuadro de referencia económico con el repudio de las políticas keynesianas en América y socialdemócratas en Europa sino que se pusieron en discusión duramente las relaciones de poder a nivel social y, en primer lugar, el poder de los sindicatos. 

No se puede infravalorar la determinación política e ideológica con que la señora Thtacher se propuso poner de rodillas a las Trade Unions, plenas de una historia secular, aunque con errores de análisis y estrategia que minaron su credibilidad y su fuerza. Los primeros años ochenta se caracterizaron porque se propuso la eliminación de las conquistas y del poder de las organizaciones sindicales en las dos orillas del Atlántico. No por casualidad Ronald Reagan ofreció el ejemplo más rotundo dela nueva situación cuando despidió fulminantemente a 12.000 controladores aéreos que osaron desafiar al gobierno haciendo huelga. Ese tránsito no fue menos significativo en Italia donde la Fiat, en otoño del 80, consumó su venganza en su confrontación con el sindicato militante por antonomasia, la FLM, dirigida por Trentin junto a Carniti y Benvenuto. Este era el clima social en el que a mediados de los ochenta se operó el inicio de la integración europea que antes había llevado al mercado único y después al nacimiento del euro. La Comunidad entró en una larga fase de estagnación y apatía, y para relanzarla era necesario reinventar una idea guía, movilizadora y convincente. La intuición de Delors con el proyecto de mercado único se convierte en el resorte del diseño europeo. Para muchos la unificación del mercado constituía el objetivo más orgánico en la nueva fase del capitalismo internacional. Unificar el mercado, rompiendo las barreras que limitaban los movimientos de bienes y capitales, era la clave para salir de la stagnación. Pero era, a la vez, un diseño que se arriesgaba a entrar en la deriva neoliberal. No fue casual que la derecha europea más dinámica viera en la promesa de la integración de los mercados no sólo el resorte de un relanzamiento del crecimiento sino también un modo de importar el nuevo modelo de relaciones sociales que se venía consolidando en el mundo anglosajón. 

No sabemos si este proyecto, inspirado en el viento neoconservador de la época, hubiera pasado fácilmente al continente, pero es un hecho que Delors imprimió una dirección diferente en la construcción de la nueva Europa, esforzándose en buscar un diverso equilibrio entre la liberalización de los mercados y la legitimación del papel de los agentes sociales y, particularmente, del movimiento sindical como equilibirio del mayor poder que la unificación de los mercados garantizaba a los centros de poder económico, libres de la telaraña de las reglas y controles que operaban dentro de los confines de los estados nacionales. 

El modelo social europeo, tan querido por Delors, tenía sentido no como modelo uniforme de regulación de las relaciones sociales, sino como paradigma de un modelo de desarrollo al que las instituciones comunitarias y el sindicato daban vida, cada uno con sus propios medios, con una trama de políticas sociales que debía caracterizar el conjunto de la construcción europea. Es en este cuadro donde Delors, desde los primeros pasos de su presidencia, abre la puerta de las instituciones europeas a los sindicatos, define su papel y los integra en el proyecto europeo. Es nada más llegar a la presidencia que significativamente, tras presentar su programa al Parlamento europeo, convoca el primero de los famosos encuentros de Val Duchesse, inaugurando el “diálogo social” entre los sindicatos y sus contrapartes empresariales. Trentin tomará parte en el curso de aquellos años dedicándose en particular al tema de la innovación tecnológica y la formación, como punto de referencia esencial de un nuevo terreno de encuentro y reelaboración de las políticas reivindicativas del sindicalismo europeo. 

Para Bruno Trentin es la ocasión que finalmente  se presenta para transformar en realidad las esperanzas, muy frecuentemente frustradas, de una efectiva estrategia europea del sindicato. El proyecto siempre se mostró de no fácil solución. El sindicalismo europeo tiene en común muchas luchas y conquistas. Pero sus diversas raices, tradiciones, modelos de representación y negociación –entre negociación nacional y de empresa--  describen opciones y paradigmas muy diversos de comportamiento. Eso sin mencionar la diferencia más evidente entre sindicatos unitarios y sindicatos históricamente divididos como en una gran parte de la Unión a partir de Francia que comprende los paises mediterráneos.  En este cuadro el proyecto de “institucionalización” de una especie de contrapoder sindical respecto al impulso desrregulador, implícito en la liberalización y unificación de los mercados nacionales, representaba una perspectiva más decisiva frente a las nuevas tendencias del capitalismo mundial. Pero, al mismo tiempo, como demostróla experiencia, era algo limitado, con sus luces pero también con muchas y duras sombras.

Trentin era un lider sindical de indiscutida estatura europea. A diferencia de la tradición de muchos sindicatos europeos estaba presente en el trabajo sindical con las características de un militante y de un intelectual. Había dirigido, tiempo atrás, el prestigioso Departamento de Estudios Económicos de la CGIL. Su atención a los cambios económicos y sociales del capitalismo europeo le suministraron los instrumentos para un contraste político, frecuentemente áspero, con las tesis predominantes de la izquierda italiana de la época e, incluso del propio Partido comunista italiano en el que estuvo presente en sus órganos de dirección y parlamentarios hasta la decisión de las incompatibilidades entre cargos sindicales y del partido.

Recuerdo, entre otros que marcaron el debate a principios de los sesenta, con Trentin entre sus protagonistas, el seminario promovido por el Istituto Gramsci, dedicado específicamente a Europa, Tendencias del capitalismo europeo, con una introducción de Maurice Dobb, economista inglés de la escuela marxista, profesor en Cambridge, y la participación de intelectuales del conjunto de la izquierda europea. Trentin presentó una ponencia que analizaba los cambios en curso en las estructuras económicas del capitalismo europeo y en las respuestas del movimiento obrero.  La originalidad, muy típica en su modo de escudriñar los problemas, estaba en la capacidad de tejer el análisis de los grandes cambios en las estructuras económicos que habían acompañado la reconstrucción en la posguerra con las mutaciones en las estructuras productivas, en la organización del trabajo y en la subjetividad obrera.  Esta amplitud de análisis y de visión le permitía discutir con las tesis contrapuestas de la cultura política de tradición marxista en aquellos años. Un debate que veía, de una parte, como ineluctable corolario de la práctica socialdemócrata un proceso de integración de la clase obrera en las nuevas formas de capitalismo; y de otra parte el final de su papel y el paso a la hegemonía a los desheredados del tercer mundo según las tesisis que tuvieron en Marcuse su más celebrado sostenedor.

Sobre estas bases teóricas, y sólo aparentemente alejadas de la problemática sindical, Trentin había elaborado la tesis de la autonomía del sindicato junto a su función política general. Era una posición teórica que se distinguía tanto de la tradición socialdemócrata, fundada en la separación entre la acción reivindicativa propia del sindicato y el programa económico y social de carácter general confiado  al partido y al gobierno como de la tradición comunista ortodoxa que concentraba el papel del sindicato en la tarea salarial y de soporte a la estrategia general del partido. 

No se trataba, respecto a los modelos sindicales europeos, de una teorización abstracta de la posición del sindicato. Esta formaba parte, entre los años sesenta y setenta, de un proceso caracterizado por la afirmación cultural y política de la autonomía sindical con respecto al partido comunista y, en general, del proceso unitario entre las confederaciones sindicales. Fue un resultado original en el panorama de la división sindical persistente en los paises mediterráneos y, en particular, en Francia donde la división entre la CGT, la CFDT y Force Ouvrière parecía imposible de superar. 

El encuentro entre Trentin y Delors a mediados de los años ochenta se basaba en muchos aspectos bajo esa concepción heterodoxa con relación a la cultura sindical que prevalecía en el continente. El sindicato dotado de su  específica autonomía y al mismo tiempo portador de una visión general que le hacía ser un sujeto político y un contrapoder en el equilibrio de las fuerzas sociales en presencia.

Tenían en común puntos de llegada, no de partida. Jacques Delors era un católico y un socialista –“mi-chretien, mi-socialiste”--  acostumbrado a actuar en la actividad de los clubs pero no en la jerarquía de partido. Su más rica experiencia maduró en las instituciones de gobierno, en su rol en el Comisariado de la planificación hasta la función de Ministro de Economía y Finanzas en el gobierno Mauroy durante la presidencia de Mitterrand. Dos trayectorias diversas, contrapuestas en cierto sentido. Pero había un profundo dato común en la constante referencia de Delors a la función del sindicato, aunque no fue un sindicalistas  “de plena dedicación”. Es interesante recordar que, mientras Trentin dirigía el Departamento de Estudios de la CGIL, en los años cincuenta, Delors –funcionario de la Banca de Francia--  fue consejero económico de la CFTC, la Confederation française des trevaillerur chrétiens, bajo cuyo impulso nacerá la CFDT.

La biografía de Delors, no obstante estas relaciones con el sindicato, era más tipicamente la de un “grand commis” del Estado, y desde este punto de vista estaba alejada de la de Trentin. Pero la cercanía al sindicato permaneció sorprendentemente en Delors viva siempre, entrando a formar parte de su cultura política y de su proyecto. En el libro-entrevista (L´Unité d´un homme), dedicado a su biografía intelectual y política, en 1994, estando en la presidencia de la Unión, responde a una pregunta sobre su adhesión al sindicato y lo hace con una cierta emoción: : “Il s’agissait pour moi de lutter contre l’injustice sociale, et le terrain essentiel de l’action était le syndicalisme…C’est l’endroit ou je suis le plus à l’aise…Le syndicaisme, c’est ma vie. Si j’avais pu, je n’aurais fait que cela »[1](Jacques Delors, L’Unité d’un Homme).  Intentad imaginar en nuestro días algo similar en la alta burocracia del eje Frankfurt – Bruselas a quien se le ha confiado la tarea de dirigir la Unión Europea en la  gran crisis de nuestros días.

El decenio de la presidencia de Delors, en el que más implicado estuvo Trentin en la acción del sindicalismo europeo fue el de la gran transformación europea. Fueron los años de la construcción del mercado interior, de la predisposición de la moneda única, de la definición del Tratado de Maastricht. Pero fueron también los años del desarrollo del “Diálogo social” que Delors, como hemos visto, lanzó desde el inicio de su presidencia. Fue aprobada la “Carta social”, y como complemento al Tratado de Maastricht el protocolo social que ponía el sindicalismo en el corazón de las instituciones europeas y del proceso de decisión para los aspectos que se refieren a las competencias de la Comisión sobre los temas de carácter social.

Se trataba de importantes hallazgos que se contraponían a la ideología dominante neoconservadora y profundamente antisindical de aquellos años. No por casualidad la Gran Bretaña se opuso perentoriamente a todos los esfuerzos comunitarios de carácter social.  Pero el rol del sindicalismo europeo no se circunscribió dentro de los confines de las relaciones con las nuevas instituciones económicas. El debate sindical abarcaba en todos sus aspectos las transformaciones en curso en la organización de la producción. Superaba la época fordista que se caracterizaba por masas de trabajadores sin una cualificación particular, a menudo provinentes del campo o de la inmigración. La programación con unos objetivos productivos estandarizados chocaba con los ininterrumpidos procesos de innovación tecnológica y con la creciente turbulencia de los mercados globales.

Al mismo tiempo habían cambiado les dimensiones subjetivas de la fuerza del trabajo cada vez más refractaria a los estándares descualificantes del viejo modelo taylorista. Frente a estos cambios iban decayendo los viejos parámetros reivindicativos de la tradición sindical. El debate se iba orientando –no sin incertidumbres, resistencias y contradicciones— hacia las nuevas formas de control de la organización del trabajo, a la introducción de nuevas formas de flexibilidad, a la reducción y sobre todo a la gestión de los horarios de trabajo diarios, semanales e incluso anuales, a la relación entre cualificación y tarea, al derecho a la formación y hacia diversas formas de participación.

Un debate en muchos aspectos complejo, siendo profundamente desiguales las experiencias y los enfoques culturales, más allá de los modelos contractuales en los diversos países de la Unión.  Algunos sindicatos, especialmente de los países nórdicos, con una larga experiencia de cooperación centralizada a nivel confederal mostraban mayor interés en los temas económicos de carácter general, en la dimensión keynesiana de las políticas de crecimiento y ocupación más que en las políticas de reorganización del trabajo.

En otras ocasiones, como en la experiencia alemana, el primado federativo invertía el ángulo de visión. En otros casos, como el francés, dominado por la división sindical, era más clara la contraposición entre las reivindicaciones salariales y la intervención en los procesos de reorganización del trabajo. El sindicato italiano –dividido y empequeñecido por la dramática ruptura en torno al futuro de la escala móvil, a mediados de los ochenta--  se encontró en la tesitura de presentar una visión de conjunto con la idea de sugerir  fuertes puntos de conexión entre la evolución de las políticas reivindicativas y la dimensión política general de los procesos de reestructuración. Trentin, en su cargo de vicepresidente de la CES, trabajó en este contexto que exigía capacidad de innovación sobre diversos planos de la acción sindical: desde los cambios en la organización del trabajo a los aspectos más radicalmente políticos de las estrategias macroeconómicos, industriales y del mercado de trabajo. Pero también estaba convencido de que la actuación de una plataforma ambiciosa del sindicalismo europeo exigía un reforzamiento institucional de la Confederación europea, aceptando ceder en algunos aspectos de la soberanía de los sindicatos nacionales que la conforman.  Fue un diseño no fácil porque los sindicatos eran muy celosos de las experiencias en las que estaban ancladas sus opciones. Pero era una exigencia que fue haciendo camino y reforzará la capacidad de decisión de la CES, aunque con resistencias. Se puede observar, con el beneficio del tiempo pasado, que para algunos aspectos esta proyección unitaria del sindicalismo europeo podría encuadrarse perfectamente en la visión de Jacques Delors que concebía la Unión europea como una “Federación de Estados soberanos”, una imagen que conjugaba la exigencia insuprimible del Estado-nación con una nueva dimensión supranacional.

Desde el punto de vista de las políticas reivindicativas, el debate entre los sindicatos europeos implica con opiniones a menudo discordantes las nuevas formas de flexibilidad de la prestación laboral contrapuesta a la rigidez típica del modelo fordista. En esto el sindicato italiano fue, en muchos aspectos, el que hizo una elaboración más avanzada con una crítica a la organización taylorista, alienante y descualificadora, acompañándola con reivindicaciones de nuevas formas de trabajo abiertas a los modelos de flexibilidad tanto en la gestión de los horarios  como de las tareas, asumiendo como criterio de referencia de la negociación nuevos parámetros de flexibilidad negociada por el sindicato y controlada colectivamente. Mientras que, a nivel de las políticas macroeconómicas, el viejo debate sobre la política de rentas  tenía como principio una composición en la relación entre una gestión autónoma de la negociación en coherencia con los objetivos generales negociados a nivel tripartito en función de las políticas de crecimiento y ocupación.

Eran temas que partían de un largo proceso de elaboraciónen la biografía sindical y política de Trentin. Y eran también, desde diversos puntos de vista, elementos importantes del modelo sindical que Delors valoraba en el proceso de construcción de un coherente “modelo social europeo” en el que los sindicatos fueran actores principales.   Se dibujaba así una alternativa fuerte a la desestructuración de la acción sindical que en la experiencia americana y, parcialmente, en la británica iba afirmándose en el proceso de desregulación de los mercados y, en particular, en el mercado de trabajo. No importa cuáles fueran los puntos de mayor o menor sintonía. El paradigma sindical que inspiraba a Trentin coincidía con el punto de vista del método y, en muchos aspectos, con los contenidos que Delors consideraba los puntos de “soldadura” entre los diversos ejes de la negociación y la perspectiva de una renovada política económica y social a nivel comunitario.

Era frecuente que Delors interviniera en los momentos más relevantes en las reuniones del comité ejecutivo de la CES que, en aquellos años, dirigía Emilio Gabaglio, y recuerdo la atención y la relación de lealtad que caracterizaban aquellos encuentros. No faltaban los elementos críticos y las desilusiones respecto a políticas concretas comunitarias. Pero la relación con el presidente de la Comisión era un elemento de confianza y de acicate en la dirección de una estrategia comunitaria en muchos aspectos insatisfactoria y contradictoria, pero bajo su impulso estaba abierta a problemas del mundo del trabajo y de la centralidad del papel del sindicato.

Cuando en 1994, en los tres últimos meses de la presidencia, tuvo lugar en Roma un seminario dedicado al Libro Blanco sobre “Crecimiento, competitividad y empleo”, promovido por el Instituto Europeo de Estudios Sociales (IESS), creado por la voluntad unitaria de la CGIL, CSIL y UIL, se mostró con claridad la sintonía de fondo entre la concepción del papel del sindicato que Delors preveía para el futuro de la Unión y la inspiración de fondo de las confederaciones sindicales italianas, entre las que no faltaban elementos de fricción y duros gérmenes de división. Trentin hizo notar en su intervención que el Libro Blanco representaba “un parteaguas entre la opción de Europa y el repliegue suicida hacia políticas monetaristas, gestionadas en el interior de cada país, y vislumbraba “una terapia del desempleo de masas… incluso existe un peligro  mayor: la desarticulación y desregulación de los mercados nacionales de trabajo”.

Para Trentin los sindicatos europeosdeberían estar a la altura de promover una visión de las prioridades contractuales, aunque no con la reducción de un denominador único de perfiles históricamente diverso sino con criterios precisos de referencia en los procesos de innovación, participación y control de la organización del trabajo, los horarios, la formación y la protección social. Pero al mismo tiempo Trentin no escondía las sombras que frenaban al sindicalismo europeo; éste en muchos aspectos consideraba la coordinación de la acción sindical era “un atentado a la soberanía contractual de cada confederación en su estado nacional”.

A pesar de muchos elogios formales dirigidos por las fuerzas políticas y sociales al Libro Blanco, “La batalla (afirma) no se ha conseguido vencer … [todavía] habrá la fuerte tentación en muchos gobiernos –y tal vez no sólo en muchos gobiernos— de arrojar al cesto de los papeles el Libro Blanco y la nueva cultura de crecimiento y del trabajo que contiene”. 

Trentin tiene presente el enfrentamiento abierto a nivel cultural y político en Europa sobre el trabajo. La OCDE publicó casi simultáneamente con el Libro Blanco su Jobs Study, una investigación encargada por los gobiernos sobre los temas del crecimiento y el desempleo. Las conclusiones de la OCDE no dejaron lugar para la duda ya que la impronta era explícitamente neoliberal.  El himno a la desregulación del mercado de trabajo se acompaña a la condena sin paliativos de las políticas de intervención macroeconómica de raiz keynesiana de apoyo a la demanda y al empleo.

Sabemos que en años sucesivos la línea Delors del Libro Blanco será sacrificada en el altar del nuevo americanismo clintoniano que, en realidad, era la continuación, enriquecida por la retórica “neo democrática”,  de la revolución reaganiana que ve en la intervención del estado “no la solución sino el problema”. No fue casual que Bill Clinton condujera su campaña electoral bajo la bandera de dos principios que volveremos a ver en Europa en el “neo laborismo” de Tony Blair: la reducción de la intervención del Estado (Big governement is over) y las restricciones en el welfare state, esto es, el repudio del “welfare as we know”, según el eslogan de Clinton.

Trentin deja el sindicato en 1994 cuando también concluye el decenio de Delors. Llevará adelante su batalla por una Europa socialmente responsable desde los escaños del Parlamento europeo. Conserva relaciones de investigación y diálogo con la parte más viva del sindicalismo europeo, en primer lugar los franceses, españoles y alemanes. Los encuentros de Paris, cerca de Lasaire, el centro de investigaciones dirigido por Pierre Heritier, provinente de la CFDT, le mantienen en vilo. Conserva y desarrolla el mismo tiempo las viejas relaciones con el sindicalismo americano a través de sus exponentes y, en estrecho contacto con un grupo de intelectuales próximo a Bob Reich, ministro de Trabajo durante el primer mandato de Clinton.

A finales de los noventa Trentin, en el Parlamento europeo, se implica en el debate y elaboración de la estrategia que será adoptada a principios de 2000 por el Consejo europeo en Lisboa. Efectivamente, su informe sobre el sindicalismo europeo que se manifiesta particularmente en el “intergrupo” de los parlamentarios de origen sindical, es coherente con el esfuerzo que animó su vida de sindicalista que sitúa la autonomía y el proyecto del sindicato en el trasfondo de las estrategias políticas que condicionan el papel social del trabajo y los derechos de los trabajadores. En el cruce del viejo y el nuevo milenio el cuadro se presenta propicio.

A finales de 2000, con la Declaración del Consejo europeo extraordinario de Lisboa parece renacer el espíritu del Libro Blanco. El crecimiento y el empleo vuelven al centro de la escena. Italia y Francia jugaron un papel de primer orden en su elaboración. La declaración final del Consejo europeo dibuja el inicio de una estrategia coordinada en política económica y social con un doble objetivo: un crecimiento sostenido con un promedio anual del 3 por ciento y la consecución del pleno empleo a finales de la década.

Sabemos cómo ha ido la cosa posteriormente. El euro debía ser un instrumento de reforzamiento del crecimiento en un cuadro de políticas coordinadas de desarrollo. Por el contrario, la política monetaria del BCE se centró obsesivamente en el control de la inflación, incluso con la ausencia de amenazas inflacionistas.  Las reglas del presupuesto de Maastricht se convirtieron en una jaula, frecuentemente violadas por sus guardianes que no distingueron entre la contención del gasto corriente dentro de los parámetros fijados y el espacio para las políticas de inversión nacional y de la Unión. El crecimiento económico fue una quimera igual que el pleno empleo. Cuando estalló la crisis financiera americana del 2008, la Unión europea podía poner el incentivo de entrontrar una plataforma común de respuesta a la crisis utilizando la moneda única de la eurozona para una política conjunta. Ocurrió lo contrario. El euro se convirtió en el banderín de la desarticulación. La crisis griega, que inicialmente podía resolverse con unas intervenciones ordinarias de apoyo, fue exasperada por medidas punitivas para hacerla incontrolable, de fuente de contagio y crisispara toda la eurozona y, en cualquier modo, para toda la construcción europea. Sería un momento de desilusión para Bruno Trentin, como también para Jacques Delors. Dos europeistas por convicción profunda, no por un abstracto y retórico conformismo.  Pero, más allá de los motivos y las desilusiones que habrían afectado a Trentin por las ocasiones perdidas y las amenazas obligadas que pesan sobre el futuro de la Unión, no podemos sino lamentar  la falta de su reflexión, lúcidamente crítica y de su imaginación política. En la crisis actual, caracterizada por el ataque al mundo del trabajo y a los sindicatos, en una Europa paralizada por el dominante conservadorismo de los gobiernos de derechas –por no hablar de Italia, saqueada por un gobierno sin principios y sin credibilidad--  la reflexión de Bruno Trentin nos sería, ciertamente, de gran ayuda en la lucha por la defensa y el impuso por los derechos sociales y de las conquistas de poder que, con todas sus variantes, están en aquel “modelo social europeo” que las políticas neoconservadoras, bajo la ola de la crisis, intentan desarticular y que, con todos sus límites, el resto del mundo continuará envidiandonos.




*   El texto original se encuentra publicado en INSIGTH, la revista príncipe del sindicalismo europeo. Ha sido  traducido al castellano por la Escuela de Traductores de Parapanda.      Bruno Trentin e il sindacalismo europeo Antonio Lettieri





[1]“Se trataba para mi de luchar contra la injusticia social, y el terreno esencial de esta acción era el sindicalismo…es el lugar en el que me encuentro más  a gusto…el sindicalismo es mi vida, si hubiera podido no habría hecho más que eso” (N.d.T. )

viernes, 26 de agosto de 2016

Los millennials son jóvenes pero no tontos



Joaquim González Muntadas 
Director Ética Organizaciones SL 

Muy pocos colectivos han sido tan encuestados, analizados y estudiados  como los millennials. Esa generación, nacida entre los años 1981 y 1995 que se hicieron adultos en el cambio de milenio, en plena prosperidad económica  y antes de la crisis. Un colectivo, que en el año 2025, representará el 75% de la fuerza laboral del mundo.

Se han publicado toneladas de encuestas y estudios sobre el comportamiento social,  la escala de valores y los compromisos políticos de esta generación. Se ha estudiado su relación con las nuevas tecnologías y las redes sociales, sus particulares hábitos de consumo y las formas de relacionarse. Pero, de lo que más se ha escrito y especulado ha sido sobre sus supuestos comportamientos, preferencias y aspiraciones en el terreno laboral.

Los grandes gurús y consultores de las nuevas tendencias en la gestión empresarial y de los RRHH, nos han explicado las grandes diferencias a la hora de valorar y situarse ante el mundo del trabajo entre los millennials y otras generaciones. Nos han dicho, que esta nueva generación no tiene interés en encontrar  un trabajo estable, porque era una reliquia del pasado. Que prefieren un trabajo temporal para tener tiempo libre y más vacaciones, Que rechazan la seguridad laboral, porque son fans de la flexibilidad y porque prefieren ir saltando de un trabajo a otro ya que son alérgicos al arraigo laboral y, por ello, a toda relación con la representación colectiva en la empresa.

Nos han explicado, e incluso teorizado, que esos jóvenes ya no percibían el salario como una de las formas más importante de reconocimiento y valoración de su trabajo. Que para esta generación pesan mucho más otros factores, menos prosaicos, como son: el buen ambiente en el trabajo, la flexibilidad horaria, el tiempo libre, o incluso, el buen nombre y reputación social de la empresa para la que trabajan.

Nos deben querer decir, que no es tan grave que la mayoría de sus empleos no sean estables y que los salarios sean ridículos por los niveles de responsabilidad y formación que tienen. Porque ello está dentro de las nuevas preferencias y aspiraciones de estas nuevas generaciones en contraposición a las anteriores que están  ancladas a un mundo del trabajo como son: la estabilidad del empleo, el salario digno, la relaciones laborales colectivas y la afiliación sindical.

Pero, parece que no era así  que los millennials, son jóvenes pero no tontos. Que las reiteradas teorías sobre sus preferencias que han servido, durante años, para construir justificaciones al generalizado deterioro de las condiciones trabajo, como si ello fuera una parte consustancial de la modernidad y de la nueva realidad social y económica; que esas justificaciones respondían a  las nuevas preferencias y aspiraciones de las nuevas generaciones de trabajadores y trabajadoras, en lugar, a la avaricia y falta de escrúpulos de algunas empresas.

Pero no, ahí están, entre otros muchos, el resultado y conclusiones del reciente estudio mundial publicado por ManpowerGrup (Expansión 06/06/2016)  que nos revela que, entre las personas de 21 y 35 años,  lo que valoran y buscan es  un salario y seguridad en el trabajo por encima de otros factores.  El 83% afirma valorar la oportunidad de aprender y adquirir nuevas competencias al considerar un nuevo empleo. El 87% declara como prioridad la seguridad laboral cuando busca empleo y el  92 % valora el salario. Estos datos están muy por encima de factores que se venían identificando como típicos de millennials. La aspiración obtener un contrato fijo, (ese contrato “antiguo y obsoleto” para algunos como el presidente de la CEOE) sigue siendo,  para para los millennials,  la base principal para afrontar las necesidades vitales.

Sabemos, que más allá de que los tiempos cambian y las generaciones también y que cada una tiene necesidades, problemáticas y reivindicaciones específicas. Pero la realidad es que las dificultades y los intereses en el mundo del trabajo entre las distintas generaciones son comunes. Esa nueva generación, llena de líderes en influencia social, con mejor formación académica de media; comunicativa e innovadora social; que ha sido también tantas veces calificada de superficial, frívola, cómoda y, en el mundo del trabajo, individualista, escéptica y poco comprometida con la acción colectiva en las empresas, tiene la oportunidad de modificar las circunstancias que les condicionan.  


Es la hora de dar el salto a intervenir y afiliarse a las organizaciones sindicales para ejercer la transparencia, integridad y compromiso social. esos valores con los que se  le ha identificado a esta nueva generación. La hora de proponer, innovar y comprometerse con la modernización y acción de los sindicatos y estos la de realizar todos los esfuerzos necesarios para facilitar y promover el salto a la militancia sindical de las nuevas generaciones de trabajadores y trabajadoras. Porque, de la fuerza e inteligencia del sindicalismo dependerán también sus condiciones de trabajo y su futuro. Y porque, al contrario de lo que algunos desearían, los millennials son jóvenes, si,  pero no tontos.  


jueves, 25 de agosto de 2016

El pacto gallináceo entre el PP y Ciudadanos



Salsa de ajilismójilis


En las negociaciones para la investidura de Rajoy entre el Partido popular y Ciudadanos están apareciendo novedades no tan  sorprendentes en torno a la regeneración democrática y, más exactamente, sobre la corrupción que dan la impresión de ser una marcha atrás por parte de los de Albert Rivera. La pregunta acerca de si en Ciudadanos está apareciendo un proceso de entropía parece tener sentido. El intento de aclarar la cuestión por parte del hombre fuerte de Rivera, el triste Villegas, ha causado estupefacción: «No es lo mismo meter la pata que meter la mano en la caja», digna de un parroquiano con los codos en el mostrador de la taberna de cualquier esquina. «¡Qué claridad de confusión!», en palabras de El Roto.

En realidad da que pensar lo que se está vendiendo como pacto. Ayer mismo el facundo Girauta decía sentirse consternado por la «intransigencia» del Partido Popular ante todas las propuestas de Rivera y sus almocafres. Por lo que es de cajón preguntarse si los apostólicos de Rajoy  quieren llegar o no a un acuerdo. De manera que, puestos a escarbar en la olla de las suposiciones, podríamos establecer esta hipótesis: el PP lo único que quiere es aparecer como flexible, esto es, que negocia, sabiendo que Rivera y sus parciales tienen un buche lo suficientemente dilatado para ingerir sapos a granel. De paso situaría a Ciudadanos como una organización cuya capacidad para bajarse los pantalones es inagotable. De hecho, Ciudadanos lo tiene muy difícil, porque si rompe las negociaciones el riesgo de nuevas elecciones le significaría una considerable pérdida de consenso electoral. Por lo que el objetivo de los apostólicos es: o cooptar a Ciudadanos para que vaya de bracete de ellos o debilitarlos de manera sostenida. Estamos, así las cosas, ante una questio cornuta. Que, como el sabio lector conoce, no estoy llamando cornudo al grupo dirigente de Ciudadanos: los lógicos antiguos denominaban silogismo cornudo al dilema que lleva a donde no se desea ir, sea cual fuere el camino que se decide escoger. 

Digamos, pues, que dicha cornamenta se concreta en: o se acepta un pacto gallináceo disfrazado de pavo real o se rompen las negociaciones.  Si es lo primero Ciudadanos queda como un satélite de Rajoy; si es lo segundo se repiten las elecciones y Rivera podría quedarse en pelotas. Ese es el agrio ajilismójilis para acompañar la ingesta de sapos de Ciudadanos.

No obstante, esto son suposiciones.   





miércoles, 24 de agosto de 2016

Ada Colau y sus vaivenes



El todo Barcelona comenta, todavía por lo bajinis, que Ada Colau está preparando la creación de un nuevo partido. Sería, más o menos, una conjunción de las fuerzas que integran En Comú Podem más las agregaciones que se sumaran al experimento. La impresión que se tiene es la siguiente: parece más una operación de élites, que no acaba de pisar tierra ni siquiera en el interior de las fuerzas que configuran los actuales comunes.  

Este ´no pisar tierra´ se complica porque, según yo veo las cosas, por el carácter de En Comú Podem. Yendo por lo derecho: es un conjunto de retales que tiene una gran dificultad para conformar un vestido. O, si se prefiere, se trata de una organización que se caracteriza por una disparidad de criterios, algunos de ellos de gran importancia. El más visible de todos es la posición ante el soberanismo catalán. Cada componente de En Comú Podem tiene, además, en su interior posiciones muy diversas en torno a dicha cuestión. Lo que, como es natural, acaba perturbando un intento de proyecto, especialmente el urgente que se necesita ahora, que signifique un útil banderín de enganche popular. Con lo que corren el riesgo de no ser un barco de gran cabotaje.

No estamos hablando de matices, sino de desencuentros. Ahora, con motivo de los preparativos de la Diada del 11 de Setembre, han vuelto a aparecer nítidamente: el grupo dirigente de ICV afirma «sentirse excluido (por el carácter) de la convocatoria», abundando en lo manifestado por Lluis Rabell; Ada Colau, tras una serie de aparentes meandros, es partidaria de asistir «en defensa de las instituciones catalanas». Una y otra posiciones son difíciles de compatibilizar.

Si entiendo bien ambos argumentos se podría llegar a estas conclusiones: sentirse excluido de la manifestación quiere decir estar al margen de todo lo que la rodea y explica; en cambio, la presencia en ella va más allá de las contingencias del apoyo a las instituciones catalanas y del uso que actualmente están haciendo sus responsables.

Joan Coscubiela ha dado respuesta a Colau atribuyendo su posición a un «sentido institucional» y ha recordado que hay un «rechazo unánime» a la hoja de ruta independentista que defienden Junts pel Sí, la CUP y el gobierno de Puigdemont (1). No hay motivos para no creerle. No obstante, nos permitimos dos chucherías: una, ¿por qué necesariamente la posición institucional de Colau tiene que ser de seguimiento de lo que expresa la presidencia de la Generalitat?; dos, ¿el rechazo a esta hoja de ruta es sinónimo de un rechazo a todo itinerario secesionista o un desacuerdo a esta hoja de ruta? También aquí valdría lo improductivo de «nadar y guardar la ropa». Que siempre tuvo sus límites… 

En resumidas cuentas, del equívoco al embrollo hay un trecho muy corto. Por lo que es deseable que ese «rechazo unánime», hoy un tanto gaseoso, pase a solidificarse. 



martes, 23 de agosto de 2016

Trabajo y democracia




(ANOTACIONES SOBRE TRENTIN)

Antonio Baylos

No parece ece el momento adecuado, y sin embargo lo es. Todos hablan del acuerdo de C’s con el PP que le debería garantizar la abstención del PSOE, continua y reiteradamente negada, y se preguntan si las diferentes voces nacionalistas apoyarán esta opción. La discusión luego se desliza a considerar la disyuntiva aut Rajoy aut nihil y anima el debate último la coincidencia de las posibles terceras elecciones con el día de la Natividad del señor, ya en las postrimerías del año 2016, yermo en términos resolutivos de gobierno. No sabemos mucho de lo que constituye el núcleo del previsible acuerdo entre el joven partido de la regeneración democrática de centro – derecha y el consolidado partido de gobierno – provisional – de centro-derecha con un rastro consistente de procesos penales y una ejecutoria terrible en términos de desmantelamiento de derechos y crecimiento de la desigualdad social y económica. Conocemos eso si que nada se ha hablado sobre la necesidad de modificar la regulación de las relaciones laborales que se inició en el 2010 y que se ha ampliado e intensificado tras la reforma laboral del 2012 y su desarrollo en el 2013 y 2014. Nada sabemos tampoco de la posición que este bloque político sostiene respecto de la Ley de Seguridad Ciudadana y el Código Penal en lo que se refiere a la represión gubernativa y penal de derechos colectivos básicos de ciudadanía.

Son estos elementos decisivos para cualquier pacto político que se precie, y es importante que la ciudadanía sepa qué es lo que los partidos que aspiran a crear una mayoría de gobierno conciben sobre el particular. La democracia exige que este tipo de cuestiones sean debatidas en el marco de un proceso de negociación entre partidos para obtener un apoyo parlamentario suficiente para formar gobierno. Parece como si el trabajo y los derechos que de él provienen no tuviera importancia constitutiva en la determinación de un proyecto de gobierno en un país como el nuestro, devastado por la aplicación de las políticas de austeridad. Exigir que las fuerzas que se han configurado como los protagonistas mediáticos absolutos de este tiempo de silencio para el resto de los sujetos políticos y sociales, se pronuncien sobre este tema, resulta una obligación cívica para sindicatos y partidos políticos partidarios del cambio y de desalojar al PP del gobierno.

La reforma laboral no es un asunto que se pueda dejar en el olvido, dando por supuesto que son cambios irreversibles y definitivos que no pueden comprometerse en un pacto de gobierno. La reforma laboral, concebida como un proceso desplegado en el tiempo con una intensidad acelerada de 2010 al 2014, tiene su punto de inflexión en la Ley 3/2012, y ha impuesto una situación de excepcionalidad social que se quiere permanente, como una nueva fórmula que sustituya el paradigma constitucional sobre el que estaba fundado el pacto constituyente de 1978 que el Tribunal constitucional en sus sentencias de 2014 y 2015 ha reemplazado, de manera sectaria y complaciente, por otro en el que no se reconocen las mayorías sociales que legitimaron el modelo constitucional primigenio.

Las consecuencias económicas y sociales de la reforma laboral son sobradamente conocidas y no es el caso ahora de reiterarlas. Sabemos que el derecho al trabajo y el derecho a la negociación colectiva han sido severamente transformados por estas normas, y que la devaluación salarial, la incentivación casi indisimulada del trabajo no declarado y sobre explotado, el incremento exponencial de la precariedad y la proclamación de una tendencia a la extensión de la desigualdad económica y social, con la creación de amplias fracturas y exclusiones colectivas, son los elementos realmente perseguidos por la iniciativa legislativa y las políticas subsiguientes del gobierno, que además ha radicalizado el ciclo represivo contra la protesta social y el conflicto obrero. Pero ante todo las consecuencias más graves lo son en términos político-democráticos.

La reforma laboral se resume en un amplio proceso de pérdida y reducción de derechos individuales y colectivos. Pero se tiene que contemplar este proceso desde su opuesto. Es decir, que hay en efecto un recorrido normativo – con ciertos espacios de indeterminación logrados a partir del momento interpretativo judicial, como ha sucedido en el caso de los despidos colectivos o con la ultra actividad de los convenios –que establece una disciplina de pérdida y de reducción de derechos, pero a su vez eso implica la ampliación de los caracteres de violencia y de dominio que caracterizan el contrato de trabajo. Desde este punto de vista, el trabajo que regula la norma laboral se aleja decididamente de lo que debería ser el paradigma de la acción sindical, un trabajo que garantiza la calidad de la producción y que autogobierna su flexibilidad. Por el contrario, la reforma laboral favorece la consolidación de un poder discrecional de la dirección de la empresa casi absoluto en la determinación del trabajo en concreto, lo que implica a su vez discrecionalidad  – esta es  una problemática en la que insistía siempre Bruno Trentin– en la cantidad y calidad de la información de la que disponen los trabajadores que diseñan y ejecutan el mismo. La construcción de una relación directa de autoridad sobre el trabajador individual que está inscrita en el ADN del contrato de trabajo, se radicaliza como poder de coerción sobre cada trabajador individualmente considerado, en un contexto en el que el sindicato y las representaciones unitarias en la empresa se convierten en intermediarios de las decisiones inmodificables de la dirección.

El problema de fondo es, por tanto, el de la “libertad diferente” del trabajador subordinado, la relación de violencia / dominio que constituye la peculiaridad del contrato de trabajo, que ha intentado ser “compensada”, en gran medida con un cierto éxito, a partir de la acción sindical, la legislación laboral y la propia interpretación jurisprudencial, especialmente mediante la creación y el desarrollo de los derechos colectivos y sindicales y su garantía legal y judicial. Pero esta compensación no anula la contradicción clásica, material, que nutre el problema del trabajo y el capital en una sociedad liberal y democrática. La que ya señaló en los años veinte del pasado siglo Karl Korsch, y sobre la que el sindicalismo italiano y en concreto Bruno Trentin, han desarrollado una reflexión muy oportuna. Se trata de la “contradicción explosiva” del trabajador ciudadano en la polis, en el espacio público que le habilitaría para el gobierno de la ciudad, pero que se encuentra privado del derecho de perseguir, también en el trabajo, su independencia y su participación en las decisiones que se toman en el lugar del trabajo respecto de su propio trabajo.

Es una contradicción distinta a la que se utiliza oponiendo derechos formales y derechos realmente o materialmente realizables, es decir, los que pueden efectivamente llevarse a la práctica en función del sistema de propiedad y de la ordenación de los medios de producción. Se trata por el contrario de una contradicción entre derechos formales reconocidos al ciudadano en el gobierno de la ciudad y derechos formales negados al trabajador asalariado en el gobierno del propio trabajo, lo que reproduce la desigualdad, en términos de derechos entre la esfera pública y la esfera privada que se concentra en la empresa como espacio de poder.
Trentin, en La Ciudad del Trabajo, insiste en que los derechos colectivos y la intervención normativa y jurisprudencial – el par “público / individual y privado/ colectivo”, que explicaba Romagnoli – no han modificado sustancialmente el poder discrecional del empleador en la determinación del “objeto” del contrato y de las reglas que prescriben la adecuación de la relación de ajenidad y dependencia a la prestación concreta de trabajo, de forma que el área en la que se desarrolla directamente la prestación de trabajo en la que, mediante la organización del trabajo, se determina el objeto concreto del trabajo – lo que llamaríamos el “programa” contractual – queda excluida de la negociación colectiva y de la formalización de derechos inherentes a la persona del trabajador. Pero si esto es así, y el desarrollo de las prácticas post-fordistas no han hecho sino acrecentar la tendencia a la radicalización del poder de coerción y la unilateralidad en las relaciones laborales, aceptando sólo la vertiente colectiva en cuanto  intermediaria de unas decisiones inmodificables frente a las cuales solo cabe una lógica adhesiva en algún caso compensatoria en términos indemnizatorios, eso quiere decir que se promueve una tendencia a un estado permanente de “suspensión” de derechos de ciudadanía en la empresa, y que por consiguiente “la cuestión de la libertad en el trabajo se convierte en la cuestión de la libertad tout court”.

El problema de la reforma laboral en España, como en general la regulación de las relaciones de trabajo en un país determinado, tiene necesariamente que tener en cuenta este aspecto directamente político, el de las relaciones de gobernantes y gobernados en los lugares de producción y la alteración de los equilibrios del poder en este espacio, modificado en el sentido de fortalecer la discrecionalidad hasta el puro arbitrio sin modular ni reducir la violencia de la explotación mediante mecanismos que actúen en la esfera de la distribución, señaladamente la Seguridad social, la protección por desempleo, los servicios sociales.

No se trata sólo del hecho constatable de que las fronteras de la democracia se detengan en los umbrales de la empresa, sino que éste es el núcleo real de la separación y del conflicto entre gobernantes y gobernados. La afirmación de la explotación del trabajo como raíz del conflicto social y de la desigualdad política no es un elemento compartido, ni implícita ni explícitamente, por las fuerzas políticas del centro-izquierda europeo, que desde hace mucho tiempo se “liberaron” de la clase obrera y de su referente social originario, vaciando cultural y políticamente su análisis del cambio y el sentido de las reformas, que fundamentalmente se situaban en la esfera distributiva, eminentemente pública. Ello ha permitido que los gobiernos de centro izquierda no hayan considerado que el eje de su programa reformista tiene necesariamente que ser  el cambio gradual de las relaciones de poder y la libertad en los lugares de trabajo, lo que supone “conciliar el gobierno de la empresa – como el gobierno de la sociedad – con las formas posibles de recomposición y reunificación de la prestación laboral en sus fases de conocimiento y ejecución, formulando esquemas de participación real de los gobernados en la formación de las decisiones por parte de los gobernantes”.

La tesis de Trentin – como exponente de un pensamiento fuerte europeo, de matriz preferentemente sindical – es la del olvido o la postergación en el programa reformista de la izquierda de la emancipación del trabajo concreto, que en todo caso es una cuestión que se sitúa después de acceder al poder político y como fase final de la reforma del Estado. “La reunificación gradual del trabajo y del saber, la superación de las barreras que aún dividen el trabajo de la obra o de la actividad, la liberación de la potencialidad creativa del trabajo subordinado, la cooperación conflictiva de los trabajadores en el gobierno de la empresa, partiendo de la conquista de nuevos espacios de autogobierno del propio trabajo, debe dejar de ser un tema periférico de la política o un terreno en el que a lo sumo se experimente la ampliación de algunos “derechos sociales” frente al Estado. Vuelve a ser una cuestión crucial de la democracia política porque repropone una nueva forma de pensar el modo de funcionamiento de los Estados modernos sobre una verdadera y real reforma institucional de la sociedad civil y una nueva definición de los derechos de ciudadanía”.

Todo este discurso crítico debe acompañar la narrativa sobre la reforma laboral, para que a través de la misma se pueda discernir la importancia de un movimiento de reforma gradual de los presupuestos de poder que separan a gobernantes y gobernados en el espacio de la producción y en los lugares de trabajo. Este enfoque permite resaltar dos elementos importantes de cambio. De un lado, el planteamiento de la democracia económica, que no sólo supone desarrollar elementos de participación y ganar espacios para la negociación colectiva, sino incidir en la organización y en las condiciones de trabajo como eje de actuación sindical a medio y largo plazo, sobre la base de un principio de enunciado sencillo, el derecho a ser informado, consultado  habilitado para expresarse en las formulaciones que se refieran a su trabajo, rompiendo la separación entre conocimiento y ejecución, impulsando los saberes del trabajo y su actividad creativa. De otro, el desarrollo de derechos colectivos e individuales que permitan avanzar en el territorio de la empresa disminuyendo su opacidad antidemocrática, mediante la generación de nuevos derechos y la vigorización de los antiguos. En esa estela actualmente se encuentra la Carta de Derechos que está impulsando la CGIL italiana, y, de alguna manera también en esa línea la Carta de Derechos que promueve CCOO como elemento característico de la fase posterior a la reforma laboral de la austeridad, puede ser una propuesta interesante.

Romper el silencio que pesa sobre este asunto es crucial. Enlazar la laceración económica y social que la reforma laboral ha producido con la crítica político-democrática debe ser, a partir del final de las vacaciones, un objetivo de los partidos políticos que buscan el cambio, así como de los sindicatos y los movimientos sociales. Hablemos del trabajo y de la democracia porque de esta manera estaremos poniendo sobre el tapete las cuestiones verdaderamente relevantes de esta sociedad.

Sobre la obra de Bruno Trentin el blog hermano Metiendo Bulla está, en estos días estivales, publicando por capítulos el libro “La ciudad del Trabajo”, traducido por José Luis López Bulla. La obra la pueden encontrar en la coedición que hicieron la Fundación 1 de Mayo y la Editorial Bomarzo. (http://www.1mayo.ccoo.es/nova/NNws_ShwNewDup?codigo=4156&cod_primaria=1207&cod_secundaria=1207#.V7mYzCiLShc) . Es asimismo muy recomendable la recopilación de textos, en italiano, coordinada por Michele Magno que lleva por título Bruno Trentin. Lavoro e Libertá. Scrittiscelti e un dialogo inédito con Vittorio Foa e Andrea Ranieri, Ediesse, Roma, 2008.


lunes, 22 de agosto de 2016

De burkas y burkinis




Homenaje a Carmen y Gemma

Reconozco mis muchas limitaciones. Por ejemplo, me pongo a cavilar sobre el nuevo culebrón veraniego del burkini y no llego a ninguna conclusión que me satisfazga. Lo mismo me pasa con otras vestimentas, llámense el velo, burka y demás. Ni siquiera cuando me ocurrió un sucedido, allá en el verano de 2000, pude articular algo con punto de vista fundamentado.

Mes de agosto, sofocante y pegajoso bochorno, que aquí llamamos xafogor. Bajaba un servidor por la barcelonesa calle Balmes  a eso de las cuatro de la tarde con cara de pocos amigos y ligeramente atontolinado por la quimioterapia. Me topo con algo que me pone los pelos de punta: un tío con gafas de sol, pantalones pirata, sandalias, polo de marca, sombrero panamá, una cámara de fotografiar a la bandolera y un señor peluco; a poquitos metros de distancia le seguía un bulto andante embutido en un burka más negro que el carbón. Me paro, miro descaradamente al sujeto y no puedo reprimir un incisivo «¿con que esas tenemos, eh?». El tipo, que algo me ha entendido, me mira como si yo fuera un intruso desestabilizador de su intimidad y me responde con un gruñido con acento presuntamente de Katar. Naturalmente mi pragmatismo me aconseja no seguir provocando porque solo dispongo de una cara y el caballero no tiene pinta de practicar el tancredismo de Estado.

De esta situación saqué momentáneamente una ventaja: se me fueron el apollardamiento de la quimioterapia y el escozor del glande. Pero la cabeza me bullía de suposiciones: ¿tendrá cara el katarí? Y otros devanamientos de los sesos. Por ejemplo, ¿qué ley era esa si no la del embudo? El katarí a los cuatro vientos y ella enfundada en el uniforme de rigor.


Mi sorpresa: comento el sucedido con algunas amistades de refitolera progresía. La respuesta mayoritaria de aquellas ursulinas de calisay: eso es multiculturalismo y otras pipirranas por el estilo. Y lo peor: me miran como si yo estuviera realquilado en el laicismo más tronera. Aprendí la lección: con estas ursulinas nunca volví a discutir, ni siquiera de quién tenía la voz más celestial, si la Niña de los Peines o María Callas. De manera que me impongo el silencio, porque no quiero problemas con esa incontable ristra de señoras multiculturalistas del pan pringao.